Andrés Bobola, mártir (1591-1657)

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Santos: Valente, Paterno, Torcuato, Teobaldo, Mancio, obispos; Segundo, presbítero; Timoteo, Polio, Eutiquio, diáconos y mártires; Polieucto, Victorio, Donato, Teopompo, Sinesio, Secundino, Antioxo, Nicostrato, Andrés Bobola, mártires; Gisela o Isberga, virgen; Isidoro, Varón, Teodoro, Hospicio, confesores; Constantino, emperador.

De vez en cuando, Polonia hace de colchón entre dos fuerzas; le ha tocado a lo largo de la historia sufrir los mayores enfrentamientos entre el Este y el Oeste y vivirlos en su territorio con mucho y muy doloroso derramamiento de sangre; es el sentir común polaco que la configuración de su cultura y esencia como pueblo está íntimamente ligado con la fe católica y que esta ha sido una de las profundas causas de sus conflictos tantas veces salvadores de la cultura occidental. San Andrés Bobola vivió intensamente uno de aquellos episodios en el siglo XVII.

Había nacido en Sandomir en el último decenio del siglo XVI, en el seno de una familia procedente de Bohemia, pero asentada en Polonia desde hacía tres siglos, que se había volcado ayudando las primeras labores apostólicas de la Compañía de Jesús, sobre todo, con la fundación de los colegios de Varsovia, Cracovia y Vilna, la capital de Lituania.

Andrés se formó con los jesuitas en Sandomir, entró en el noviciado de Vilna. Se distinguió por su devoción a la Eucaristía, demostrada en el trato asiduo y fervoroso con Jesús en el Sagrario, y en su ayuda a los necesitados, que llegó a ser heroica en la peste de Vilna (1625) y en la de Bobruisk (1633). Enseñó en los colegios de Bromberg y de Pulitusk.

Recibió el Orden Sacerdotal en 1622, convirtiéndose desde entonces en un catequista muy activo y en misionero con grandes éxitos apostólicos que culminaban con las horas sin cuento quemadas en el confesonario. Se sintió especialmente atraído por la labor entre herejes, cismáticos y ateos; quizá por eso se le vio desarrollando una labor de predicación excepcionalmente intensa en la región más oriental de Polonia (hoy Ucrania y Rusia) cuyos habitantes eran en su mayoría cismáticos orientales, de rito bizantino-eslavo, más por su unión con el Patriarcado de Constantinopla que por su ruptura con la Sede Romana.

Los católicos polacos habían avanzado hacia el Este, llegando a culminarse la unión de Brest-Litowsk en 1596 por la que la mayoría de los obispos cismáticos se unieron a Roma, permitiéndoseles conservar su rito. Pero los rusos tenían planes de convertir a Moscú en el centro de reagrupamiento tanto civil como religioso, y entonces brotó el conflicto.

Comenzaron persiguiendo y aplastando todo lo que pudiera tener olor a catolicismo en su avance hacia Polonia. La ciudad de Pinsk, donde residía Andrés fue ocupada y perdida, entregada y recuperada, varias veces; más parecía un montón de escombros que un núcleo de población. Había que quedarse allí para atender a los católicos que quedaban vivos, y para dar ánimo a los vacilantes; no había que olvidar lo importante que era también recuperar a los uniatas que claudicaron. Como Andrés Bobola se quedó en este empeño, ni qué decir tiene que tenía todas las papeletas para ser una de las víctima de las hordas cosacas.

Y así sucedió. Andrés marchó a Janow; allí lo sorprendieron después de celebrar la misa. Trataron de hacerlo cismático y Andrés se negó, a pesar de las relumbrantes promesas. Lo ataron a un árbol, lo azotaron, lo coronaron de espinas con unas ramas fuertemente apretadas a la cabeza; luego lo arrastraron atado a un caballo y volvieron a proponerle la renuncia a la Iglesia romana; como se negó, el jefecillo le cortó tres dedos de la mano con un golpe de espada, y con un puñal le sacaron un ojo; luego le quemaron con teas encendidas el pecho y la espalda, mientras insistían en sus proposiciones como medio para salvar la vida. Aunque era un moribundo, Andrés mantenía con firmeza su deseo de pertenecer en vida y muerte a la Iglesia católica. Entonces le arrancaron parte de la piel de la cabeza, vinieron mutilaciones y, al oír su continua petición de perdón para sus verdugos, le cortaron la lengua y le atravesaron el corazón.

Lo canonizó el papa Pío XI el 17 de abril de 1938.

Es óptimo –a mí me lo parece así– que las voces se alcen a favor de los derechos humanos, de la libertad de las conciencias, de los derechos de la verdad, de la igualdad de oportunidades, de la defensa del débil, de la protección de las minorías étnicas, etc., etc. Quizá al leer las atrocidades sufridas por Andrés Boboda le venga a uno el pensamiento de que los atroces hechos pasaron en «aquellos tiempos». Pero me permito sugerir una reflexión a quien me lea con la intención de evitarle caer en la frivolidad. Casualmente fue canonizado Andrés durante la guerra civil española con la terrible persecución religiosa y pocos años antes de la devastadora II Guerra Mundial en la que fueron aniquilados millones de seres humanos por el hecho de tener otra religión o pertenecer a otra etnia. Una de las conclusiones podría ser: ciertamente los hombres somos en extremo lerdos para aprender. Lo peor del caso es que, después de contemplado cada desastre, es la misma humanidad la que grita hasta la afonía: ¡Nunca más, nunca más, nunca más! ¿Sinceros? ¿Tontos?