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El dedo y la arena

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

No hay en los Evangelios una sola palabra de reproche o de condena de Jesús hacia la mujer. Las escenas evangélicas que el Señor protagoniza con las mujeres son páginas deliciosas, cargadas de una exquisita finura y delicadeza hacia sus interlocutoras. Nadie como Él conoce esa filigrana rica y delicada que es el corazón femenino, hecho y querido por Dios para afrontar la gran tarea de la maternidad, de la que pende todo el género humano. Con razón, san Juan Pablo II definió a la mujer como la mejor custodia y guardiana de lo humano.

Aquella mujer, que pasaba por pecadora y adúltera a los ojos de tantos escribas y fariseos de la época, encontró en el Señor ese cobijo de misericordia, que nunca antes había encontrado ni en la Ley ni, por supuesto, en la infidelidad adulterina de tantos hombres que, durante muchos años, se habían aprovechado de ella. Hay que ponerse en la situación de aquella mujer sorprendida en adulterio para captar algo de lo que supuso para ella sentirse perdonada de aquella manera. Los escribas y fariseos la condujeron ante Jesús, entre empujones, bromas y sarcasmos, y la dejaron allí en medio, postrada en la arena y hundida por la vergüenza y la humillación. En realidad, estaban utilizando su pecado para alardear de esa autoridad postiza que todos les reconocían y esconder detrás de ella un pecado aún mayor. Y el Señor, una vez más, calla. Era el único que podía acusar con autoridad y, sin embargo, une su silencio al de aquella mujer aplastada por su pecado y por la hipocresía de los demás.

Solo el dedo del Señor habló, escribiendo en la arena. Ese dedo de Dios, que había creado los cielos y la tierra. Ese dedo con el que Dios, en la creación, modeló al ser humano que ahora se volvía contra Él y alardeaba ante su dueño de ser una pobre criatura. Y aquel dedo de Dios tocó la arena, aquella en la que yacía el pecado de la mujer, para mostrar en el perdón y la misericordia un poder divino aún mayor que el poder creador. Aquella arena que acogía a la mujer y que era tocada por la mano de Dios salió perdonada mientras que el barro orgulloso de los acusadores huyó abochornado con su propio pecado. Cuando todos terminaron de marcharse, incapaces de tirar la primera piedra contra ella, allí, postrada en silencio ante el Señor, la mujer pecadora se sintió profundamente amada y acogida, como nunca antes lo había sido. El Señor le devolvió su dignidad perdida y le regaló el perdón de su vida, sin reclamarle siquiera una palabra.

Hemos de aprender a no juzgar ni acusar a otros, sobre todo cuando nosotros mismos yacemos postrados en esa misma arena de pecado. No nos dejemos arrastrar tampoco por las críticas y juicios ajenos, y no nos creamos las adulaciones de otros que pretenden enredarnos y hacernos cómplices de su propio pecado. Cuántas veces detrás de nuestro dedo acusador, dispuesto a señalar y acusar al otro, se esconde la justificación de nuestras propias faltas y pecados. Ponte siempre del lado del perdón y la misericordia, porque la medida que tú uses con otros es la que usarán contigo.

 

La fe de los silenciosos

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Cuántas veces hemos llevado a nuestra oración los pasajes evangélicos que narran las vocaciones de los apóstoles. El Evangelio de hoy nos cita a Simón, Andrés, Santiago y Juan, y destaca de ellos la prontitud en su respuesta: al momento dejaron sus redes y lo siguieron.

