El Evangelio de este viernes comienza con una escena llamativa: miles de personas se agolpan alrededor de Jesús y, sin embargo, Él se dirige primero a sus discípulos para advertirles: «Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía». Es curioso. Rodeado de una multitud, Jesús no parece demasiado preocupado por la popularidad. Le preocupa algo mucho más profundo: que sus discípulos terminen viviendo pendientes de lo que los demás piensen de ellos.
La imagen de la levadura es muy buena porque basta una pequeña cantidad para transformar toda la masa. Con la hipocresía puede ocurrir lo mismo. Empieza con cosas pequeñas: aparentar que estamos bien cuando no lo estamos, decir una cosa delante de alguien y otra cuando se marcha, comportarnos de una manera cuando nos ven y de otra cuando nadie mira. Poco a poco podemos acabar construyendo un personaje y preocupándonos más por mantenerlo que por vivir de verdad.
Hoy esto resulta especialmente fácil. Podemos seleccionar perfectamente qué parte de nuestra vida enseñamos, subir la fotografía en la que todo parece estupendo, responder «todo bien» cuando por dentro estamos hechos polvo o intentar constantemente cumplir las expectativas que otros tienen sobre nosotros. Y eso termina agotando. Vivir sosteniendo una imagen pesa muchísimo.
Por eso Jesús dice algo que puede sonar amenazante, pero que también puede resultar liberador: «Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse». Es decir, no merece la pena construir nuestra vida sobre las apariencias. Antes o después aparece la verdad. Y quizá la invitación de Jesús sea precisamente vivir de tal manera que no tengamos que preocuparnos demasiado porque se sepa quiénes somos.
Después aparece varias veces una frase fundamental: «No tengáis miedo». Y aquí descubrimos que la hipocresía y el miedo están mucho más relacionados de lo que pensamos. Muchas veces fingimos precisamente porque tenemos miedo: miedo a decepcionar, a que nos critiquen, a no encajar, a que descubran nuestras debilidades, a perder el reconocimiento de alguien.
Jesús responde a todos esos miedos con una imagen llena de ternura. Habla de unos pequeños pájaros que apenas tenían valor en el mercado y dice que Dios no se olvida ni siquiera de uno de ellos. Y añade: «Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados». No significa que Dios lleve una especie de contabilidad absurda. Significa algo mucho más hermoso: no hay nada de nuestra vida que le resulte indiferente.
Dios conoce aquello que enseñamos y también lo que escondemos. Conoce nuestras fortalezas y nuestras contradicciones, las cosas que hacemos bien y aquellas que todavía tenemos que cambiar. Y aun así Jesús dice: «No tengáis miedo». Nuestro valor no depende de mantener una imagen perfecta delante de los demás.
Quizá por eso este Evangelio sea una invitación estupenda para terminar la semana. Podemos llegar al viernes cansados después de intentar responder a muchas expectativas, cumplir muchas tareas y quedar bien con mucha gente. Jesús nos invita a soltar un poco todo eso y recordar algo sencillo: no necesitamos demostrar constantemente cuánto valemos.
Porque delante de Dios podemos vivir sin máscaras. Él ya sabe quiénes somos. Y precisamente porque lo sabe puede decirnos: «No tengas miedo. Para mí, tu vida importa».