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“QUE LAS MUJERES SE SOMETAN A SUS MARIDOS”

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san Pablo a los Efesios 5, 21-33; Sal 127, 1-2. 3. 4-5 ; san Lucas 13, 18-2

Este texto de San Pablo ha traído a veces a ciertos “escandalizantes” (del denominado feminismo de corte barato; porque hay un feminismo de alto vuelo, de respeto a la mujer, de tratarla como lo que es, como persona, es decir con cuerpo y alma, no solo con cuerpo), que cuando leen que “las mujeres, que estén sometidas a sus maridos”, que leemos al principio de la carta de San Pablo en la Misa de hoy, se rasgan las vestiduras, para pasar a continuación a echar todo tipo de improperios sobre las Escrituras y la Iglesia que tiene, dicen, sojuzgada a la mujer y sometida al varón.
Bastaría para que las aguas volvieran a su cauce con no alejarse mucho del propio texto y no mutilar -las herejías históricamente tienen un porcentaje alto de mutilación “versicular”-el texto del propio San Pablo y de la misma carta.
Aunque la frase conocida y popularmente recitada por el vulgo es esa, “las mujeres que se sometan a sus maridos”, conviene leerla al menos hasta el primer punto y coma. Entonces lo que nos dice San Pablo es esto: “Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor”.
La exigencia no es tanto, o sólo, para la mujer, sino más, y sobre todo, para el marido que tiene que ser imitador de Cristo: sometidas “como al Señor”. ¿Son los maridos realmente imitadores de Cristo?, ¿es lo que más preocupa al esposo el bien, la salud espiritual y física de su mujer?, ¿es en el marido su única y principal preocupación la esposa, los hijos, la familia?, ¿quiere siempre, y en todo, el marido vivir con su mujer santamente el matrimonio, es decir, sin acciones inmorales, ni abusos de ningún tipo, que desmerecerían del imitador de Cristo?
Pienso que si un marido no fuera tal, poco debería sometérsele la mujer a un esposo que buscara el mal -físico (malos tratos) o espiritual (perdición del alma)- de la mujer.
Como siempre, cuando se sacan las cosas de quicio, y en lugar de buscar las interpretaciones que debemos pre-suponer son las que están en la mente divina, los textos se tergiversan y su inteligibilidad se hace imposible.
Los santos no han actuado así: es Dios quien ha escrito esto; es Dios quien ha hecho al varón y a la hembra; es Dios el que nos ha dado los diez mandamientos que no son otra cosa que el buscar el amor a Dios y al prójimo (ahora diríamos buscar “el amor al cónyuge”). Si eso es así -seguiría razonando el hombre de buena fe- ¿cómo puede este o aquel texto querer decir todo lo contrario de lo que sabemos que Dios quiere y busca de nuestros corazones y de nuestras mentes, del hombre o de la mujer?
Normalmente, lo que sucede es que si uno se quiere separar de la Iglesia, de las enseñanzas de Cristo, de sus mandamientos o consejos, es muy fácil en un libro -la Biblia-, que tiene cientos y cientos de páginas, encontrar textos para ser sacados de su contexto y del espíritu que les informa -el espíritu de amor de Dios a los hombres y el deseo sobre todas las cosas que tiene Dios de que nos amemos los unos a los otros–… Todo, menos pensar que pudiera ser yo el equivocado.
Siguiendo en este mismo espíritu del que hablamos, Dios no puede querer que demos un trato inferior a la mujer en nuestra fe cuando dice que: “amar a su mujer es amarse a si mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”.
Y termina San Pablo, a modo de colofón, en el último versículo: “En una palabra, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido”.

ENCORVADOS Y SIN PODER ENDEREZARNOS

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san Pablo a los Efesios 4, 32-5, 8; Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6 ; san Lucas 13, 10-17