Pero hay en el Evangelio muchos otros personajes que pasan desapercibidos por su aparente insignificancia. Aquel desconocido muchacho, perdido entre la multitud, que llevaba en su zurrón cinco panes y dos peces, ese poco que el Señor necesitaba en ese momento para hacer el portentoso signo de la multiplicación de los panes. Aquel hombre cargado con su cántaro de agua, que los discípulos encontraron a la entrada de Jerusalén y que les llevó hasta el dueño del Cenáculo donde había de celebrarse la Última Cena. Los niños que, jugueteando con alboroto por allí cerca, fueron puestos como modelo y ejemplo ante la mirada atónita y sorprendida de sus discípulos. Los amigos del paralítico que, por conseguir su curación, fueron capaces de subirle al tejado, hacer un boquete y descolgarlo con esfuerzo, ante la espectacular sorpresa de tantos fariseos y maestros de la Ley que escuchaban al Señor. Los cambistas y vendedores de palomas que, como todos los días, intentaban hacer su pequeño negocio con el turismo religioso del Templo. Las mujeres que acompañaron con sus lágrimas y lamentos el camino de Jesús hacia el Calvario. El hortelano a quien María Magdalena echó la culpa de que se hubieran llevado del sepulcro al Señor. Las multitudes aún más anónimas que siguieron al Señor y de las que el Evangelio no ha recogido detalle alguno.

La Iglesia, como el Evangelio, se apoya en esas entregas ocultas y escondidas, incontables, que sólo la mirada del Padre conoce. No hace falta que estén en la lista de los grandes, ni en la de la Iglesia, ni en la del mundo. No hay vocaciones grandes y vocaciones pequeñas. Cuánta contemplación callada, cuanto escondimiento hay detrás de los milagros de Jesús, de sus predicaciones, de su pasión, de su Cruz. Cuánta fecundidad apostólica tiene esa fe silenciosa que acompaña al Señor en lo pequeño y ordinario del día a día y en ese sitio que pasa desapercibido a los ojos de todos. No pensemos que la llamada del Señor va acompañada de grandes espectáculos y pompas. Más bien todo lo contrario. Por eso, no podemos desaprovechar ninguno de todos esos momentos, ocasiones, personas, etc., que entretejen nuestra vida cotidiana. En esos detalles insignificantes y en la fe silenciosa del día a día nos espera Dios.

La persecución de los buenos

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El cristianismo está lleno de bienintencionados. El primero ya lo fue Pedro que, con muy buena intención pero sin comprender los planes y la voluntad del Señor, quiso apartar a Cristo de su muerte en la Cruz. Y el Señor no se andó con contemplaciones ni paños calientes: ¡apártate de mí, Satanás!, le contestó. Y a día de hoy seguimos sin entender por qué el Señor, pudiendo hacer las cosas de otra manera, escogió la vía de la Cruz, la persecución, la incomprensión, etc. Desde criterios meramente mundanos, es comprensible y justificable la reacción de aquellos familiares de Jesús, que le tomaban por loco y hacían todo lo posible por recluirle en casa, para evitar el qué dirán, los cotilleos y murmuraciones que estaba levantando por toda la comarca. Eran bienintencionados, acoplados a los criterios mundanos de la época y a los clichés religiosos de su tiempo, que no podían entender las chaladuras del Maestro.

Piensa que cuanto más se parezca tu vida a la de Cristo más gustarás, como Él, la incomprensión y la maledicencia. La virtud siempre incomoda y, a veces, es mejor comprendida y recibida por aquellos que se dicen no creyentes que por aquellos que dicen ser de los tuyos. ¿Ha habido en la historia mayor injusticia que la que cometieron con Nuestro Señor en la Cruz los “buenos” de su época, aquellos fariseos venerados por todos como los maestros de la Ley, que fundaban en su propia virtud y en su vida ejemplar toda la seguridad espiritual de su salvación? Y, sin embargo, quizá sin que ellos fueran del todo conscientes, con la persecución de aquel Justo estaban dando cumplimiento a los misteriosos planes de Dios.

El silencio de Cristo en su pasión debe enseñarnos a callar y a amar, con el amor del silencio, a esos “enemigos” que nos persiguen con la palabra, con la murmuración, con la crítica, la maledicencia y hasta con las obras, y todo –dicen– en nombre de Dios, de la virtud, de la santidad, de la justicia con Dios, del bien espiritual de muchos o de la sana prudencia. No interpretes todo eso con los pobres criterios del mundo y de los hombres, con los que nunca podremos medir la acción misteriosa de Dios. Piensa que en esa persecución de los buenos, de los tuyos, Nuestro Señor vuelve a crucificarse, una y otra vez, para que puedas así completar en tu carne lo que falta a la pasión de Cristo. Quizá nos llamen de todo, pero más vale eso que vivir una fe anodina, insulsa, acomodada a la horma de lo políticamente correcto, y puede que quizá ya mortecina.

