Hoy es martes 13, uno de esos días a los que popularmente hemos colocado la etiqueta de la mala suerte. Hay quien evita hacer determinadas cosas, quien bromea con que mejor no tomar decisiones importantes o quien, aunque diga que no cree en estas cosas, cuando algo sale mal piensa: «Claro, tenía que ser martes 13». Pero para un cristiano la suerte no gobierna la vida. Nuestra vida no está sometida a números, fechas, horóscopos o supersticiones. Está en manos de Dios y, al mismo tiempo, en nuestras manos para vivirla con libertad y responsabilidad.

Y precisamente el Evangelio de hoy nos habla de algo parecido: de la tentación de quedarnos en lo exterior. Jesús acepta la invitación de un fariseo para comer en su casa y, al sentarse a la mesa sin realizar el lavado ritual, el fariseo se sorprende. Jesús aprovecha ese pequeño gesto para tocar algo mucho más profundo: «Limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro…».

Porque podemos preocuparnos muchísimo por lo de fuera y bastante poco por lo de dentro. Podemos cuidar nuestra imagen, quedar bien, decir lo correcto, cumplir determinadas normas e incluso parecer personas estupendas y, sin embargo, llevar dentro resentimientos, envidias, juicios, egoísmos o heridas que nunca queremos mirar. A Dios no le interesa solamente que la copa esté brillante; le importa lo que contiene.

Y esto nos pasa continuamente. Podemos sonreír a alguien y después criticarlo en cuanto se marcha. Podemos subir una foto estupenda mientras estamos atravesando un momento horrible. Podemos venir a misa, rezar nuestras oraciones y cumplir perfectamente, pero luego ser incapaces de pedir perdón en casa. Incluso podemos preocuparnos mucho por hacer las cosas «como hay que hacerlas» y olvidarnos de preguntarnos cómo está nuestro corazón.

Jesús no está diciendo que lo exterior no importe. Está diciendo que lo exterior tiene que nacer de algo verdadero por dentro. De poco sirve aparentar generosidad si vivimos encerrados en nosotros mismos. De poco sirve parecer buenos si tratamos mal a quienes tenemos cerca. Y de poco sirve cumplir muchas cosas religiosas si nuestro encuentro con Dios no nos va haciendo más misericordiosos.

Por eso termina diciendo algo precioso: «Dad limosna de lo que hay dentro». No se trata únicamente de sacar unas monedas del bolsillo. Podemos dar también de lo que llevamos dentro: tiempo, escucha, paciencia, cariño, una segunda oportunidad, una llamada que llevamos semanas posponiendo, un perdón que nos cuesta. La verdadera limpieza del corazón comienza cuando dejamos de vivir únicamente para nosotros mismos.

Así que quizá este martes 13 sea un buen día para recordar que nuestra vida no depende de la buena o de la mala suerte. Tampoco depende de mantener una apariencia perfecta. Depende mucho más de qué dejamos que Dios haga dentro de nosotros y de qué hacemos nosotros con lo que llevamos dentro.

No tengas miedo al martes 13. Quizá haya algo bastante más importante que vigilar hoy que la mala suerte: que por fuera parezcamos una cosa y por dentro estemos viviendo otra.