“Habla una mujer que desde hacia dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar”. Era casi preciso empezar trayendo las palabras que el Evangelio de la Misa de hoy nos pone para nuestra consideración porque esa enfermedad, podría ser la enfermedad que la primera lectura también del día de hoy nos coloca delante de nuestros ojos: “la inmoralidad, la indecencia o afán de dinero”. Así llama San Pablo a los males de -¡qué casualidad!- aquellos tiempos; males que son los que, como a ésta mujer del Evangelio nos hace permanecer enfermos “a causa de un espíritu” que nos hace andar “encorvada, sin poderse enderezar”.
Estoy seguro que todos cuando leemos a San Pablo percibimos que sus textos podrían haber estado escritos esta mañana; o ser de un discurso del mes pasado del Papa o del Obispo de nuestra diócesis en una carta pastoral para el domingo de ésta semana: “meteos bien esto en la cabeza: -escribía San Pablo con una pluma que tiene veintiún siglos-: nadie que se da a la inmoralidad, a la indecencia o al afán de dinero, que es una idolatría, tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios”.
Podría parecer que San Pablo estuviera viendo por un agujerito nuestra actual sociedad. El hombre ha avanzado, como dice el famoso chotis “una barbaridad” en tecnologías, en ciencias médicas y prácticas. Pero el corazón del hombre es el mismo: ama a Dios o se hace idólatra. Ama la generosidad o ama el afán de dinero. Ama la pureza o ama la indecencia y la inmoralidad. Ésta consideración nos sirve para revalorizar todas las enseñanzas de la Escritura, de volver a hacer ciertas y aplicables al corazón del hombre sus máximas y sus consejos.
Aunque en cualquier caso, la autenticidad y el valor de la Escritura -no debemos olvidarlo- le viene por el hecho de su Autor que es, casualmente, el mismo que nos ha creado y que por tanto conoce el corazón del hombre, si se me permite la expresión, mejor que nadie; entre otras cosas, como digo, porque también ese corazón del hombre lo ha hecho El. Por lo tanto “de inmoralidad, indecencia o afán de dinero, ni hablar; es impropio de santos” -seguimos con el texto de San Pablo de hoy, quien más adelante añade-: “que nadie os engañe con argumentos especiosos; estas cosas son las que atraen el castigo de Dios sobre los rebeldes”.
El propósito es claro para hoy y no puede ser más preciosamente dicho que como nos lo escribe San Pablo: “Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor”.También puede ser ésta otra observación interesante. Fijaros cómo El Espíritu Santo -no digo ya San Pablo- es claro y duro con los que desoyen la voz del Señor, con los que viven de espaldas a sus mandatos -“; estas cosas son las que atraen el castigo de Dios sobre los rebeldes”-; pero, no sería justo hablar de Dios como quien busca el castigo o la perdición del hombre. Es todo lo contrario, Dios quiere que cada uno de nosotros seamos “como hijos queridos”; lo que más desea -también lo acabamos de leer– es que nosotros nos esforcemos por vivir “en el amor como Cristo os amó” ; y que cuando haya que sacrificarse o padecer por ser cristiano o comportarse con coherencia con nuestra fe -es decir, luchando contra la inmoralidad, la indecencia o el afán de dinero-entonces imitemos a Jesucristo que “se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor”.
Nos viene dado el propósito para el día de hoy leyendo el último versículo de la lectura de la carta a los Efesios que hoy nos hemos detenido a considerar: “caminad como hijos de la luz”

¿ES DIOS QUIÉN NO NOS ESCUCHA?

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Eclesiástico 35, 12-14. 16-18; Sal 33, 2-3. 17-18. 19 y 23; san Pablo a Timoteo 4, 6-8. 16-18; san Lucas 18, 9-14

“Los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia”. Con estas palabras tan esperanzadoras comienza la primera lectura de la misa de éste domingo, treinta del tiempo ordinario.
Esperanzadoras pero, a la vez, parece como si no fueran ciertas, porque podríamos decir que “no cambian las cosas” del necesitado a pesar de que éste le invoca. Y necesitados somos todos.
Quizá sea necesario decir algo antes de continuar. Es evidente que la Sagrada Escritura cuando se refiere a “los pobres” como hace hoy también en estos versículos, no lo hace referido exclusivamente al que no tiene recursos económicos, sino a todo aquel que está necesitado. Y en ese sentido los somos todos, porque todos tenemos necesidad de Dios, de recurrir a Él, de implorar su gracia o su perdón: todos somos pobres delante de este Dios todopoderoso.
¿Es verdad que Dios escucha al pobre, al necesitado? A primera vista podría parecernos que no. Aunque convendría preguntarse o, por mejor decir, deberíamos permitir a Dios que El nos preguntara si de verdad nosotros acudimos a El.

Nos dice el Salmo de la Misa de hoy: “su alabanza está siempre en mi boca”. ¿Es verdad esto? ¿Mi alabanza a Dios está siempre en mi boca, en mis obras? A veces “nos metemos con Dios” nos quejamos de El porque -decimos- no nos escucha, pero ¿no tenéis la sensación de que se hace cierto en nuestra vida el refrán de que nos acordamos de Santa Bárbara sólo cuando truena? “Dios no nos escucha”, pero si nosotros tratáramos a otras personas de la tierra con la misma falta de cariño, con la infrecuencia en el trato, con la poca conversación, con la poca deferencia y el poco caso con que habitualmente le tratamos a El, muy probablemente no pensaríamos que es “tan injusto”.