Estar con Él

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Solemos hablar de la vida pública del Señor fijándonos en sus numerosas predicaciones, milagros, curaciones, discusiones con los fariseos, caminatas y viajes de ciudad en ciudad, comidas y visitas en las casas. Pocas veces nos detenemos a contemplar que, para los apóstoles, la vida pública consistió, sobre todo, en estar con el Señor, convivir con el Maestro, hablar con Él en los ratos y lugares de intimidad, empaparse de sus gestos y miradas, y, sobre todo, contemplar su rostro. 

El evangelista Marcos, cuando resume la institución de los Doce, señala como prioridad de los apóstoles ese “estar con el Señor” por encima de todo lo demás: “Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios”. Muy grande e inexplicable debía ser el atractivo que suscitaba en aquellos torpes y rudos apóstoles la compañía íntima con el Señor pues, sin entender tantas cosas del Maestro, a pesar de tantos reproches y correcciones como recibieron de él, a pesar de verse envueltos en críticas e incomprensiones de parte de los fariseos, a pesar de tantas renuncias y cansancios, allí permanecieron junto a Él. Aprendieron que, para predicar y poder expulsar demonios, primeramente había que estar con el Señor. Así como sea tu trato con el Señor, tu ‘estar con Él’, la vida de la gracia en tu alma, así será tu predicación y tu poder para expulsar demonios en tu propia vida y en la de otros. 

Pídeme tres deseos

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Muchos se desaniman del cristianismo cuando ven que Dios no cumple sus peticiones, o no hace los milagros que debería hacer. Como si Dios fuera la lámpara de Aladino: pídeme tres deseos, o la máquina de refrescos: metes la moneda y sale la lata. ¿No es bueno? ¿Por qué no me cura esta enfermedad, o no me soluciona tal problema, o no me consigue eso que necesito, o no convierte a esa persona? ¿No es Dios? ¿Entonces por qué permite el mal y la injusticia en el mundo? Así piensan muchos que, con poca idea del Evangelio, piensan que, ya que Dios se hizo hombre y vino a morar entre nosotros en este valle de lágrimas, bien podía haberse dedicado no a curar un enfermo sino a curar todas las enfermedades, no a perdonar a un pecador sino a barrer del planeta todo mal y toda injusticia. ¡Qué suerte tuvieron todos aquellos que se le acercaron y pudieron ser curados por Él! A todo aquel gentío que se le acercaba en busca de milagros, el Señor enseñaba pacientemente quién era Él y cuál era su misión.

Por contraste, también los demonios se le acercan a Jesús. Pero no para conseguir milagros. No los necesitan. El Evangelio afirma que los demonios sí que le conocían, sabían quién era. Y, sin embargo, el Señor les prohibía que lo dijesen, porque eran los milagros y no el mal los que tenían que dar testimonio de Dios. Pero, impresiona ver que los demonios sí que conocían a Jesús, mientras que muchos de aquellos hombres que se le acercaban a escucharle y tocarle, no llegaron a creer en Él, a pesar de que habían recibido alguna curación milagrosa.

Tocar a Dios. Ver sus milagros. Esa es la condición que tantas veces le ponemos para creer en Él. Y terminamos mercadeando con la fe, agarrándonos a las seguridades materiales, aunque sean religiosas, solo porque nos asusta fiarnos de un Dios al que no terminamos de conocer. También los fariseos tentaron al Señor en la Cruz con la misma sutileza: si eres Dios, baja ahora mismo de ahí. Y los mismísimos demonios lo intentaron también en los días del desierto: si eres Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan. No queramos nosotros cambiar el estilo de Dios. Si la fe nos sirve solo para que nos toque la lotería, para pretender que Dios nos resuelva nuestra agenda, nuestras quinielas, nuestros agobios y ambiciones, mal andamos. Lo cual no significa que no confiemos en la providencia divina, y que no debamos encomendarle a Dios todas nuestras preocupaciones y problemas. Ni Dios es un ente lejano, abstracto y gelatinoso, ni tampoco es un empleado que está detrás del mostrador de peticiones. El Señor vino a salvarnos del pecado, no a solucionarnos los problemas, aunque no terminemos de creernos que el principal problema que tenemos es precisamente ese: el pecado. Aprendamos del Evangelio ese estilo del Señor, que nos ayuda a poner la mirada y el corazón en lo profundo de las cosas, en lo que es verdadero y definitivo, en lo que permanece, es decir, en Él. Que el Señor sea nuestro verdadero deseo.

