María de Jesús Sacramentado Venegas de la Torre, virgen (1868-1959)

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Santos: Pedro Crisologo, obispo y doctor de la Iglesia; Abdón y Senén, Rufino, Gerardo, Germán, Julita, Máxima, Donatila, Segunda, Septimia, Augusta, mártires; Leopoldo de Castellnuovo, Terencio, confesores; Silvano, eremita; Imeterio, monje; María de Jesús Sacramentado Venegas de la Torre, virgen.

Una mujer mexicana cuya vida ordinaria está lejos de los trasiegos extraordinarios por los que va y viene la existencia de tantos santos. No hay en esta religiosa nada especial que resaltar, salvo el quehacer de cada día bien realizado con mucho amor a Dios y a los hombres.

María de Jesús Sacramentado –María de Jesús Sacramentado Venegas de la Torre– nació en un poblado del municipio de Zapotlanejo, Jalisco (México), el 8 de septiembre de 1868, la bautizaron con el nombre de María Natividad. La vida de la joven María Natividad se desarrolló en un clima de sencillez y naturalidad sin hechos extraordinarios; su niñez y adolescencia fueron como los de tantísimas otras niñas y jóvenes de su edad diferenciadas solo por los matices que da la vida. A la edad de 19 años quedó huérfana y desde entonces estuvo bajo el cuidado de una tía paterna. En María Natividad, la sencilla piedad de niña se fue convirtiendo en fuerte atractivo hacia la vida religiosa, y el 8 de diciembre de 1989, ingresó en la floreciente Asociación de Hijas de María, en su lugar natal.

El 8 de diciembre de 1905 asistió a unos Ejercicios Espirituales y, como fruto de estos, decide formar parte del grupo de Hijas del Sagrado Corazón de Jesús, que con ella completaban 6, para el cuidado de los enfermos en el hospital del Sagrado Corazón, recién fundado por el Sr. Canónigo Don Atenógenes Silva y Álvarez Tostado. Allí se distinguió por su humildad, sencillez, trato afable con las hermanas, enfermos y personas en general; esta inmensa caridad la bebió de la fuente del Corazón Divino de Jesús, a quien amó, en quien siempre esperó y cuya devoción procuró inculcar a todas las personas de su alrededor.

Manifestó un trato especialmente delicado a los obispos y sacerdotes, atendiéndolos cuando era preciso con verdadero amor, respeto y obediencia, viendo en ellos la prolongación de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote.

En el año de 1912 fue elegida Vicaria, puesto que ocupó hasta el 25 de enero de 1921 en el que, realizadas las primeras elecciones canónicas, resultó elegida Superiora General. Desde este encargo de servicio puso todo el empeño necesario en redactar las Constituciones que regirían a las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús, y que fueron aprobadas en 1930, reconociéndose con ello el nuevo Instituto.

El 30 de julio de 1959 entregó su alma al buen Dios, llena de paz, después de recibir los auxilios sacramentales.Fue canonizada por el papa Juan Pablo II el 21 de mayo del 2000.

La delicadeza en el trato como manifestación de caridad fue la mejor de las notas de esta mujer santa. El alimento de la fuente viva de la Eucaristía le llevó a una generosísima entrega a los enfermos. Con su fidelidad al carisma del Espíritu Santo dio forma a aquella incipiente familia religiosa que el buen canónigo había puesto en camino llevándola a la aprobación para el bien de la Iglesia. Como se ve, los tiempos no son ni mejores ni peores para la respuesta de cada uno al Señor. A pesar de las revoluciones, persecuciones, clima anticatólico y falta de seguridad, María de Jesús Sacramentado se puso incondicionalmente en manos de la Providencia, y con su vida sin realce sacó adelante eso que hace creíble a la Iglesia.

Es un aliento de ejemplaridad que estimula a tantos y tantas que no tenemos una especial responsabilidad, ni vamos a ser inscritos para nada en las páginas del libro de oro de la historia.