Archiv para 14 diciembre, 2017

Domingo de la 2ª semana de Adviento – 10/12/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

EL DESIERTO DEL ADVIENTO

Si nos basamos en el comienzo del evangelio de San Marcos, que se lee en este domingo, hay razón suficiente para afirmar que el tema del desierto no es ajeno al espíritu del Adviento. De Juan se dice que era “una voz en el desierto”.

Para nuestra mentalidad actual el desierto es un lugar inhóspito, nada atrayente, donde uno puede morir de sed y de soledad o perderse a causa de la arena o del viento que borra todos los caminos. Sin embargo, el pueblo de Dios tuvo una experiencia muy diferente. En el desierto se sintió salvado, guiado, liberado. Allí Dios le configuró como pueblo suyo, le habló, le alimentó y le mostró su amor.

En realidad el desierto hace referencia al lugar misterioso donde Dios y el hombre se encuentran frecuentemente. En el desierto las tentaciones provocan testimonios de fe, la soledad se cambia en plenitud, la sed se convierte en anhelo, el hambre genera una oración confiada.

En el Adviento de 2017, como en todos, se hace necesario escuchar la voz y el mensaje del Bautista. Necesitamos ir al desierto para escuchar palabras auténticas por encima de los gritos de la vida cotidiana. Ya apenas creemos nada, porque las palabras que siguen aumentando los diccionarios parece que solo sirven para la poesía. Es preciso salir del torbellino de los reclamos publicitarios y del vértigo de las distracciones para encontrar momentos y espacios de sosiego que ayuden a valorar el sentido de nuestra existencia y el valor de nuestros afanes.

Hay que descubrir los desiertos actuales que propician el encuentro con Dios: desiertos de silencio para la escucha y la meditación; desiertos de soledad que reconfortan y animan a una vida mejor, desiertos de consuelo espiritual para superar las lamentaciones inútiles.

Para que no fracase nuestro Adviento hay que ir a los desiertos indispensables de la vida cristiana, que afinan nuestra esperanza, porque “el Señor no tarda” y debe encontrarnos “en paz con él, santos e inmaculados”.

A propósito del desierto, volvemos a leer hoy estos insuperables versos de Isaías: “En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 40, 1-5. 9-11 Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14
san Pedro 3, 8-14 san Marcos 1,1-8

de la Palabra a la Vida

La conversión. En el principio del Adviento volvemos a escuchar, como si de la Cuaresma se tratara, de conversión. Así como las tierras se allanan, es necesario que se allane el corazón del hombre para que pueda recibir al que viene en nombre del Señor, al Verbo encarnado que, sentado a la derecha del Padre, viene misteriosamente “en cada hombre y en cada acontecimiento” a nuestra vida. La conversión que aceptamos que se dé en nosotros condiciona nuestra posibilidad de esperar.

Por eso, podemos entender las palabras del profeta en la primera lectura puestas en labios de Juan en el evangelio como una respuesta: si sabemos que Dios viene, tenemos que esperar. Dios tiene la iniciativa en toda historia, y la humanidad, cada uno de nosotros, encuentra en la conversión la forma apropiada de esperar. De creer, también. Esperamos la venida de Dios a nuestra vida convirtiéndonos, cambiando, allanando caminos, mejorando… pero eso no se acepta si no hay un constante espíritu de vigilancia. ¿Vigilar en el desierto? ¿Qué vigilancia, qué atención requiere de nuestra parte la vida en el desierto, es decir, en ambientes inhóspitos, incómodos, fuera de casa, de la rutina diaria? Juan el bautista tiene palabras misteriosas, hace peticiones que no resultan lógicas. Bien sabemos que el Señor se presenta en el desierto, como un león, como una fiera, entre otras fieras, para ofrecer vida verdadera. El anuncio de Juan consiste en que el día del Señor llegará, llegará, y por eso san Pablo advierte en la segunda lectura: no sólo hay que vigilar para cada día, sino que hay que vigilar porque no sabemos cuál será el último día, en el que Cristo vendrá con toda su potencia. ¡Qué piadosa ha de ser vuestra vida si de verdad creéis y esperáis que Cristo vuelva! Sólo una vida vigilante, piadosa, en constante atención y mejora, que se deja transformar por Dios, será capaz de mostrar a otros, de anunciar con obras, con hechos, que el Señor va a volver y estamos alegres.

El Adviento es un tiempo muy alegre. En él, como hace Juan hoy, se nos recuerdan las razones para esperar: hay una palabra que es fiable. La mía no lo es, la nuestra a duras penas es una palabra fiable, pues tantas veces no hacemos lo que decimos… pero del Señor, la palabra es fiable, y eso es motivo de alegría. Una palabra sobresale entonces entre otras, una palabra está viva, colorida, fresca, entre la monotonía y sequedad del desierto, es la palabra del Señor. Entre palabras vacías, entre desiertos en nuestra vida, entre todo lo que ha escapado de nuestras manos y nos hace recordar lo que hemos perdido, Juan anuncia que tenemos que mirar hacia delante porque tenemos una esperanza firme, y por eso tenemos que convertirnos. Ahora, justo ahora. En el Adviento aprende el cristiano a mirar hacia el futuro. La Palabra de Dios en Adviento es terriblemente pedagógica por eso, porque nos hace mirar al pasado para que podamos aprender a
esperar el futuro. No miramos al mañana sin fundamento, no esperamos una probabilidad matemática que saque nuestro número de la suerte, sino que tenemos la certeza de la Palabra de Dios. Juan ya lo ha comprobado, y por eso da testimonio.