¿Miedo al compromiso?

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Te mueves en ambientes en los que la responsabilidad y el compromiso no están de moda. Es frecuente que alguien te diga entusiasmado que puedes contar con él pero luego, a la mínima dificultad o pasado el fervorín del momento, te empieza a explicar los buenos y justos motivos por los que no puede ayudarte. Otros te dirán que, por miedo a equivocarse, no llegan a comprometerse con nada ni con nadie. O se comprometen, sí, pero sólo por un tiempo, por probar, por interés, por quedar bien, hasta que encuentran algo mejor o diferente. Y ahí los tienes dedicados a mariposear de acá para allá, siempre en busca de novedades, justificando con muy santas excusas su inconstancia, su comodidad y sus ganas de no complicarse la vida.

Asumir responsabilidades, en lo bueno y en lo malo, es síntoma de madurez humana y espiritual. Allí donde pongas el clavo, martillea y golpea sin cansarte hasta que puedas hacer de él un punto de apoyo sólido y firme. Es preferible decir no a tiempo a crear falsas expectativas en otros a los que, tarde o temprano, has de dejar colgados en el aire. Has de cuidar la coherencia de vida también en esos compromisos que has decidido asumir en tu estado matrimonial, en tu trabajo, en tu amistad, en tu grupo de apostolado, en tu parroquia, en tu sacerdocio o consagración, en tu relación con Dios.

Que tu sí sea, verdaderamente, un sí, con todas las consecuencias. Pero con esa constancia que no se cansa ante las dificultades y que está siempre dispuesta a mantener ese sí por encima de cansancios, desganas, apatías, comodidades, dificultades, críticas o persecuciones. Y te irás pareciendo en algo a ese Dios incondicional e inmutable en el amor, infatigable en su misericordia, irrevocablemente fiel en su entrega, al que has de irradiar y testimoniar también en la forma de asumir las responsabilidades concretas de tu vida.

Saber descansar

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Los primeros capítulos del Génesis cuentan con detalle cómo Dios crea al hombre en el sexto día creacional para que participe en el séptimo día, el día del descanso de Dios. Como si toda la creación, narrada a través del esquema de la semana, culminase en ese día del descanso, en el que el hombre comparte intimidad y comunión con Dios. Los judíos habían concentrado tanto el espíritu de la Ley en el cumplimiento de sus miles de preceptos que habían perdido el norte en muchas cosas, y terminaron sustituyendo el sentido del sábado por el legalismo. Con razón, el Señor les recuerda en el Evangelio aquellos inicios de la historia de la salvación, en los que “el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado”. En ese día séptimo Dios descansa en el hombre y con el hombre; y el hombre descansa también en Él y con Él. Y en esa mutua intimidad encuentra su sentido más radical y profundo toda la existencia del hombre. San Ignacio de Loyola recogía bien estos ecos del descanso de Dios, narrado por el Génesis, cuando escribía en su librito sobre los Ejercicios Espirituales el llamado “Principio y Fundamento”: “El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor, y mediante eso, salvar su alma”.

