Domingo de la 6ª semana de Tiempo Ordinario. – 15/02/2015

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Comentario Pastoral
“SEÑOR, SI QUIERES, PUEDES LIMPIARME”

Es ésta la invocación, el grito de esperanza de un leproso marginado de la sociedad, emblema viviente del dolor del mundo, máscara desfigurada de la corrosión del mal físico. Por eso la curación instantánea de un leproso pone de relieve la humanidad profunda de Jesús ante la horrible lepra, enfermedad muy común en la antigüedad y aún presente en el mundo moderno, donde existen veinte millones de leprosos.

Para los antiguos hebreos el leproso era un condenado a la muerte y un excluido del consorcio humano, porque concebían la lepra como un castigo de Dios al pecador. Esta enfermedad era interpretada, más que en el plano médico, bajo un sentido religioso y cultural. El leproso era un hombre “inmundo”, incapaz de cumplir los actos de culto con la comunidad, y un “excomulgado”, que debía alejarse física y moralmente de cualquier contacto con los otros hombres. Los leprosos, muy desgraciados en su cuerpo, solamente podían lamentarse en la soledad, en la miseria y en el abandono.

Los rabinos comparaban la curación de la lepra con la resurrección de un muerto. Por eso Jesús, al hacer este milagro se declara implícitamente Mesías. Así es reconocido por el leproso desgraciado, que lleno de coraje y superando la segregación que imponía la Ley, se acerca al Maestro de Nazaret para implorar la curación y ser librado del infierno del sufrimiento físico y moral.

A la plegaria humilde del leproso, “si quieres, puedes limpiarme” y a su gesto de adoración y de fe, Jesús respondo usando sus mismas palabras: “quiero, queda limpio” tocando con la mano al “intocable” según la ley. En este milagro, como en todas sus obras, Jesús revela la gratitud y la universalidad del amor de Dios: donde los hombres brillan despreciando a los infelices, él manifiesta respeto y solidaridad; donde los hombres discriminan, él acoge; donde los hombres condenan, él absuelve.

Cristo está sistemáticamente presente en el campo del dolor, en esta zona fronteriza de la existencia humana. Su presencia es una lucha continua contra el mal y los límites, naturales o impuestos por los hombres. Por encima de las exigencias legalistas de los puritanos o de los egoísmos de los bien instalados, Jesús acude a donde está el dolor. Allí también deben hacerse presentes los cristianos. El que los médicos y enfermeras tengan su trabajo y responsabilidad concreta en el campo sanitario y asistencial, no exime a los cristianos de la práctica de las obras de misericordia, para testimoniar el amor y la compasión ante cualquier hombre que sufre.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Levítico 13,1-2.44-46 Sal 31, 1-2. 5. 11
san Pablo a los Corintios 10,31-11, 1 san Marcos 1,40-45

Comprender la Palabra

El autor del libro del Levítico trata de poner de manifiesto, ante todo, la santidad de Dios, y, en consecuencia, intenta determinar todos los elementos que ayudan a respetar esa santidad; y por otro lado, evitar aquellos elementos que pueden empañar esta santidad y, mejor, que puedan hacer impuro al hombre frente a Dios. El texto de este domingo pertenece al contexto más amplio de las leyes de la impureza ritual. La pureza ritual es fundamental para poder participar en el culto que expresa la relación del pueblo con Dios, sellada con la Alianza: quien quiera vivir en contacto con Dios no puede estar contaminado.

Como segunda lectura, continuamos leyendo la parte final de la primera carta de san Pablo a los Corintios que aborda los problemas concretos de la comunidad. El apóstol afirma su actitud apostólica esencial: a imitación de Cristo, tener por primer principio de criterio y relación la Gloria de Dios y la salvación de todos los hombres, sin excluir ni a judíos ni a griegos. En torno a las digresiones que habían surgido en la comunidad sobre la posibilidad de comer o no carne de animales sacrificados a los ídolos. Pablo, sin dejar de resolver su duda, se esfuerza por orientar la intención moral de estos creyentes hacia motivos más cristianos: el respeto a la conciencia de los que nos rodean y el interés sincero por su salvación; en fin, la Gloria de Dios.

En el Evangelio, después de la jornada inicial de enseñanza, curación y oración en Cafarnaúm, Marcos señala que Jesús salió a evangelizar otros pueblos de la comarca para volver luego a Cafarnaúm. Misión que el evangelista resume en un hecho concreto: la purificación de un leproso. San Marcos, en su pedagogía intuitiva, ve representada en esta escena la actitud de quien busca la salvación en Cristo y el amor eficaz del Mesías para el hombre que busca y pide su salvación. Considera tres momentos sucesivos: 1) un leproso acude a Jesús; 2) Jesús purifica al leproso; 3) el ex-leproso proclama la obra de Jesús.

