Gregorio VII, papa (c. a. 1020-1085)

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Nuestra Señora del Puy (Estella). Santos: Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia; Gregorio VII, Urbano, Bonifacio IV, papas; María Magdalena de Pazzi, virgen; Magdalena Sofía Barat, fundadora; Lesmes, Genadio, Zenobio, obispos; Valencio, Máximo, Valentín, Pasicrates, mártires; Cristóbal Magallanes Jara y Agustín Caloca Cortés, sacerdotes y mártires; Emma, Aldelmo, abades; Dionisio, confesor; Vicenta María Álvarez de Vicuña, fundadora de las Hijas de María Inmaculada.

Han pasado las grandes épocas de los mártires que oleada tras oleada jalonaron los primeros siglos; también quedaron atrás las primeras herejías cristológicas y trinitarias con el asentamiento del dogma; y se consiguió cristianizar a los pueblos bárbaros.

Ahora, los problemas de la Edad Media vienen por la dependencia de los papas del poder civil de los reyes, príncipes y emperadores. El monje Hildebrando, luego Gregorio VII, será una piedra fundamental en este proceso que coleará excesivamente en la Historia.

Nació en Soana, en la provincia de Siena, alrededor del año 1020, en una familia campesina pobre. Ha quedado constancia del nombre de su padre: Bonizo, que igual cuida ganados, que trabaja la tierra, o dedica su tiempo en otros menesteres artesanales. Al niño lo educaron en el monasterio de Santa María, en Roma, y el chico destacaba entre sus compañeros. Ejerció el ministerio en Francia. Volvió a Roma y se ganó la confianza de cinco papas seguidos a los que tuvo que aconsejar. El monje benedictino intervino en difíciles asuntos para la reforma que se pretende hacer desde arriba, como en el sínodo de Lyon, que depuso a obispos simoníacos, y en el concilio de Tours, donde Berengario abjuró de sus errores, o como Legado en Ratisbona para que Germania aceptara la elección de Esteban IX.

Veinticinco años resistió para no ser papa. Cuando murió Alejandro II no pudo negarse más; lo aclamaba el clero y el pueblo; fue entronizado casi a la fuerza; antes tuvieron que ordenarlo de presbítero, porque solo era diácono, y consagrarlo obispo. Se llamó Gregorio VII.

El monje Hildebrando sabía bien lo que se le había venido encima. Comenzó pidiendo oraciones, escribió cartas a los amigos y solicitó la ayuda que los conocidos no podían negarle. Su trabajo iba a consistir en poner orden en el caos de las Investiduras. El poder civil, desde lo más alto –y desde ahí descendía en cascada hacia lo más llano–, nombraba obispos y concedía obispados como manera usual de pagar favores y confianzas; los agraciados con las prebendas pagaban a sus nominadores el favor con dinero, y de ahí se pasa a la compra de los beneficios eclesiásticos por los indignos. Así estaba sembrada la Iglesia de simonía, y de clérigos altos y bajos amancebados, que eran un escándalo generalizado; se impedía al papa el gobierno de la Iglesia por falta de libertad. ¿Reformar? ¡Si los clérigos simoníacos y amancebados rebeldes tienen de su parte el poder y las armas de quienes los nombraron!

Concilios, legados, recomendaciones de no asistir a las misas de los concubinarios, prohibiciones de ejercer el ministerio… La Cuaresma del 1075 fue sonada: después de un sínodo romano, salió el decreto que condenaba con excomunión al emperador, rey, duque, marqués, conde o cualquier persona seglar que concediera un beneficio eclesiástico. En Alemania hubo protesta y sublevación general; en Roma, Lencio se abalanzó en la misa de Navidad sobre el propio papa Gregorio, hiriéndolo y arrastrándolo hasta dejarlo preso; menos mal que el pueblo se amotinó y tuvo que dejarlo libre; pero la cosa seguía estando fea.

Enrique IV de Alemania quiso deponer al papa y reunió un conciliábulo en Worms, en 1076. Terminó excomulgado por un concilio reunido en la basílica de Letrán. Se volvieron las tornas en Alemania; ahora es el pueblo quien está dispuesto a deponer al emperador excomulgado; Enrique se ve perdido y va a pedir perdón como penitente al papa, que lo hizo esperar tres días de nevada –con los pies desnudos, gimiendo y llorando– antes de abrirle las puertas de Canosa, porque conocía bien al sujeto y sabía que no había arrepentimiento, sino un teatro montado con el fin de mantener su reino. Le concedió el perdón por la intercesión de la condesa Matilde y de Hugo, el abad de Cluny.

Pero se confirmaron las sospechas del papa acerca del emperador, que reunió conciliábulos a los que siguieron excomuniones. El papa se tuvo que refugiar en Sant’Angelo; se renovaron las excomuniones y a Gregorio VII le salió un antipapa, ¡Guiberto!, puesto por el emperador. Los normandos de Roberto de Guiscardo, en el 1084, hicieron huir vergonzosamente a Enrique, saquearon Roma, asesinaron sin cuento y esclavizaron a miles.

Gregorio VII tuvo que abandonar la ciudad por la cólera de los romanos; primero fue a Montecasino y luego a Salerno, donde hizo una llamada a la unidad.

Murió el 25 de mayo de 1805, rezando: «He amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso muero en el destierro».

En Francia se opuso a los desórdenes del mismo tipo con Felipe Augusto.

En Inglaterra, llevó la reforma por medio del arzobispo Lanfranco.

En España, introdujo la liturgia romana que sustituía a la mozárabe y alentó la campaña contra los moros que llevaba adelante Alfonso de Castilla.

Miró a Asia con afanes evangelizadores, abriendo las puertas a las futuras cruzadas.

Hasta el año 1606 no se le canonizó. Mucho tiempo había pasado; quizá se le echara en cara que había confiado demasiado en los medios humanos, pero eso solo es una visión de las cosas. El drama de su vida consistió en ser un hombre de Dios que, sin pretender mangoneo, tuvo que hacer política desde su puesto en un momento en que los intereses de la Iglesia lo necesitaban. En lo humano, fue un papa con redaños, ¿verdad?