Ef 3, 2-12
Is 12, 2-3. 4bcde. 5-6
Lc 12, 39-48

San Pablo descubre con gozo que su misión consiste en anunciar y aclarar la riqueza insondable de Cristo, misterio de la gracia de Dios ofrecida a todos los pueblos. Este misterio revela que también los pueblos paganos pueden alcanzar la salvación al acoger el anuncio del amor misericordioso de Dios. Esta extensión de la gracia acontece mediante la Iglesia, comunidad en la que Cristo se hace presente y desde la que son enviados sus testigos. Por eso, el misionero no es un llanero solitario, sino un enviado de la comunidad que comparte y celebra la fe.

El Evangelio invita también a vivir vigilantes, evitando el cansancio, el desánimo, la nostalgia y la distracción. El cansancio se supera renovando las fuerzas mediante la oración, la Palabra, los sacramentos y el encuentro con los hermanos. El desánimo se vence mediante la oración, el testimonio de los mártires y la purificación de nuestras intenciones. La nostalgia puede encerrarnos en el pasado e impedirnos descubrir la gracia propia de cada tiempo y mirar con esperanza al futuro. La distracción ante los bienes y problemas del presente puede adormecer nuestra conciencia y alejarnos de lo esencial. La atención a los sufrimientos de los pobres y la llamada del Espíritu a la santidad mantienen despierta nuestra fe. Vivir vigilantes significa, en definitiva, permanecer abiertos a Dios, atentos a su acción y comprometidos con la misión que nos confía.