No me acuerdo en qué libro leí: “en el mal no hay solo mal”. Puede manifestarse también el bien. La fiesta de hoy es un ejemplo (como lo son todos los mártires). Auschwitz no sólo es el infierno en la tierra, como dicen algunos: hay otros infiernos del siglo XX que son peores, pero ocultados por los regímenes que los han cometido. No obstante, Auschwitz, aunque los nazis intentaron también tapar sus vergüenzas, finalmente no pudieron. Es una muestra de la victoria del mal y por eso nuestros hermanos polacos hacen mucho bien en conservarlo y preparar unas buenas visitas guiadas no aptas para todos los públicos. Al menos yo terminé muy, muy revuelto.

Así como el pecado de Israel sirve para su conversión a Dios mediante la exhortación de los profetas, la contemplación de los horrores del corazón humano pueden servirnos para darnos cuenta de lo mucho que necesitamos que Dios redima nuestros corazones. La profecía de Jeremías —que leeríamos hoy si no tuviera la fiesta lecturas propias— es ciertamente preciosa: “Esta será la alianza que haré con ellos después de aquellos días —oráculo del Señor—: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.

Edith Stein, Teresa Benedicta de la Cruz en la vida consagrada, entregó su vida en Auschwitz. No se la quitaron, como tampoco de la quitaron a Cristo los judíos. Un mártir es alguien que muere en completa libertad: no le quitan nada y lo da todo, como Jesús en su pasión y muerte. Requiere una gracia especial que miles y miles de cristianos han recibido a lo largo de la historia. Las circunstancias de su martirio son infinitamente diversas, pero hay un punto en común: su identificación con la causa de Cristo, ese movimiento interno de la libertar por el cual se mueven a entregar su vida en testimonio supremo del Amor que no pasa nunca.

El amor esponsal tiene su máxima expresión en la entrega de la vida por amor. Las lecturas propias de la fiesta de hoy nos ayudan a considerar esta locura del amor de Dios. Edith Stein hablaba de la locura de la cruz, que ella misma experimentó en esa locura histórica de Auschwitz.

En el mal no solo hay mal: en la muerte de Cristo no encontramos únicamente la victoria del sinsentido. Es el camino para manifestar un amor más grande y fuerte, que nada ni nadie podrá arrebatarnos. Es la fortaleza del Amor, su grandeza, lo que hace que hasta en medio de los infiernos más terribles que construimos las personas, aparezcan luces brillantes, auténticas señeras del camino para nuestra santidad personal.

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Que Edith Stein, judía, filósofa, profesora, conversa, carmelita descalza y mártir, interceda por esta Europa loca, para que vuelva su caminar hacia la locura de la Cruz y no hacia la locura de Auschwitz.