El Evangelio de este domingo comienza con una trampa. Los fariseos preguntan a Jesús si hay que pagar impuestos al César. Si responde que sí, queda mal ante el pueblo; si dice que no, puede tener problemas con Roma. Pero Jesús no entra en su juego. Toma una moneda y pregunta: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?». Del César. «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

La moneda lleva la imagen del César, y por eso puede devolverse al César. Pero hay una pregunta mucho más interesante: ¿dónde está grabada la imagen de Dios? La Biblia nos dice que en nosotros. Hemos sido creados a imagen de Dios. Por eso Jesús no está pidiendo simplemente que reservemos un espacio para Dios, sino algo mucho mayor: si llevas su imagen, entrégale tu vida.

Y eso significa que la fe no puede quedarse únicamente en venir a misa, rezar o decir que somos cristianos. San Pablo lo expresa muy bien en la segunda lectura cuando habla de «la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza». La fe tiene que notarse en cómo trabajamos, cómo tratamos a nuestra familia, cómo utilizamos nuestro dinero, cómo perdonamos o cómo reaccionamos cuando las cosas se complican.

También la primera lectura nos recuerda algo precioso. Dios utiliza a Ciro para realizar sus planes aunque Ciro ni siquiera lo conoce. Dios puede estar actuando en nuestra vida incluso en situaciones o a través de personas donde no esperábamos encontrarlo.

Quizá este domingo podamos hacernos una pregunta sencilla: ¿se nota en mi manera de vivir de quién llevo la imagen?

Porque al César podremos darle muchas cosas. Pero cuando Jesús dice «dad a Dios lo que es de Dios», nos recuerda que lo primero que podemos darle a Dios somos nosotros mismos.