Ef 2, 1-10
Sal 99, 1b-2. 3. 4. 5
Lc 12, 13-21
La fe cristiana nace de una verdad sencilla y profunda: Dios nos ama gratuitamente en Cristo, sin que lo merezcamos. Acoger ese amor transforma nuestra vida y nos abre a la fe, la esperanza y la caridad. San Pablo recuerda que la salvación es don de Dios y no fruto de nuestros méritos ni de nuestras obras. El orgullo humano, sin embargo, nos lleva a querer justificar que somos dignos del amor de Dios. La verdadera humildad consiste en reconocer que somos obra de Dios, salvados por su gracia y no por nuestras propias fuerzas.
Por otra parte, el Evangelio presenta al rico que, satisfecho de sus bienes, vive centrado en sí mismo y en su prosperidad. Su problema no es poseer riquezas, sino convertirlas en el centro y sentido último de su existencia. Su monólogo revela que ha perdido la capacidad de escuchar a Dios y de mirar las necesidades de los demás. Dios lo llama «insensato» porque es una locura construir la vida de espaldas al cielo y al hermano necesitado. También nosotros podemos caer en esa misma tentación cuando vivimos encerrados en nuestros intereses y seguridades. La Palabra de Dios no pretende condenarnos, sino despertarnos a la verdadera sabiduría: recibir su amor, compartir los bienes y vivir abiertos a Dios y a los pobres.