¿Cuántos rosarios, por ejemplo, he rezado pidiéndole a Dios por esa intención que me acucia? ¿He asistido con más frecuencia a la Misa, incluso entre semana, acercándome a la Eucaristía para tener un diálogo más íntimo con el Señor porque no sé qué camino tomar ante esa disyuntiva? ¿he sacado un rato, incluso todos los días, de oración, de charla con Dios, por la tarde, al volver del trabajo, por ejemplo, contándole al Señor este problema mío familiar, con mi mujer, con este hijo, el problema que tengo en el trabajo?.

Podríamos concretando algunas preguntas que sólo quisieran hacernos ver que quizá nos quejamos de que Dios no nos escucha cuando, lo que más bien sucede, en nuestra vida hay una falta de trato con nuestro Padre Dios. Trato que debiera ser constante: acudir a El no solo de de vez en cuando -“cuando truena”– sino –“ora comáis ora bebáis”-; desea que sea tan constante, habitual, entrañable confiado, que el mismo Dios lo ha querido asemejar al trato que tiene un buen hijo con su buen Padre; tan claro es esto que nos ha llegado a decir que cuando nos dirijamos a Él empecemos diciéndole: “Padre nuestro” y si actuamos así, se cumplirán al pie de la letra las otras palabras que el Salmo responsorial de la Misa de hoy nos trae a nuestra consideración: “Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él”.

CADA COSA EN SU SITIO

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san Pablo a los Efesios 4, 7-16; Sal 121, 1-2. 3-4a. 4b-5; an Lucas 13, 1-9

“A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo”. La acción del Espíritu Santo en nosotros, siendo invisible a los ojos, es la única garantía de nuestra perseverancia. Cuando san Pablo repite, por activa y por pasiva, lo que significa la gracia de Dios, nos está recordando que ese actuar divino es constante, nunca desfallece, y que está enraizado en los méritos de Cristo.

Trasladar todo esto a nuestra vida ordinaria supone, para muchos, un verdadero equilibrio de fuerzas y de “entendederas”. Nos cuesta mucho medir las ganas para hacer cosas que vemos no tienen un resultado inmediato. También nos resulta un problema entender por qué determinados acontecimientos suceden sin que sepamos su finalidad. Así, por ejemplo, a un adolescente que tiene que estudiar cosas sin ver un resultado “instantáneo”, le parece absurdo dedicar horas a unas asignaturas que no le dicen nada. Otros, se escandalizan ante la perspectiva de millones de seres humanos, “abandonados de Dios”, y que sufren torturas, mueren hambrientos… o se les impide nacer.

Hemos olvidado que nuestra propia condición humana está sujeta a algo tan “elemental” como es el espacio y el tiempo. Nos movemos en determinados lugares, podemos viajar a otros, incluso sufrir el vértigo de la velocidad, o agradecer las pocas horas en las que podemos pasar de un continente a otro; pero la limitación de nuestro espacio (siempre “ocupamos” un lugar), hace necesario el uso de instrumentos (un coche, un avión, un barco…) que puedan salvar algunos obstáculos (el mar, el aire, la tierra…). Por otro lado, hoy por hoy, cada día se rige por una medida de tiempo: 24 horas (ni una más, ni una menos), y aunque desearíamos en ocasiones alargar una jornada, “da la casualidad” de que las horas y los minutos no son un chicle que actúe a nuestra merced. ¿Es todo esto un absurdo?, ¿hemos de escandalizarnos por tener semejantes limitaciones?, ¿deberíamos pedir cuentas a alguien por atropellar nuestros deseos de infinitud, eternidad, etc., no materializados en este mundo?… ¡Por supuesto que no! Recuerda que “lo malo del mundo” nunca proviene de Dios, sino de la limitación del orden creado (que en sí mismo no es malo, sino lo propio que le corresponde), y del corazón del hombre (unas veces por ignorancia, y otras porque su voluntad busca un “bien” que no le corresponde, es decir, que no está ordenado a Dios, sino así mismo).

Cada cosa debe estar ubicada en el sitio que le corresponde. Y lo primero que nos pide Dios, con lo que somos y con lo que tenemos, es que aprendamos a aceptarnos y, en segundo lugar, a aceptar a los demás. Dios nunca destruirá nuestra condición natural, sino que la elevará a otro orden superior, preparándola hasta el día definitivo: “hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud”… Y ese día llegará cuando dejemos, precisamente, este mundo lleno de limitaciones y condicionamientos. ¿Mientras tanto?… Dios nos llama a ser sembradores de paz y de alegría, “realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo”.