Celebrar con la Iglesia el segundo domingo de Adviento es aprender a esperar al Señor cada día, ilusionados: si viene en los sacramentos, pobres signos, si viene en la Iglesia que se reúne, cuerpo complejo de santos y pecadores, si viene en su poderosa palabra, a veces temblorosa e incomprensible… es que no va a fallarnos. Podemos pedirte que nos muestres tu misericordia, como en el salmo: no es una petición desconfiada, es la certeza de Juan, es la certeza de la Iglesia, la certeza de tu amor.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


Algunos apuntes de espiritualidad litúrgica

El Adviento es tiempo de espera, de conversión, de esperanza: – espera-memoria de la primera y humilde venida del Salvador en nuestra carne mortal; espera-súplica de la última y gloriosa venida de Cristo, Señor de la historia y Juez universal; – conversión, a la cual invita con frecuencia la Liturgia de este tiempo, mediante la voz de los profetas y sobre todo de Juan Bautista: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3,2); – esperanza gozosa de que la salvación ya realizada por Cristo (cfr. Rom 8,24-25) y las realidades de la gracia ya presentes en el mundo lleguen a su madurez y plenitud, por lo que la promesa se convertirá en posesión, la fe en visión y “nosotros seremos semejantes a Él porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3,2).

La piedad popular es sensible al tiempo de Adviento, sobre todo en cuanto memoria de la preparación a la venida del Mesías (…) A la piedad popular no se le escapa, es más, subraya llena de estupor, el acontecimiento extraordinario por el que el Dios de la gloria se ha hecho niño en el seno de una mujer virgen, pobre y humilde. Los fieles son especialmente sensibles a las dificultades que la Virgen María tuvo que afrontar durante su embarazo y se conmueven al pensar que en la posada no hubo un lugar para José ni para María, que estaba a punto de dar a luz al Niño (cfr. Lc 2,7).

(Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 96-97)

 

Para la Semana

Lunes 11:
Santa Maravillas de Jesús, virgen. Fiesta

Ca 8,6-7. Es fuerte el amor como la muerte.

Sal 44. Llega el Esposo; salid a recibir a Cristo, el Señor.

Lc 10,38-42. María ha escogido la parte mejor.
Martes 12:

Isaías 40, 1 11. Dios consuela a su pueblo.

Sal 95. Nuestro Dios llega con poder.

Mateo 18,12 14. Dios no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.
Miércoles 13:
Santa Lucía, virgen y mártir. Memoria

Isaías 40,25 31. El Señor da fuerza al cansado y acrecienta el vigor del inválido.

Sal 102. Bendice, alma mía, al Señor.

Mateo 11,28 30. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.

Jueves 14:
San Juan de la Cruz, presbítero y doctor de la Iglesia. Memoria.

Isaías 41,13-20. Yo soy tu libertador, el Santo de Israel.

Sal 144. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.

Mateo11,11-15. No ha nacido uno más grande que Juan el Bautista.
Viernes 15:

Isaías 48,17 19. Si hubieras atendido a mis mandatos.

Sal 1. El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida

Mateo 11, 16 19. No escuchan ni a Juan ni al Hijo de hombre.

Sábado 16:
Santa Eulalia de Mérida (s. III), virgen, martirizada a los doce años.

Eclesiástico 48,1 4.9 11. Elías volverá para reconciliar y restablecer las tribus de Israel.

Sal 79. Oh, Dios restaúranos, que brille tu rostro y nos salve.

Mateo 17,10 13. Elías vendrá y lo renovará todo. Ha venido y no lo reconocieron.


Pedir la gracia de luchar para “arrebatar” el Reino

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

“Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan”. Estas palabra de Cristo en el evangelio contrastan fuertemente con las de la primera lectura: “Yo el Señor, tu Dios, te tomo por tu diestra y te digo: ‘no temas yo mismo te auxilio, tu libertador es el Santo de Israel”. Parece que Dios por el profeta Isaías nos dice una cosa y por Jesús otra. Al final el dilema parece ser el siguiente: ¿tengo que esforzarme por alcanzar, “arrebatar” el reino de Dios, o simplemente he de esperar a que Dios lo haga todo? San Agustín nos da una clave para comprender la aparente oposición, porque ambas afirmaciones son palabra de Dios y, por tanto, verdaderas. La respuesta es esta: “quien te hizo sin ti, no te justificará sin ti. Por lo tanto, creó sin que lo supiera el interesado, pero no justifica sin que lo quiera él. Con todo, él es quien justifica” (Sermón 169,13)

Por lo tanto, el Reino es ciertamente un regalo de Dios absolutamente gratuito e inmerecido, pero debe ser aceptado. Es un don hecho a un ser libre y debe, por tanto, ser acogido. Y, precisamente, acoger ese don implica, dejarse mover por el Espíritu Santo, implica el empeño en “vivir como conviene a los santos” (Ef 5,3). Hay que luchar para corresponder a la acción de la gracia. El Espíritu Santo es un Maestro, da lecciones que son de practicar. Mientras no se haya practicado la lección, no pasa a la siguiente.

