¿Qué sabiduría es, esa? ¿Y esos milagros?

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

2Sam 24,2.9-17; Sal 32; Mc 6,1-6

El sábado, de nuevo, empieza a enseñar en la sinagoga. Lo que era excepción, que a uno cualquiera le dejaran leer y hablar en la sinagoga el sábado, durante el culto, parece haberse convertido en una costumbre. No leía y comentaba el rollo correspondiente de la Escritura el primer venido. Jesús hablaba y actuaba con autoridad. ¿De donde saca todo eso?, se preguntaba asombrada la muchedumbre asistente. ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Quién se la enseñó? Todos sabemos que es el carpintero, el hijo de María, y conocemos de sobras a sus hermanos, a sus hermanas y a su parentela. ¿Cuándo ha aprendido todo eso? ¿De donde procede la autoridad con la que habla y con la que actúa? Y, curioso, lo que veían les resultaba escandaloso. No puede ser que alguien que conocemos como a un guante hable así y actúe de manera que los milagros le salen de las manos. Por eso, quienes le conocen tan bien, desconfían. No puede ser. Algo no marcha. Y hasta tal punto es así, tan grande es el rechazo que sienten por él, que allí no pudo hacer ningún milagro, a lo más curar a algún enfermo imponiéndole las manos. Por eso, Jesús se alejó de ellos y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

En la escena, Jesús se adecua a un profeta, despreciado por sus parientes y en su casa. Parecería que la autoridad con la que habla y con la que actúa se pierden cuando se trata de gentes que le han conocido de siempre. ¿No es nuestro caso? Hay que tener ojos nuevos para ver y escuchar a Jesús. Ojos abiertos a la sorpresa, capaces de novedad, de contemplar la creatividad de Dios. Se da en ellos una terca cerrazón. Nadie puede ser diferente de como lo ven, de como han decidido que debe ser. No hay intervenciones de Dios que aporten novedad en las personas. Quizá sí curaciones, el mundo está lleno de curanderos con mayor o menor éxito, pero contemplar de verdad la creatividad absolutamente novedosa de Dios que actúa en esa persona que ellos conocen tan bien, eso no. De manera tangencial esta reacción nos hace ver que la vida de Jesús hasta sus treinta años había sido por completo normal. No había destacado en nada que lo hiciera superior a los de su entorno, que les hiciera presagiar un destino mejor que el suyo. Por eso, nada nuevo podía esperarse de él. Desconocían, pues, la autoridad creativa de Dios. Repudiaban que Dios estuviera en él, desde el siempre que es el suyo. Y ese desconocimiento les llevaba a apostar porque nada nuevo, nada insospechado podría darse en él, como no fuera una transitoria locura quijotesca, por la que los suyos tendrían que ir a recogerle para encerrarlo en casa, fuera de la mirada burlona de sus vecinos.

Jesús ha de ser un loco desquiciado, porque ellos no pueden creer en esa autoridad asombrosa de Dios que lleva la historia según sus designios, los que vienen de su siempre. No pueden aceptar que en Jesús, al que conocen sobrado, se esté mostrando esa misma autoridad de Dios que le lleva a hablar y actuar como profeta, ¡y qué profeta! No han oído cómo el mismo Espíritu de Dios en forma de paloma bajó a él al salir del agua del bautismo en el Jordán, proclamando a quien sabía escuchar: Este es mi Hijo, mi amado, mi predilecto. ¡Bah!, se dicen, eso son tonterías, no es sino un pobre perturbado.

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