¿Quieres saber en qué tenemos ventaja?: En que Dios no sólo nos da una oportunidad, sino que podemos levantarnos, una y otra vez, de nuestros egoísmos, nuestras vanidades, nuestras torpezas… “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto”. Este es el “meollo” de la misericordia divina, del misterio de su gracia que somos incapaces de reconocer todos los días, y que tan generosamente nos pone Dios en la mano.

¿CÓMO PUEDO AYUDAR?

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Efesios 4,1-6; Sal 23, 1-2. 3-4ab. 5-6 ; san Lucas 12, 54-59

“Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz”. Ante el ambiente tan “desafortunadamente” contrario en el que vivimos, habría que preguntarse cómo andamos de unidos los cristianos. La unidad, siendo un concepto fácil de definir, resulta muy complicado a la hora de ponerlo en práctica. Una de las fórmulas empleadas dentro de la Iglesia para hablar de los distintos caracteres y culturas de sus miembros, y que, a la vez, hace referencia a estar unidos en una misma fe, es la de “unidad en la diversidad”. Si uno está atento un poco a los acontecimientos de la era cristiana, descubrirá que en los momentos más dramáticos de persecución es cuando más se ha manifestado dicha unidad. ¿Vivimos ahora uno de esos momentos? Tengo la impresión de que no. Cuando una persecución está alimentada con aburguesamiento, bienestar, facilidad para tener, ociosidad, etc., es mucho más fácil manipular al que se persigue. Habría que decir que nos encontramos con un caldo de cultivo, denominado tibieza, que favorece la inmersión en el gran “océano” de la indiferencia.

Acostumbrarse, por ejemplo, a la autosuficiencia de los poderosos y al egoísmo y a la superficialidad de los que denominamos “los grandes de este mundo”, nos lleva a despreciar la humildad. La vanidad y el interés personal es contrario a la amabilidad y a la comprensión, ya que se buscará la forma en que podamos “sacar partido” a los demás en beneficio propio. Las disputas, y el afirmar el juicio personal, nos llevan a no ejercer la paciencia, y reducir la paz a una especie de demagogia, donde lo único que importa es la “solidaridad universal”… pero en clave “light”.

Cenaba ayer con un amigo al que me vinculan muchos años de amistad. Insistía en que le diera mi parecer sobre la situación moral en nuestra querida España. La prensa, la radio, la televisión, muchos políticos… parecen haber emprendido una carrera de desprestigio contra la Iglesia, y mi amigo buscaba una respuesta a tanta inquina partidista y aparentemente teledirigida. “¿Cómo puedo ayudar, sobre todo viendo que entre los propios cristianos no existe verdadera conciencia de unidad?”, se preguntaba. Ante este tipo de cuestiones, uno (siendo sacerdote) puede sugerir dos cosas. Primero, animar al interlocutor a que rece y que ponga las cosas en manos de Dios (cuestión que, por otra parte, hay que hacer siempre). La otra sugerencia es que participe activamente (escribiendo artículos en la prensa, uniéndose a algún grupo que prepare y anime movilizaciones de católicos disconformes…). Sin embargo, y sin huir de ambas posibilidades, mi empeño se centró, más bien, en hablarle de la virtud de la Esperanza. Y como ya andaba preparando este comentario, le cité las palabras de san Pablo: “Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo”. ¿Cómo puede un padre olvidarse de aquellos a quienes ama?, ¿cómo puede un padre despreciar a los que conoce tan íntimamente?, ¿cómo puede un padre permanecer indiferente ante aquello que le pertenece tan propiamente, y que ha salido de sus manos?… Y le dije a mi amigo que la unidad de los cristianos empieza por saber que tenemos un mismo Padre (al paciente lector le diré, confidencialmente, que este argumento tampoco resultó convincente al que tan atentamente me escuchaba; más bien, “le sonaba” al primer tipo de sugerencias).

“¿Cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer?”. “Saber esperar” no es una actitud quietista ni pacifista, sino el cimiento de la esperanza, y el vínculo hacia una misma fe, que se traduce en humildad, comprensión y paciencia. La Virgen María supo esperar… y esperó hasta el fin. Por eso supo juzgar el tiempo en el que vivía, e hizo lo que debía. Me imagino a la Virgen en el Cenáculo, en medio de esos apóstoles miedosos y escurridizos, recordando lo que dijo en Caná: “Haced lo que Él os diga”. ¿Has hecho caso a Nuestra Madre para que todos, verdaderamente, seamos uno en Jesús?

