Pedro Crisologo, obispo y doctor de la Iglesia (c. a. 380-450)

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Santos: Pedro Crisologo, obispo y doctor de la Iglesia; Abdón y Senén, Rufino, Gerardo, Germán, Julita, Máxima, Donatila, Segunda, Septimia, Augusta, mártires; Leopoldo de Castellnuovo, Terencio, confesores; Silvano, eremita; Imeterio, monje; María de Jesús Sacramentado Venegas de la Torre, virgen.

Probablemente nació en Ímola, en la Emilia, provincia de Bolonia (Italia), hacia el año 380. Lo educó el piadoso Cornelio de Ímola y, por las cosas que dejó escritas, fue el mismo santo obispo quien lo inició en el servicio del altar ordenándolo de diácono, haciéndolo presbítero y consagrándolo obispo.

Rávena era entonces el lugar de la residencia imperial en Occidente y a Pedro lo nombraron su primer arzobispo; debió de ser en el primer cuarto del siglo v. Precisamente por ser la mayor autoridad eclesiástica en la residencia del emperador, acudieron a él tanto Teodoreto de Ciro como Eutiques, en el año 449, buscando protección en la polémica suscitada por las cuestiones cristológicas tan terriblemente enconadas entre los orientales.

La magnífica respuesta es la que cabe esperarse de un buen arzobispo, porque hablaba de la unidad de la Iglesia y de fidelidad a la Sede de Pedro: «En todo te exhortamos, honorable hermano –escribió–, a que acates con obediencia todas las decisiones escritas por el Santísimo Papa de la ciudad de Roma, ya que san Pedro, que continúa viviendo y presidiendo en su propia sede, brinda la verdadera fe a los que la buscan. Nosotros, en cambio, para el bien de la paz y de la fe, no podemos asumir funciones de juez sin el consentimiento del obispo de Roma». Todo un resumen teológico válido en cualquier época para afirmar la autoridad del primado de Roma; pero –por la antigüedad del escrito– nos hallamos en el caso presente con un testimonio documental importante sobre cómo entendió siempre la Iglesia la autoridad del sucesor de Pedro.

Pedro Crisologo se distinguió por la eficaz y abundante construcción de edificios sagrados para el culto, y por convertirse en consejero de la emperatriz Gala Placidia; se le recuerda por haber tenido en sus brazos a san Germán –el gran obispo de Auxerre– mientras se moría, cuando, en el año 445, estaba de paso por Rávena; y se dio a conocer por sus actuaciones en el ordenamiento del culto a los santos.

Pero, por encima de tanto mérito, se le conoce más por su condición de pastor bueno de su rebaño; atento a las necesidades de sus fieles, quiso y supo cuidar de su vida cristiana, estimulándola con el ejemplo y formándola con una predicación de la que tenemos su constancia.

Se conservan cerca de doscientos sermones, homilías sobre pasajes evangélicos, comentarios a salmos y otros pasajes del Antiguo Testamento, explicación del Símbolo, y tratado sobre el Padrenuestro, que hacen pensar en la esmerada preparación de los que se acercaban a recibir el bautismo. Entre los escritos conservados existen panegíricos de santos, y discursos circunstanciales con ocasión de motivos menos frecuentes, como son las consagraciones episcopales.

En todos ellos aparece la preocupación pastoral del obispo. Es cierto que los especialistas descubren y señalan un estilo demasiado formal y académico, que resta frescura y está falto de la espontaneidad necesaria para la fácil comunicación con su auditorio a causa del empleo de giros, juegos de palabras y pleonasmos, que más hacen pensar en que se concibieron para ser escritos y no para ser predicados. Pero sea como fuere, a pesar de que sus obras están saturadas de preocupaciones y tecnicismos cristológicos propios de la época por desarrollarse su ministerio entre los concilios de Éfeso (431) y Calcedonia (451), por la rectitud de su contenido se le llamó en la Edad Media «Crisologo», que quiere decir «palabra de oro», o «que da oro». Desde entonces ha quedado como apellido –distintivo particular– unido a su nombre.

Murió en el año 450. Sus reliquias se veneran hoy en la cripta de san Casiano, de la catedral de Ímola.

El papa Benedicto XIII le dio el título de doctor de la Iglesia, en el año 1729.

Porque el obispo no es santo solo por ser un buen gestor; hace falta que su amor a Dios le lleve a desvivirse por los que tiene encomendados; y eso no se consigue de modo pleno solo con administraciones, sino transmitiendo celosamente a Jesucristo con el empleo de todos los medios al alcance –escritos o predicados–, con altura en la ciencia teológica, con penitencia que convence, con sincera piedad para llevar a los sacramentos, y unido al de Roma.