Todo esto está muy bien para los momentos de poesía y meditación, pero otra cosa distinta es el día a día, porque las ocupaciones y agobios nos comen, nos sobrepasan, y nos hacen perder el norte de todo. Las cosas que dice el Génesis están muy bien, pero el Génesis no me ayuda a llegar a fin de mes, no me cura mi enfermedad y tampoco me explica tantas cosas concretas de la vida. Y al final, la teoría va por un lado y la práctica por otro, porque en medio del atasco, del problema, del agobio, de las prisas, de la enfermedad, del fracaso, etc., lo último que se nos ocurre es lo del día séptimo, lo del descanso con Dios y todas las demás poesías que nos cuenta el Génesis. Y así nos va. Que no sabemos descansar, ni en Dios, ni en los demás. Hemos sustituido la cultura del descanso, que tiene un profundo valor personal y cristiano, por la cultura del ocio, que se define, no en referencia a Dios y a la persona, sino por contraste con la actividad laboral: el tiempo de ocio es el tiempo en que no tengo que ir al trabajo, es el tiempo libre de ocupaciones laborales. En el descanso está presente Dios; en el ocio estoy yo y las cosas que yo quiero que estén, porque ese tiempo lo getiono yo y solo yo. Y como hemos perdido el sentido del descanso, tampoco sabemos descubrir el sentido del trabajo. Y al final, volvemos a los agobios del día a día, es decir, terminamos siendo esclavos del sábado, del deber, del legalismo, del trabajo, en definitiva de nosotros mismos y de nuestro propio yo.

El arte de saber descansar nos define también en nuestra vida espiritual: díme cómo descansas y te diré cómo es tu relación con Dios. ¿Qué no tiene nada que ver…? Pues más de lo que parece. Si no sabemos descubrir a Dios como “Señor del sábado” es que no hemos entrado en su intimidad y, por eso, las cosas, los líos, las prisas y los agobios nos dominan, nos impiden descansar, vivir la vida no según el tiempo de las cosas sino según el tiempo de Dios. Aprender a descansar en Dios, en su providencia, en su acción sutil y misteriosa, es aprender a vivir la vida en otra clave, distinta al eficientismo que nos propone el mundo de hoy, o al legalismo en el que tantas veces convertimos nuestra fe cristiana. Tenemos que aprender a descubrir el sentido cristiano del tiempo, si no queremos que el tiempo nos aprisione con las garras de las prisas y el agobio. ¿Será por eso, porque no sabemos descansar, por lo que andamos todos quejándonos continuamente de que “no tenemos tiempo”, ni siquiera los domingos?

Cristianismo a palo seco

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Antiguamente, era costumbre que las bodas duraran varios días de festejos, en los que familiares y amigos de los novios comían y banqueteaban con abundancia, como señal de fiesta y de alegría. Todavía hoy, en muchos sitios, se celebra la pre-boda, la boda y la re-boda, con un gran despliegue de manjares, que hacen la boca agua a cualquiera. Esta sobreabundancia material tiene, sin embargo, un sentido más profundo: todo parece poco para expresar la alegría del amor que rebosan los novios, y todo parece aún más poco al lado de la sobreabundancia del amor que Dios derrama a través del sacramento del matrimonio. Por eso, esa sobreabundancia de amor se celebra también con ese signo externo y material –pero muy suculento– del banquete. El problema viene cuando se prepara con exceso de superficiliadad el banquete de bodas, sin que tenga sentido ni valor la ceremonia religiosa y sin que en él sepamos ver ese otro sentido más profundo. Y nos preocupa tanto el menú, el restaurante y los canapés del aperitivo que ni se nos pasa por la cabeza pensar que el banquete, en origen, tuvo también su significado religioso: se vivía como signo de ese otro banquete del Reino, que Jesús en el Evangelio asemeja tantas veces a la celebración de unas bodas eternas.

Esto no lo podían entender los judíos de la época, tan preocupados por cumplir con el precepto del ayuno en los días marcados por el calendario litúrgico propio de la Ley. Como tampoco podían entender que el Señor estaba entre ellos como el novio está entre sus amigos e invitados al banquete de bodas. Ellos eran los amigos del novio, pero, sin embargo, aquellos fariseos tozudos y miopes ni veían en Cristo a un amigo y, ni mucho menos, un novio celebrando sus bodas con cada uno de los hombres. Por eso, daban más sentido al cumplimiento del ayuno ritual que al descubrimiento de una sobreabundancia de amor, que se les hacía presente en la humanidad de Cristo y que no eran capaces de ver.