EL SABER QUE NO OCUPA LUGAR

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Efesios 3, 14-21; Sal 32, 1-2. 4-5. 11-12. 18-19 ; san Lucas 12, 49-53

“Lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano”. Decía Aristóteles, hablando sobre el alma, que el hombre, de alguna manera, “es todas las cosas”. El conocido filósofo griego hacía referencia a ese ansia y capacidad del ser humano por conocer y saberlo todo. Han transcurrido más de veinticinco siglos desde esa afirmación, y aún quedan “infinitas” cuestiones por resolver. Quizás nos encontramos en un mundo de mayores especializaciones y tecnicismos. Las nuevas tecnologías y la conocida “globalización mundial” parecen haber estrechado aún más los lazos entre culturas y personas… pero todo tiene su paradoja y contrapartida. Se habla de distintos tipos de “brechas”, producto de estas nuevas formas de comunicación, y que perjudican al ser humano, ya que se abren otras distancias que le alejan de aquello que propiamente le pertenece: su interioridad.

Todos, de una manera u otra, utilizamos esas nuevas fórmulas. Así, Internet nos sirve para llegar a distintos puntos del planeta y, entre otros mensajes, está la posibilidad de brindar estos comentarios a través de la “red de redes”. Cuando se trata de aplicar la ética a estas tecnologías, se nos dice que todo depende de la manera en que se usen, y es cierto. Pero el uso que se les dé a los medios ha de estar siempre supeditado al fin último, que es la propia persona.

Todo esto viene a colación de las palabras que san Pablo dirige a los efesios. El “amor a la sabiduría”, es decir, la definición tradicional que se aplica a la filosofía, siempre será un medio para llegar a algo más alto: el amor cristiano. Al hablar de la filosofía, no tratamos de referirnos a una técnica, una tecnología o una teoría económica, hablamos de ella como el saber humano más importante. Sin embargo, toda esta sabiduría, por muy importante que sea, no es nada si lo comparamos con “la plenitud total de Dios”, más bien es una sombra “enana”, que sólo por Revelación divina alcanza un sentido mucho más profundo.

Trascender toda filosofía es no poner los ojos y el corazón sólo en la razón y el entendimiento humanos. Estos son importantes para llegar a conocer, incluso Dios siempre ha utilizado semejantes dones para llegar a saber algo más de Él. Lo que nos quiere decir el Apóstol es que el entendimiento y la voluntad han de estar al servicio de un bien superior, que es Dios mismo, y no considerarse fines en cuanto tales. Dios “puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos”, y ésa es la seguridad que tenemos: cualquier descubrimiento, cualquier avance en la ciencia, cualquier asombro arquitectónico, que ha salido de las manos del hombre, son “nada” comparado con lo que Dios es capaz de alcanzarnos con su amor.

“He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”. He aquí la sabiduría de Cristo. Un amor que le quema y que necesita darse sin medida, y que no espera un reconocimiento o una valoración del mundo. Ese amor procede de la Eternidad, y no puede quedarse en un “sí quiero, pero no puedo”. La antorcha del amor de Dios sigue prendida, y esperando a que tú y yo la recojamos e “incendiemos”, con nuestra entrega y nuestra generosidad, todos los rincones del mundo… empezando por lo más inmediato que te rodea (la familia, el trabajo, los amigos…).
La Virgen dio un “sí” tan alto y profundo, que aún tiemblan los cimientos de los tibios y de los conformistas. Un cristiano, cuando ha sido “herido” por el amor de Cristo, sólo dice que no a aquello que le aparta del fin de todas las cosas… Y Dios, aunque le pese a alguno, cumple siempre sus promesas.

LAS TEORÍAS DE LOS AMIGOS

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Efesios 3, 2-12; Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6 ; san Lucas 12, 39-48

