Celebramos hoy a Santa Teresa de Jesús, y el Evangelio parece especialmente escrito para alguien como ella: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». Teresa conoció bien el cansancio. Tuvo enfermedades, incomprensiones, dificultades dentro y fuera de la Iglesia, viajes interminables para sus fundaciones y momentos en los que las cosas parecían complicarse por todas partes. Y, sin embargo, descubrió que en medio de todo aquello existía un lugar donde descansar: la amistad con Jesús.

Porque quizá una de las grandes intuiciones de Santa Teresa fue entender que la oración no consiste en hacer cosas complicadísimas. Ella misma la definió de una manera preciosa y sencilla como «tratar de amistad» con quien sabemos que nos ama. Y eso conecta perfectamente con las palabras de Jesús de hoy. «Venid a mí». No dice: resolved primero vuestra vida, tenedlo todo claro, sed perfectos y después venid. Dice simplemente: venid.

Nosotros sabemos bastante de cansancio. Hay días en los que llegamos al final de la jornada después de haber respondido mensajes, trabajado, solucionado problemas, atendido personas, hecho compras, organizado la casa y pensado ya en todo lo que tenemos que hacer mañana. Y hay otro cansancio que ni siquiera se arregla durmiendo ocho horas: el cansancio de llevar demasiadas cosas por dentro. Una preocupación familiar, una decisión que no sabemos tomar, una relación que nos duele, algo que no conseguimos perdonarnos o esa sensación de estar intentando llegar a todo y no llegar nunca.

Jesús no promete eliminar mágicamente nuestros problemas. Dice algo distinto: «Yo os aliviaré». Nos invita a llevarlos con Él. La fe no consiste en tener una vida sin cargas, sino en descubrir que no tenemos que cargar solos con ellas.

Y quizá Santa Teresa pueda enseñarnos precisamente eso. A veces pensamos que para rezar necesitamos tener mucho tiempo, estar tranquilos, encontrar el momento perfecto o sentir algo especial. Teresa nos recuerda que podemos encontrarnos con Dios en medio de nuestra vida real. Podemos cerrar un momento los ojos en el metro, entrar cinco minutos en una iglesia, apagar el móvil antes de dormir o simplemente decir: «Señor, hoy no puedo más; quédate conmigo». Eso también es oración.

Jesús comienza además dando gracias porque Dios se revela a los pequeños y no solamente a los «sabios y entendidos». Para conocer a Dios no hace falta dominar grandes teorías. Santa Teresa, que acabaría siendo reconocida como doctora de la Iglesia, entendió que el camino hacia Dios pasa precisamente por hacerse pequeño, por reconocer que necesitamos de Él.

Y eso cuesta, porque muchas veces vivimos intentando demostrar que podemos con todo. Nos cuesta pedir ayuda, reconocer que estamos cansados o admitir que algo nos supera. Pero la humildad comienza cuando dejamos de fingir que podemos solos.

Por eso la fiesta de Santa Teresa puede dejarnos hoy una invitación muy sencilla: recuperar la amistad con Jesús. No convertir la oración en otra obligación más dentro de una agenda llena, sino precisamente en el lugar donde podemos dejar la agenda, las preocupaciones y las máscaras.

Porque quizá hoy no necesitemos hacer más cosas. Quizá necesitemos escuchar a Jesús diciéndonos: «Ven a mí. Si estás cansado, si estás agobiado, si llevas demasiado encima, ven. Aquí puedes descansar».