Según el prestigioso arqueólogo británico John Garstang, la caída de Jericó en manos del pueblo de Israel acaeció a principios del siglo XV antes de Cristo. Eso significa que este momento del discurso de Josué al pueblo  -que hoy escuchamos en la primera lectura-, sucede cinco siglos después de la alianza de Dios con Abraham y la promesa del don de la tierra prometida.

Alcanzar esta dicha ha supuesto para el pueblo de Israel cinco siglos de luchas y victorias, de caídas para volver a levantarse y de apostar con fe en la promesa que un día Yahvé hizo a los primeros patriarcas. ¡Qué bonita memoria hace Josué a sus hermanos!

El matrimonio también es una alianza, es una promesa de amor. Como la fe de Israel en el camino a la tierra prometida, esa promesa del matrimonio también va a ser continuamente puesta a prueba.  El “becerro de oro” puede ser en el matrimonio el celo por el espacio personal frente al familiar, el tiempo gastado delante de los videojuegos o del ordenador frente a la atención de los gustos del otro, la falta de comunicación porque el afán del trabajo polariza la atención, etc. Como en el camino a la tierra prometida, las continuas quejas de la pareja van minando la relación. Las sospechas, la mirada nostálgica al pasado -como el pueblo añoraba Egipto-  hacen que se vaya produciendo entre los esposos un sentimiento de malestar y un distanciamiento entre ellos.

Jesús ve en el matrimonio una alianza de amor, como la que hizo Dios con su pueblo. Y sabe bien las dificultades que eso conlleva. Si Dios se hubiera divorciado de su pueblo, Israel habría dejado de existir y se habría perdido para siempre. Un “matrimonio en divorcio” siempre será la mayor de las pérdidas, porque no sólo se rompe una relación que busca la unidad sino que los cónyuges siempre se sentirán, de algún modo, como “mutilados”.

Cinco siglos costó al pueblo llegar a gozar del don de la Tierra prometida. Jesús invita a seguir apostando por el matrimonio a pesar de los muchos fracasos que se conozcan. Jesús  invita a los matrimonios a buscar la felicidad en la fidelidad a la alianza que un día hicieron, con la conciencia de que, en muchos momentos, las fuerzas psíquicas y emocionales se pondrán al límite. Pero la Tierra prometida existe y la paz de una perfecta unión en el matrimonio existe. Al pueblo de Israel le costó un largo camino y muchas conquistas contra los adversarios cananeos. A la pareja le espera otro largo camino con adversarios que expulsar, tentaciones que rechazar y parcelas que conquistar juntos. Hoy Jesús en el evangelio nos vuelve a gritar: ¡¡Amigos, seguid creyendo en el amor!!