Un buen amigo mío me contaba el otro día una teoría que había encontrado no sé dónde. Los amigos a veces te cuentan teorías sin decirte de dónde vienen, para ver si cuelan, pero yo creo que en el fondo son suyas, y que van un poco de tanteo, por si acaso no cuadran mucho envainar y aquí no ha pasado nada, hasta la próxima teoría. Ya se sabe que los experimentos en casa y con gaseosa. Me decía este amigo, llenándose de razones, que se podría muy bien argumentar que el hombre se mueve en cuatro “mundos”: la época de la inconsciencia, del juego, que es el tiempo de la niñez; la época de la arrogancia, del exceso, que es el tiempo de la adolescencia y primera juventud; luego vendría la época del asentamiento, de la estabilidad, que es el tiempo de la madurez; y finalmente estaba la época del “que me quede como estoy”, el tiempo de la vejez. Y abundaba en su descubrimiento porque se dio cuenta de que hasta el momento no le había puesto muchas pegas: cuando uno es niño salta y corre y tan contento, cuando uno es joven se pasa tres pueblos y se queda tan ancho, cuando uno empieza a ser maduro se acuerda de lo que le decían sus padres y dice: pues era verdad, y cuando uno ya ha traspasado cierto límite, pues eso, bastante es con que no te duelan tres cosas a la vez, porque dos, al menos, seguro que te duelen.
No le dije mucho, aunque me pareció bastante sensato lo que me había dicho, lo que pasa es que salió a relucir otro tema y pasamos a él con toda paz. Y mira, por dónde, su teoría me sirve ahora para darme cuenta de que lo que sí nos ocurre a todos es que, en cualquier caso, reconocemos más bien poco el valor de lo que tenemos, y reconocemos mucho peor aún que eso que tenemos es don de Dios. Es verdad que a veces tomamos la vida como juego, somos un poco críos, otras veces tomamos la vida como una especie de montaña rusa a la que hay que subirse y vibrar en ella de forma vertiginosa; en otras ocasiones quizá no nos queda más remedio que acoplarse a lo que uno tiene y ser realista, ya está; posiblemente las más de las veces nos conformamos con la queja por todas las cosas que nos vienen encima sin que nosotros las busquemos. Total que no terminamos de encajar que la vida no es exactamente nuestra sino de Dios. Algo tan sencillo y a la vez tan complicado de admitir.
En el evangelio de hoy, para terminar de “rematar la jugada” Dios se presenta a Sí mismo como un ladrón. Un maravilloso ladrón. ¿Y eso? Un ladrón de amor, un ladrón exigente que quiere “saquear” nuestra casa y tomar todo lo nuestro porque… todo lo nuestro es suyo. Lo que ocurre es que puede uno vivir con la ilusión de sus tesoros, de todo eso que sin darse cuenta (o dándose perfecta cuenta) llena de alegría su vida, sin notar que no somos propietarios, de nada, sino administradores de todo. Todo lo ha puesto Dios en nuestras manos, pero está legitimado para pedirnos cuentas de ello. Es curioso, es un ladrón camuflado, porque resulta que el ladrón es el dueño que lo que hace es vigilar concienzudamente sus propiedades. Me estoy acordando en estos precisos momentos de esa oración que nos enseñaron de pequeños y que yo recomiendo a los padres para que se la enseñen cuanto antes a sus hijos: “Jesusito de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón, tuyo es, mío no”. Y he pensado también que, a veces lo quiero tanto (Tú lo sabes, Señor, que no te miento), que te he robado el corazón, y ya no sé quién es más ladrón, si Tú o yo. Bueno, da igual. Vamos a pedirle a Nuestra Madre, la Virgen que le demos tanto al Señor que nos llenemos de sus tesoros, Ella sabrá ser el primer y más gran tesoro de nuestra alma.

LO QUE NUNCA CAMBIA

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Efesios 2, 12-22; Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 ; san Lucas 12, 35-38

“Él es nuestra paz”. Sí, estoy de acuerdo contigo, son muchas las cosas que te agobian. Dices que has puesto todo por tu parte para que en casa fueran las cosas con la mayor concordia posible. Tus convicciones de siempre se tambalean. El ambiente te recrimina todo aquello en lo que crees. Han pasado los años, y no ves correspondencia a tanta generosidad y entrega como ha habido en ti. Con la voz entrecortada, casi ahogando las lágrimas, suspiras: “He perdido la paz”.

“Unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu”. Las circunstancias han podido cambiar. Algunos seres queridos han podido desaparecer. Tus proyectos de ahora pueden parecerse muy poco a lo que años atrás imaginabas. Las canas aparecen inexorablemente en tu pelo y en tus gestos… ¿Has pensado alguna vez en aquello que, dependiendo de ti, y que ningún agente externo podía obligarte, no debía de cambiar?

“Vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu”. Las quejas que nos van empañando el carácter y el ánimo se convierten en un verdadero obstáculo para la gracia de Dios. No te digo que no tengas razón, sino que hay otra razón, mucho más seria que la tuya, y que dejamos en la percha de nuestros olvidos. Lo que decía el filósofo: “Nada permanece, todo cambia”, es la gran falacia que hemos trasladado a nuestro vivir cotidiano.

“Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas”. El mandato que nos da Jesús no es para momentos extraordinarios, se trata de un aptitud que hemos de tener siempre. Los estados de ánimo, y todas las circunstancias que pudieran servirnos de excusa, no pueden ser obstáculo para semejante determinación. No se trata, por otra parte, de un ejercicio voluntarista sin más, tampoco es un consejo de un buen amigo, ni una amenaza que nos obligue a actuar con temor. Cuando Cristo nos habla con semejante lenguaje, se está poniendo en el lugar de cada uno, para recordarnos cuál es la única forma de actuar con coherencia, y sin que nunca nos reprochemos nada…. y mucho menos a Dios.

“Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos”. Despiertos o dormidos, sanos o enfermos, con ganas o sin ellas, en todo momento hemos de encontrarnos en vela, es decir, en la presencia de Dios. ¿No pasas tanto tiempo en tus “cosas”, perdiendo las horas y los días en tantas “urgencias” y en tanto activismo “imprescindible”? ¿Es que Dios no tiene nada que ver contigo y con lo tuyo? ¿No será que lleguemos a la conclusión de que, si nuestros actos, palabras y pensamientos, tuvieran que pasar por el querer de Dios, descubriríamos nuestra falta de lealtad y fidelidad a Aquel a quien debemos la vida y lo que somos?

Ser hijos de Dios no es ni un apellido, ni una losa que nos impida ser más humanos (“normales”, dicen algunos). Todo lo contrario, si Jesús nos urge para estar siempre en vela es porque Él es también hombre, y su humanidad está puesta siempre al servicio de la voluntad del Padre. Por eso nos dice san Pablo: “Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo”. No es un añadido, es lo que da fundamento y consolida nuestra vida en todos y cada uno de los recovecos de nuestra existencia. Y cuando la Virgen estuvo junto a los apóstoles en oración, después de ascender Jesús a los Cielos, les recordaba con su presencia la necesidad de perseverar en el amor a su Hijo, no como algo memorable, sino como una necesidad vital, y en la que debían perseverar hasta la muerte… para llegar a la vida definitiva.

LOS QUE SE QUEDAN ATRÁS

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Timoteo 4, 9-17a; Sal 144, 10-11. 12-13ab. 17-18 ; san Lucas 10, 1-9

“Dimas me ha dejado, enamorado de este mundo presente (…). Alejandro, el metalúrgico, se ha portado muy mal conmigo (…). Que Dios los perdone”. Al pensar en un santo de la categoría de Pablo, podemos caer en la tentación de imaginar que arrastraba tras de sí todo lo que tocaba o predicaba. Al hilo de la lectura de hoy, parece ser que no todo fue “miel sobre hojuelas”. Lo que se nos pega como una lapa son las cosas de este mundo. Ese deslumbramiento que supone oír la verdad del Evangelio en un primer momento, ha de ser tamizado por el tiempo… y por todo lo que hemos de dejar, y que supone un lastre para empaparnos de Cristo.

Fueron muchas las conversiones en la primera época del cristianismo, pero también es cierto, si leemos con atención el Nuevo Testamento, que muchos fracasaron o traicionaron la llamada de Dios. Un tesoro tan extraordinario como es una vocación divina (un matrimonio cristiano, un sacerdocio, una llamada a la virginidad o al celibato, etc.), nunca supone la erradicación de esas tendencias propias de la naturaleza… y del pecado. Hemos de repetir que lo sobrenatural nunca hace desaparecer la naturaleza, “simplemente” la eleva. El entrecomillado lo ponemos conscientemente, porque, si por parte de Dios supone pura gratuidad, para el ser humano siempre hay una carga de desprendimiento y sacrificio. Nuestra tarea, la tuya y la mía, consiste en discernir constantemente todo aquello que es Dios, o todo lo que nos aparta de Él. ¿Ves ahora la importancia de la oración, de la confesión, de la Eucaristía…?

San Pablo era consciente de tanta debilidad humana porque también él nos habla de la suya propia, y de las continuas luchas que tuvo que sobrellevar (ajenas y personales). Enamorarse es algo muy hermoso, pero quedar prendado con los ojos puestos sólo en el mundo, significa que Dios tiene que ver poco con nosotros, más bien nos estorba. Alejandro, al que Pablo llama el metalúrgico, debió de ser un herrero de reconocido prestigio, y su trabajo lo haría extraordinariamente bien. También nos encontramos todos los días con gentes que son grandes profesionales.

Me comentaban hace poco de un médico que había abierto varias clínicas privadas que atendía personalmente, y que gozaban de mucha demanda. Esto, humanamente hablando, resulta un verdadero éxito, pero el que me hablaba de estas cosas también hacía referencia a que, debido al tiempo que empleaba en su trabajo, llegaba a casa todos los días de madrugada y, al día siguiente, a las ocho de la mañana, se encontraba ya en su despacho de una de las clínicas. Su mujer y sus hijos debían de pagar el precio del éxito. La pregunta es: después, ¿qué?, ¿vale dejar la vocación de marido y padre por amor a este mundo… la gloria, el dinero, la fama y el reconocimiento?

