El Evangelio de este miércoles de tiempo ordinario nos presenta a un Jesús especialmente contundente. Habla a los fariseos y a los juristas con palabras que incomodan: «¡Ay de vosotros!». Pero Jesús no está atacando porque sí. Está denunciando una manera de vivir la religión que puede terminar preocupándose muchísimo por los detalles y olvidándose precisamente de lo esencial.
Los fariseos pagaban escrupulosamente el diezmo incluso de cosas tan pequeñas como la hierbabuena o la ruda. Cumplían. Eran cuidadosos. Hacían lo que estaba mandado. Y Jesús no les dice que dejen de hacerlo. De hecho, afirma: «Esto habría que practicar sin descuidar aquello». El problema aparece cuando somos impecables con lo pequeño mientras dejamos de lado «el derecho y el amor de Dios».
Y esta tentación está mucho más cerca de nosotros de lo que parece. Podemos preocuparnos muchísimo porque todo salga perfecto y terminar tratando mal a alguien porque estamos nerviosos. Podemos discutir por cómo hay que hacer las cosas en casa y olvidarnos de cuidar a las personas con las que vivimos. Podemos ser muy exigentes con los errores ajenos y tremendamente comprensivos con los nuestros. Incluso dentro de la Iglesia podemos cuidar horarios, normas, celebraciones, reuniones y estructuras y olvidarnos de preguntar cómo está la persona que tenemos delante. Podemos hacer correctamente muchas cosas y estar olvidando lo más importante.
Jesús también habla de quienes buscan los primeros puestos y las reverencias. Y aquí toca otra fibra muy humana: la necesidad de reconocimiento. Nos gusta que valoren lo que hacemos, que agradezcan nuestro esfuerzo, que tengan en cuenta nuestra opinión. Hoy quizá no buscamos el primer asiento de la sinagoga, pero sí podemos mirar quién ha visto nuestro mensaje, cuántos «me gusta» tiene una publicación o molestarnos cuando alguien no reconoce todo lo que hemos hecho. El problema no es que nos agradezcan las cosas; el problema es necesitar constantemente que los demás nos confirmen cuánto valemos.
Y después Jesús se dirige a los juristas, que imponían cargas difíciles a los demás mientras ellos mismos no movían un dedo para ayudar. También aquí podemos reconocernos. Es muy fácil decirle a otro lo que debería hacer cuando no conocemos completamente lo que está viviendo. Dar consejos desde fuera, juzgar una situación familiar que no es la nuestra, exigir a alguien que perdone rápidamente o decirle que debería tener más fe. Jesús nos recuerda que la fe nunca debería convertirse en una carga que ponemos sobre los hombros de los demás. Si nuestra manera de vivir el Evangelio no ayuda a levantar a las personas, quizá deberíamos preguntarnos cómo lo estamos entendiendo.
Estamos en tiempo ordinario, y quizá precisamente por eso este Evangelio encaja tan bien. La mayor parte de nuestra vida también es ordinaria. No está hecha de grandes acontecimientos, sino de conversaciones, trabajo, comidas, cansancio, familia, responsabilidades y pequeños encuentros. Y es justamente ahí donde se juega nuestra fe.
Jesús hoy nos invita a ordenar las prioridades. A cuidar los detalles, sí, pero sin olvidar nunca el derecho, la misericordia y el amor de Dios. Porque podemos hacer muchísimas cosas bien y equivocarnos en lo fundamental.
Quizá la pregunta para este miércoles sea muy sencilla: entre todas las cosas que hoy me preocupan, ¿sigue siendo el amor lo más importante?