Nos cuesta entender que el Señor no viene a hacer del cristianismo un cúmulo de cumplimientos y un fardo pesado, como el que los fariseos habían echado sobre los hombros de tantos judíos. Nos cuesta descubrir que el Señor viene a entregarnos esa sobreabundancia de amor que rebosa en su corazón, como la que rebosa también en el corazón de los novios que celebran sus bodas. El Señor quiere para nosotros una relación cercana e íntima, como la que une a los novios en sus bodas. ¿Quién se imagina un matrimonio reducido a meros cumplimientos? Pues tampoco podemos imaginarnos un cristianismo vivido a palo seco, que no llegue a descubrir los tesoros que encierra ese Corazón de esposo que es Cristo. Sería una pena que pasáramos nuestros años muy dedicados a cumplir los preceptos, a participar en los sacramentos, a rezar nuestras devociones particulares, etc., y no llegáramos a saborear la intimidad que el Esposo quiere hacer gustar a sus amigos, los más íntimos. Muchos hay que, a pesar de las apariencias, viven su cristianismo como un pin que adorna su chaqueta, o una tarea más que hay que resolver los domingos de doce a una. Solo el amor, ese que el Señor derrama con sobreabundancia a través del Espíritu Santo, puede hacer nuevos los odres y el mando de nuestra vida. Pidámosle al Esposo, como amigos, que nos conceda ese regalo de bodas.

Creemos en nuestros ositos de peluche

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Tenemos tantas cosas en la cabeza, tantas preocupaciones diarias, tantos líos y agobios que hay que resolver, que pocas veces nos detenemos a pensar en eso de la resurrección. No es una de nuestras distracciones más frecuentes, ni uno de nuestros problemas más urgentes, porque no nos ayuda a llegar a fin de mes; tampoco suele ser una de las cosas que llevamos apuntadas en la agenda, o en la lista de la compra, o en las alarmas del móvil. Si acaso, nos lo planteamos de refilón cuando nos toca ir a un funeral, porque el cura suele hablar de la resurrección en la homilía; y si quien se ha muerto es alguien muy cercano, entonces sí que nos podemos plantear el tema con más seriedad, pero con el tiempo volvemos a las andadas, porque con sobrevivir en el día a día y “resucitar” durante el fin de semana ya vamos más que sobrados. Y, sin embargo, la resurrección es el centro de nuestra fe. Así que, si no pensamos habitualmente en ella, o tenemos poca fe, o nuestra fe está des-centrada.

Los saduceos no creían en la resurrección de los muertos. Por eso, se imaginaron que con plantearle al Maestro el tema en el nivel de la casuística iban a ganar la diatriba del día. Y el planteamiento del caso llega a ser tan absurdo y ridículo que, a decir verdad, no mostraban mucho interés por aclararse sobre el tema, sino que lo que buscaban, más bien, era vencer en el ring al contrincante con una dialéctica y argumentación mucho mejor que la suya. El Señor, en cambio, se la devuelve con creces, porque les cita nada menos que a Moisés, como queriéndoles decir que esa fe judía, de la que ellos alardean, es, nada menos, que fe en un Dios de vivos. Vamos, que se consideraban judíos, pero un poco a la carta, porque en eso de la resurrección ¡ni se molestaban! Y, al final, muchos de nosotros terminamos haciendo como ellos: creemos en esta vida, porque sentimos su peso día a día; creemos en la muerte, porque la vemos a nuestro alrededor y porque, tarde o temprano, la experimentamos en nuestras carnes. Pero, creer en la resurrección, es ya otro cantar. Y mira que la profesamos de boquilla en el credo de los domingos, pero ni por esas.

Alimentar nuestra fe en la resurrección es vivir la vida y la muerte de otra manera: desde la esperanza en la gloria futura. Nos aferramos al presente, aun sabiendo que pasa fugaz, antes de poder atraparlo, y no nos aferramos a ese futuro de gloria, del que tenemos la certeza infalible en la carne resucitada de Cristo. Nuestra resurrección es la mayor prueba de amor que hemos recibido de Dios y, sin embargo, preferimos creer en nuestros ositos de peluche, en ese día a día de nuestra existencia, que pasa fugaz y veloz, como espuma en los dedos. Y los hay que optan por eso, por los ositos de peluche, por los juguetes de esta vida, antes de que la muerte nos los arrebate, solo por eso: porque la muerte nos privará para siempre de ellos. ¿Cómo es posible vivir esta vida sin tener la certeza de que, más allá del umbral fino de esta existencia, hay otra vida eterna que no pasa? ¿Es posible vivir bien esta vida sin plantearse alguna vez, en serio, más en serio que los saduceos del Evangelio, nuestra posible resurrección? San Pablo lo dijo muy clarito: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”, es decir, que estamos haciendo el canelo… Ojalá el Señor nos conceda lo que tantas veces le pedimos, por intercesión de la Virgen, cada vez que rezamos la Salve: “…y después de este destierro, muéstranos a Jesús”.