El evangelista san Marcos, ya desde las primeras líneas de su Evangelio va acostumbrando a sus lectores a una dialéctica intencionada. Jesús se impone a sí mismo y exige a los demás un estilo de sencillez y reserva (el popularmente llamado “secreto mesiánico”). Pero su actividad hace desbordar el entusiasmo de los sencillos. La clave de esta dialéctica nos la dará en la Cruz.

La Misión de Cristo tiene como objetivo “salvar” al hombre. Rescatarlo de toda esclavitud, a partir de su misma miseria. Para la mentalidad de entonces, la lepra era el signo más impresionante de la miseria personal. Jesús se estremece de compasión ante un leproso. En el gesto de curarlo, que nos refiere el texto de hoy, Marcos vio y quiso que viéramos una representación expresiva de toda la Misión salvadora de Cristo a favor de la humanidad. Los milagros de Jesús anticipan, como primicia y arras, la fuerza liberadora total de la Cruz. El Maestro le manda cumplir el rito de presentarse al sacerdote, conforme al Levítico, y le prohíbe divulgar el hecho, para no comprometer el desarrollo ordenado de su plan de autorevelación como Mesías. Pero el ex-leproso no puede callar. Se complica la evangelización de Galilea: el pueblo se entusiasma por Jesús, pero pronto surgirán enemigos.

Ángel Fontcuberta

 

al ritmo de las celebraciones


MIÉRCOLES DE CENIZA

La ceniza (del latin “cinis”) al ser producto de la combustión de algo por el fuego, adquirió un sentido simbólico de muerte y caducidad, y en sentido trasladado, de humildad y penitencia. En el libro de Jonás (3,6) sirve para describir la conversión de los habitantes de Nínive. Muchas veces se la cita junto al “polvo” de la tierra: “en verdad soy polvo y ceniza”, dice Abrahán en Gén. 19,27.

El miércoles anterior al primer domingo de Cuaresma, recibe la denominación de Miércoles de Ceniza, pues en él se realiza el gesto simbólico de la imposición de ceniza en la cabeza. Una ceniza fruto de la cremación de las palmas del año pasado. Un gesto que se realiza como respuesta a la Palabra de Dios que nos invita a la conversión, como inicio del ayuno cuaresmal y de la marcha de preparación a la Pascua. El tiempo cuaresmal comienza con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo ha de quemarse y destruirse en todos los creyentes -el hombre viejo- para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.

Mientras el ministro impone la ceniza dice una de estas fórmulas: “convertíos y creed el Evangelio” (cfr. Mc 1,15) o “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (cfr. Gén. 3,19): un signo y unas palabras que expresan muy bien, por una parte, nuestra caducidad y nuestra conversión, y por otra la aceptación del Evangelio, o lo que es lo mismo, la novedad de vida que Cristo cada año quiere comunicar a los fieles en la Pascua.


Ángel Fontcuberta

 

Para la Semana

Lunes 16:
Génesis 4,1-15.25. Caín atacó a su hermano Abel y lo mató.

Sal 49. Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.

Marcos 8,11-13. ¿Por qué esta generación reclama un signo?
Martes 17:
Génesis 6,5-8; 7,1-5.10. Borraré de la superficie de la tierra al hombre que he creado.

Sal 28. El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Marcos 8,14-21. Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes.
Miércoles 18:
Miércoles de Ceniza

Joel 2,12-18. Rasgad los corazones y no las vestiduras.

Sal 50. Misericordia, Señor, hemos pecado.

2Corintios 5,20-6,2. Reconciliaos con Dios: ahora es tiempo favorable

Mateo 6,1-6.16-18. Tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.
Jueves 19:
Deuteronomio 30,15-20. Hoy te pongo delante bendición y maldición.

Sal 1. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Lucas 9,22-25. El que pierda su vida por mi causa la salvará.
Viernes 20:
Isaías 58,1-9a. Este es el ayuno que yo quiero.

Sal 50. Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios, no lo desprecias.

Mateo 9,14-15. Cuando les arrebaten al esposo, entonces ayunarán.
Sábado 21:
Isaías 58,9b-14. Cuando partas tu pan con el hambriento… brillará tu luz en las tinieblas.

Sal 85. Enséñame Señor tu camino, para que siga tu verdad.

Lucas 5,27-32. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan

 

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