Francisco de Sales, obispo y doctor de la Iglesia (1566-1622)

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Nuestra Señora de la Paz. Santos: Francisco de Sales, Patrono de los periodistas y escritores católicos, obispo y doctor de la Iglesia; Babilas, Exuperancio, Filón, Feliciano, Artemio, Zamas, Efrén, obispos; Pausirión y Teodoción, Mardonio, Musonio, Eugenio, Metelo,Tirso, Pricio, Proyecto, mártires; Saurano, abad; Zósimo, Macedonio, ermitaños.

Hombre de excepcional valía y obispo empeñado en descubrir la verdad a los descaminados por la herejía protestante, sin importarle excesivamente los incontables sufrimientos que le acompañaban. De hecho, tuvo que refugiarse en Annecy y allí vivir en pobreza y en desgracia. Al rey francés Enrique IV, cuando le proponía ser obispo de otro lugar menos conflictivo y más rico que el que tenía, le contestó: «Majestad, estoy casado; me he desposado con una mujer pobre y no puedo dejarla por otra más rica».

Francisco de Sales venía de la nobleza, hijo del marqués de Sales, nació en 1566 en el castillo de Thorens. Estudió en París con los jesuitas en el colegio de Clermont. Luego, en Padua, se graduó en ambos derechos. Viajero por Italia, conoce Roma y las principales ciudades italianas. Rezuma humanismo por los cuatro costados, es un buen conocedor de la filosofía y de la teología, le acompaña siempre su mentalidad jurídica. Y tiene bien rumiado el deseo de consagrarse a Dios, no puesto por obra por respeto y cierto temor a las reacciones previstas de su padre.

Superadas las dificultades familiares, se ordenó sacerdote en 1593 y lo más inaudito es que se dedica a predicar, confesar, visitar y atender a los pobres y a los desgraciados, eso que en aquel tiempo no era frecuente actividad de un clérigo; se había propuesto recuperar para la fe su provincia natal de Chablais, junto al lago Léman, que había caído en la herejía protestante y consiguió provocar numerosas conversiones con su pobreza y sencillez.

Como las puertas las tenía cerradas y a los pocos templos donde podía hablar en católico no iba nadie, decidió lanzarse a publicar y distribuir unas hojas para hacerse oír; pensaba que, si no le escuchaban, al menos lo leerían. El estilo de estos folletos era directo, punzante, vivo, periodístico, atractivo y presentados con calor.

Lo nombraron obispo de Ginebra, coadjutor de Ms. Garnier, y lo consagraron a su muerte en la iglesia de Thorens. Ginebra –notable por su rebeldía mantenida– es el foco mayor de la infección calvinista que le llevó a la expulsión de sus obispos y a sembrar la división y el odio. Veinte años vivió como obispo fuera de ella. Exponiendo su misma vida, entró en Ginebra para ver a Teodoro de Beza, el heresiarca que ya estaba viejo y enfermo. Parece que el mismo hereje reconoció la verdad católica y rompió con el protestantismo, pero no se pudo hacer pública su conversión por los altos compromisos adquiridos.

Francisco de Sales desarrolló una admirable actividad, siguiendo los pasos de san Carlos Borromeo, y fue uno de los que más influyeron en la reforma pastoral francesa del siglo xvii. Son de especial recuerdo las catequesis que personalmente impartía a los niños, aunque la iglesia se abarrotaba de mayores; según decían sus contemporáneos, acudían por el bien que a ellos mismos les hacía, llevar a los niños era la excusa. Las catedrales de Saboya y de Francia se lo rifan para las conferencias cuaresmales. Atiende con caridad paciente al clero propio que suele tener una mentalidad cerrada, y convoca sínodos para señalar las pautas pastorales. Dotar a las parroquias de clero es un número por las dificultades administrativas que hay que pasar debido a que su diócesis pertenece a soberanos distintos y frecuentemente enfrentados entre sí. Atiende a los religiosos a pesar de tener que soportar el fardo pesado de instituciones no adaptadas a los tiempos. El santo sonriente y lleno de amabilidad llegó a ser denunciado a Roma por mostrarse amigo de los protestantes.

Su escrito «Introducción a la vida devota» marcó huellas profundas para la espiritualidad cristiana y para la literatura francesa por su elegancia de pluma y pulcritud, por la precisión en las expresiones y novedad en el modo de concebir la espiritualidad y ascética cristiana; fue un gran best-seller con cuarenta reimpresiones en vida de su autor. Demostró un profundo conocimiento de la psicología humana con «Tratado del amor de Dios» y también en sus «cartas» en las que se advierte su caridad y celo como miel en los labios y la expresión cierta del amor de un Dios bueno y misericordioso que no excluye a nadie de los beneficios de la redención. Sus escritos muestran los rasgos de su personalidad bondadosa, paciente y comprensiva.

El providencial conocimiento y encuentro con santa Juana de Chantal le sirvió para poner por obra un antiguo proyecto que fue irrealizable hasta ese momento: Hacer accesible la vida religiosa a quienes por razones de salud, educación o compromisos en el mundo no encontraban hueco en las formas religiosas existentes. Así salió la Orden de la Visitación, en junio de 1610, que influyó de modo tan decisivo en la mentalidad religiosa del siglo XVII, metiendo como quicio en sus Constituciones no la austeridad convencional y sí la abundancia de oración y contemplación.

París es su lugar de trabajo frecuente debido a las gestiones diplomáticas que había de resolver por pertenecer geográficamente parte de su diócesis y de sus fieles a Francia. Allí tuvo ocasión de conocer y tratar a san Vicente de Paúl, a quien llegó a dejar el cuidado del convento de la Visitación recién fundado.

Murió el 28 de diciembre de 1622 en Lyon. Se trasladó su cadáver a la iglesia de Annecy el 24 de enero, un año más tarde; allí se conserva su cuerpo y el de santa Juana de Chantal.

Por más que la fama de santidad y la devoción fue espontánea, no llegó su canonización hasta el 1665, entre otras cosas, por las rivalidades políticas y religiosas que se daban entre parisinos y saboyanos.

El papa Pío IX lo declaró doctor de la Iglesia en 1877.

Es patrono de la prensa católica, y buena falta les hace a los periodistas tener en el cielo un buen valedor que conozca su oficio. Seguro que, si se encomiendan a él en la realización de su trabajo profesional, su santo patrón les hará ver que la noticia buena es la que expresa con belleza la verdad y anima a buscar el bien.