SIN TACHONES

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hechos de los apóstoles 18,23-28; Sa146,2-18-9.10; san Juan 16, 23b-28

Un compañero de seminario (que no llegó a ordenarse), tuvo una época pacifista radical, como nuestro ministro de defensa. Cuando rezábamos la liturgia de las Horas iba tachando con un rotulador todas las expresiones que consideraba bélicas. “El Señor de los ejércitos.” “el Señor tronaba desde el cielo,” “emperador de toda la tierra,” “el Señor es mi fuerza y mi escudo,” y un largo etcétera. Quien rece con los salmos (algo muy recomendable), sabrá la cantidad de veces que se refieren al Señor en términos guerreros, pues era un pueblo que tenía que luchar contra otros por su territorio. Volviendo a mi compañero, el breviario está editado en papel Biblia, muy finito, con lo cual cada pasada de rotulador tachaba la frase en concreto, la de la cara contraria y la de la página siguiente. Al poco tiempo de ese arranque pacifista no había quién rezase con ese breviario (tal vez por eso dejó el seminario), pues faltaba la mitad del texto y en su lugar eran todo tachones. Y es que cuando nos dedicamos a decidir qué es lo importante según nuestros criterios, seguramente nos olvidemos de lo importante y dejemos nuestra vida hecha un inmenso tachón.
Estos días hemos hablado de tristezas y de la alegría. ¿Cuál es la fuente de la alegría?: “El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios.” Esa es la fuente de la alegría. Dios nos quiere, podríamos decirlo así, a pesar de nosotros. Hay personas que se pasan la vida intentando ganarse el amor de Dios, haciendo cosas buenas -muchas veces extravagantes-, para ganarse el cariño de Dios. Como si Dios fuese un señor enfadado al que tenemos que contentar. Cuando ponemos la iniciativa en nosotros empezamos a llenar el cristianismo de tachones. Acabamos pensando que “Dios es bueno,” y con no ser demasiado malos es bastante. No es que Dios sea bueno, es que Dios nos ama, y eso es mucho más exigente. Pasa algo así con la castidad. Cuando nos rodean de noticias y debates en torno al sexo, sobre violaciones, bestialismo, tríos y cuartetos, etc. ¿Quién es el guapo que se pone a predicar sobre que la masturbación es pecado? Con que uno no sea el violador de Pirámides -famoso en Madrid-,se queda satisfecho, eso no puede enfadar a Dios. Pero el hombre no está llamado a no ser un degenerado, sino a darse cuenta que pertenece completamente a Dios, con su cuerpo, sus pensamientos, sus acciones, sus afectos y, el vivir la castidad, nos ayuda a aprender a amar y valorar el amor como don de Dios y donación a los demás. Si empezamos a poner tachones en lo que consideramos “sin importancia” acabaremos siendo incapaces de entender el resto del seguimiento de Cristo, nos quedaremos en ser buenos y no enfadar demasiado a Dios. Lo que pasa con la castidad ocurre también con la sinceridad, la justicia, la caridad, la laboriosidad y un montón de cosas igual de importantes.
¡Quitemos los tachones!. No se trata de demostrar a Dios que le queremos, se trata de darnos cuenta de que Él nos quiere, seamos como seamos, y como “amor con amor se paga,” cambiaremos de vida sin esfuerzos innecesarios y poco fructíferos.
“Priscila y Aquila, lo tomaron por su cuenta (a Apolo, que era un hombre bueno), y le explicaron con más detalle el camino del Señor.” Después de estas líneas tal vez estés pensando en lo que predicarías mañana si fueses el párroco de tu parroquia, o que nunca se hablan de estas cosas desde el púlpito de tu iglesia. No seas necio, aquí no estamos para hablar “de otros,” haz como Aquila y Priscila y háblale tú a tu marido, a tu esposa, a tu hijo, a tu vecino, a tu compañero de trabajo, a tu amiga sobre el “camino del Señor,” no esperes que lo haga D. Facundo. Si te das cuenta lo que Dios ama a cada hombre querrás que cada hombre se de cuenta de ese amor de Dios.
Seguimos en el mes de mayo, mes de María. Nos acercamos a Pentecostés, día en que le Amor de Dios, el Espíritu Santo, se derramó sobre la Iglesia. Pídele a María, la esposa del Espíritu Santo, que te ayude a entender lo que Dios te quiere. Luego, toma decisiones.

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