Como pintores de brocha gorda

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

 

No solemos dar importancia a las cosas pequeñas precisamente por eso: porque son pequeñas. Si, además, nadie las ve, menos importantes parecen. Y si, además, no me van a dar ganancia alguna, pero aún: las pasamos por alto olímpicamente. Porque hay que centrarse en lo importante, en las cosas gordas y aparentes, en lo que todo el mundo ve, precisamente por eso: porque son cosas grandes y todo el mundo las ve. Y si, además, me dan alguna ganancia, sobre todo económica, ¡pues con mayor motivo! Y así vamos por la vida: como pintores de brocha gorda, queriendo pintar mucho a base de aparentar y figurar, aun sabiendo que muchos de nuestros cuadros no deberían pintarse con rodillo, sino con pincel fino. Pero, al final, el dinero es el dinero. Muchos grandes personajes de empresas multimillonarias empezando siendo mozos de carga y aprendieron a dirigir sus futuras empresas atendiendo a la gente detrás de un mostrador. Y muchas grandes empresas fracasan en el intento solo porque, en su momento, no dieron importancia a los detalles pequeños, en los que se suelen jugar las grandes cosas.

El Evangelio está cuajado de cosas pequeñas, de detalles insignificantes, pero decisivos, para que la Encarnación del Verbo pudiese realizarse. La vida cristiana está tejida también de eso: de innumerables ocasiones pequeñas y circunstancias anodinas, de muchos ‘pocos’ en los que está en juego nada menos que nuestra vida de virtud y nuestra santidad. Y no digamos en la vida cotidiana, en el trabajo, en la amistad, en el apostolado, etc.: muchos, innumerables ‘pocos’, que a menudo pasamos por alto, porque no les damos la importancia debida. La rutina, la tibieza, la mediocridad, entran por la puerta de esos muchos ‘pocos’ a los que no damos importancia y, al final, terminan convirtiéndose en una enfermedad crónica.

El que no aprecia lo pequeño, el que está acostumbrado a la brocha gorda, a lo extraordinario y aparente, a lo que todos valoran y ven, no es capaz de llegar a apreciar la belleza de esa filigrana delicada y sutil que es el Evangelio. Porque, “el que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto”. Menos mal que Dios ve y conoce lo escondido, eso que otros no ven o desprecian, eso que pasa desapercibido al corazón ambicioso y altanero, eso que hay debajo de nuestros rodillos y pinturas, eso que casi nadie aprecia porque no da dinero, fama, imagen y carrera. Tampoco se trata de ser mojigatos, ni de ir de lelos por la vida; pero sí de saber descubrir la grandeza que se oculta en las cosas pequeñas y en los detalles escondidos, aunque pocos las reconozcan, y la pequeñez que encierran las cosas aparentes y aparatosas, aunque todos las aplaudan. Dura frase, pero muy real, la que dirige el Señor a los fariseos de su época: “Vosotros os las dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones, pues lo que es sublime entre los hombres es abominable ante Dios”. También hoy nos la sigue diciendo a nosotros, a cada uno, para que examinemos si en nuestro interior hay también espacio para la hipocresía y la mentira. Saber que Dios conoce el interior del corazón, mucho mejor que nosotros mismos, es una fuente de paz y de serenidad ante la vida y ante los hombres. Y para pintar ahí, en el interior del corazón, no caben brochas gordas ni rodillos, sino más bien el pincel fino de la sencillez, ese con el que Dios pintó la obra maestra del Evangelio.

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