“La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. San Pablo pide perdón por aquellos que se han vuelto atrás, y tiraron por la borda la llamada de Dios. El Apóstol continuó su predicación y su evangelización hasta dar la vida en Roma. Jesús en el Evangelio nos dice: “¡Poneos en camino!”. Así lo hacemos, sin volver la vista atrás, y con el convencimiento de que la ganancia obtenida es infinitamente mayor que cualquier ganancia del mundo y que cualquier amenaza.

Como a la Virgen María, a nosotros nos ha ganado el amor de Cristo. Sin despreciar a nadie, más bien con el perdón en los labios, nos adentramos en el corazón del mundo y repetimos, una y otra vez: “Está cerca de vosotros el reino de Dios”.

GRACIAS A MIS PADRES…

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Éxodo 17, 8-13; Sal 120, 1-2. 3-4. 5-6. 7-8 ; Timoteo 3, 14-4,2; san Lucas 18, 1-8

“Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado”. Los ataques contra la familia, incluso en el orden más natural, resulta brutal en nuestros días. El otro día, después de celebrar la Santa Misa, se acercó un joven a la sacristía, que conocía ya de otras veces, y me estuvo contando acerca de su nueva experiencia como profesor de religión. Había realizado un sencillo “test” a sus alumnos para ver la manera de hacer más asequible las clases. Una de las sorpresas más desagradables fue comprobar que muchos niños (la mayoría), no iban a Misa. Pero lo extraordinario era que ellos sí que querían ir… el obstáculo lo ponían sus propios padres.

Cuando recuerdo la formación y educación que recibí dentro de mi familia, descubro que no existe otra forma que pueda sustituir el crecimiento (sobre todo interior) de una persona. Algunos se han aprendido muy bien la lección: “destruye la familia, y destruirás toda una sociedad”. No se trata de falsos alarmismos, ni de reventar ideologías progresistas. Sólo hay que fijarse en el modo en el que quiso nacer el Hijo de Dios, para darse cuenta de hasta qué punto resulta vital el entorno familiar para dar sentido a toda una vida. Vaciar de contenidos lo más fundamental del ser humano comienza con desnaturalizar el hábitat propio que le corresponde. Es algo más que corromper a la persona, se trata de una inspiración verdaderamente diabólica. Si la respuesta al aborto, por ejemplo, son los matrimonios entre homosexuales, que además puedan adoptar hijos, es que hemos alcanzado las mayores cotas de lo demencial.

“Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir”. Esto es lo que intentamos desde estos comentarios. Y aunque en ocasiones lo hagamos pobremente, estoy convencido de que es algo que Dios espera de nosotros. Ni fundamentalismos, ni radicalismos, ni “reaccionarismos”, ni historias que se le parezcan, son la pretensión de estas líneas. La verdad no es algo que pueda subastarse en un mercado. O se dice, o no se dice. Cristo Jesús, camino, verdad y vida, es el único testigo que ha de iluminar nuestros pasos.

Gracias a mis padres, estas verdades “como puños” han ido calando en mi alma, incluso antes de tener conciencia de las cosas. La paciencia, el tiempo, el cariño, la reprensión (a veces con firmeza), el rezar juntos… son algo más que una manera de educar. Se trata de la vocación que eligieron para dar gloria a Dios. Estoy convencido, desde mi experiencia personal, que mis padres morirán “con las botas puestas”. Sus ojos y su corazón están puestos en sus hijos, no como una debilidad humana y caprichosa, sino como un auténtico deber del que se han comprometido ante Dios. Su alegría y su dedicación, día tras día, así nos lo han demostrado, y esta vida es poca para semejante agradecimiento.

“En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse…”. ¡Qué gran tesoro el de la perseverancia! Os animo a vosotros, padres, a que no desfallezcáis. Vuestros hijos, pensadlo seriamente, son la prolongación del amor de Dios en vuestras vidas. La “salud” de este mundo depende, en gran medida, del amor que deis a vuestros hijos. Y eso se traduce, una vez más, en sacrificio, renuncia personal… y mucha perseverancia.

El amor de la Madre de Dios hacia su Hijo fue germen de la naturalidad con la que se vivió lo más sobrenatural de esa Sagrada Familia de Nazaret. Acude a ella en todo momento, y verás qué hermoso resulta perseverar en tu vocación de padre o madre…. ¡Qué gran libro de la vida escribirán tus hijos en el Cielo!

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