En una ocasión le preguntaron a Jesús: “Señor, ¿son pocos los que se salvan? El Les contestó: esforzaos en entrar por la puerta angosta” (Lc 13,23-24). Jesús no da una respuesta directa, pero deja bien claro que no hay santidad sin lucha y sin heroísmo. Sabemos que las faltas y pecados veniales nos van a acompañar a lo largo de la vida. Sin una gracia especial como la recibida por la Virgen no nos sería posible mantenernos en un estado habitual de perfecto amor de Dios (Concilio de Trento, ses.VI, c.23). Pero hemos de procurar luchar siempre. Es la aceptación de nuestros pecados, la falta de lucha, lo que produce ese estado de desamor que es la tibieza. En este tiempo de gracia, hagamos un examen de conciencia que nos permita reconocer dónde hemos de luchar, de “allanar los caminos” al Señor. “Ahora, mientras te dedicas al mal, llegas a considerarte bueno, porque no te tomas la molestia de mirarte. Reprendes a los otros y no te fijas en ti mismo. Acusas a los demás y tú no te examinas. Los colocas a ellos delante de tus ojos y a ti te pones a tu espalda. Pues cuando me llegue a mí el turno de argüirte, haré todo lo contrario: te daré la vuelta y te pondré delante de ti mismo. Entonces te verás y llorarás” (San Agustín, “Sermón” 17.13).

Son muchas las omisiones y ofensas a Dios a las que no damos importancia: faltas de rectitud de intención, de caridad, de pereza, impaciencias, juicios negativos sobre los demás, indiferencia ante el dolor ajeno, envidias, rencor, apegamiento no recto a cosas o personas, caprichos, cambios extemporáneos de humor, falta de cordialidad y de alegría en el trabajo o en la familia, vanidad en todas sus formas, falta de visión sobrenatural al enjuiciar las cosas y los acontecimientos… Lucha, pero no lo hagas solo. No podrás y abandonarás pronto, porque nuestras fuerzas son pocas. Lucha, pero abandonado en las fuerzas del Señor, apoyándote en El, fiado en El. “Fiado en ti, me meto en la refriega, fiado en mi Dios asalto la muralla” (Sal 170, 30), la muralla de mi pequeñez, la muralla de mis defectos,…

Que nuestra Madre del Cielo nos lleve por caminos de lucha alegre y decidida por amor a Dios nuestro Padre.

Juan de la Cruz, presbítero y doctor de la Iglesia (1542-1591)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santos: Juan de la Cruz, presbítero y doctor; Venancio Fortunato, Druso, Zósimo, Teodoro, confesores; Herón, Arsenio, Isidoro, Dióscoro, Eutropia, Justo, Abundio, Fingar, mártires; Lupicino, Espiridión, Viátor, Pompeyo, obispos; Nicasio, obispo y mártir; Matroniano, eremita; Agnelo, abad; Filemón, anacoreta.

14/12/2017 – Jueves de la 2ª semana de Adviento

Escrito por el . Posteado en Lecturas de Misa

PRIMERA LECTURA
Yo soy tu liberador, el Santo de Israel
Lectura del libro de Isaías 41, 13-20

Yo, el Señor, tu Dios, te tomo por tu diestra y te digo:

«No temas, yo mismo te auxilio».

No temas, gusanillo de Jacob, oruga de Israel, yo mismo te auxilio -oráculo del Señor-. tu redentor es el Santo de Israel.

Mira, te convierto en trillo nuevo, aguzado, de doble filo: trillarás los montes hasta molerlos; reducirás a paja las colinas; los aventarás, y el viento se los llevará, el vendaval los dispersará.

Pero tú te alegrarás en el Señor, te gloriarás en el Santo de Israel.

Los pobres y los indigentes buscan agua, y no la encuentran; su lengua está reseca de sed.

Yo, el Señor, les responderé; yo, el Dios de Israel, no los abandonaré.

Haré brotar ríos en cumbres desoladas; en medio de los valles, manantiales; transformaré el desierto en marisma y el yermo en fuentes de agua.

Pondré en el desierto cedros, acacias, mirtos y olivares; plantaré en la estepa cipreses, junto con olmos y alerces, para que vean y sepan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado.Palabra de Dios

Sal 144,1 y 9.10-11.12-13ab
R. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
El Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que té bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas; R.

Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R.

Aleluya Cf. Is 45, 8
R. Aleluya, aleluya, aleluya.

V. Cielos destilad desde lo alto al Justo, las nubes lo derramen,
se abra la tierra y brote el Salvador, R.

EVANGELIO
No ha nacido uno más grande que Juan el Bautista
Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 11-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gentío:

«En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.

Desde los días de Juan el Bautista, hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan. Los profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo.

El que tenga oídos que oiga».

Palabra del Señor