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EL LIBRO DE CABECERA

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Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28, 1 a y 2. 3ac-4. 3b y 9 b- 10 ; Hechos de los apóstoles 10, 34-38; san Marcos 1, 7-11

“Este es mi Hijo amado, mi predilecto”, así termina el Evangelio de la Misa en la que conmemoramos el bautismo del Señor.

La verdad es que deberían bastarnos estas palabras del Evangelio de San Marcos en las que se nos dice que Jesús es el Hijo predilecto de Dios, su “Hijo amado” para embebernos del Evangelio, para empezar a leerlo y releerlo y meditarlo todos los días de nuestra vida.¡Poder conocer a alguien que es Hijo amado de Dios!, ¡Hijo predilecto! Aprender de su vida.

En esta página Web que tienes delante de tu vista en Internet cada lector puede ir descubriendo aspectos nuevos de la vida de Cristo. Matices, puntos de vista que uno no imaginó de la vida de Cristo. Esta es la finalidad de estos “comentarios a las lecturas de la Misa”: que conozcas más a Cristo y al conocerlo mejor, amarle más.
Para seguir animándote a meditar el Evangelio cada día, hoy te pondré un ejemplo por si te ayuda a éste fin. Cuando varias personas están cantando sin acompañamiento de instrumento musical por ejemplo, un órgano- existe una tendencia constante a bajar el tono. Por eso, si el coro no está acostumbrado a cantar sin acompañamiento, el director suele tener un diapasón con el que de vez en cuando da una pequeña señal para recordar que deben dar una nota más alta de la que están cantando. De la misma manera, si no queremos que nuestra vida cristiana empiece a languidecer -a bajar de tono- necesitamos un diapasón que mantenga el tono constantemente. El diapasón del cristiano es leer el Evangelio y meditar la vida de Cristo.

En la vida del Hijo de Dios encontramos el mejor índice, la mejor pauta a seguir. Pero por si alguien tuviera duda, es el mismo Cristo quien nos lo dice: “Yo soy el Camino”.
Juan Pablo II nos ha dejado un reguero de anécdotas que son mucho más que eso, en realidad son joyas para quien quiera escucharle. Por ejemplo en una ocasión una periodista preguntó al Papa: “Santidad: hacia dónde va la Iglesia con Juan Pablo II?” Y respondió el Romano Pontífice: “En busca del hombre, en defensa del hombre, y con el Evangelio en la mano”. Me parece una respuesta que en el día del bautismo del Señor bien vale la pena que la meditemos. Nosotros vamos con Cristo a conquistar el mundo para nuestro Dios -una conquista de paz y de amor a todos los hombres- y ésta es nuestra arma: “con el Evangelio en la mano”.
Y ya que el día del bautismo es siempre un día de fiesta contaré una graciosa anécdota de otro Papa, de Juan XXIII cuando todavía era Nuncio en París, y que viene al caso porque podemos sacar una consecuencia. Monseñor Roncalli coincidió en una recepción diplomática con el primer rabino de la Comunidad judía de Paris. Entablaron amistosa conversación y al dirigirse al comedor, se cedían mutuamente la precedencia cuando entraban. Entonces, Roncalli dijo al rabino: “Por favor, primero el Antiguo Testamento y luego el Nuevo…” Con el Evangelio, con el Nuevo Testamento, se ha llegado a la plenitud de la Revelación. Ahí está todo lo que Dios ha estimado suficiente para que el mismo Cristo nos guíe por el camino que conduce a la salvación, al encuentro con su “Hijo amado” en quien tiene puestas todas sus “complacencias: escuchadle”. Y le escuchamos, entre otros medios, cuando leemos y meditamos el Evangelio.

EL AMOR Y DIOS

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San Juan 4, 7-10; Sal 71, 1-2. 3-4ab. 7-8; San Marcos 6, 34-44

En la primera lectura de la Misa de hoy -primera carta del apóstol San Juan-nos escribe éste discípulo amado del Señor una de las páginas más bellas de su Evangelio, aunque en realidad habría que decir que todas las páginas son maravillosas por cuanto que todas son del Espíritu Santo.

Pero en este caso nos está hablando san Juan de algo que a todos nos gusta hablar, y sobre todo comprobar, sentir, palpar en nuestras propias vidas: el amor.

Pero con el amor igual que con tantos otros conceptos -libertad, solidaridad, entrega, etc. – ha pasado que se ha ido metiendo dentro del mismo concepto tantas otras “parecidas” realidades que primero se han colado por los pelos, y luego se han instalado dentro del concepto como en su propia casa, y muchas veces no solo no tienen que ver con el auténtico significado, sino que son todo lo contrario”.

Por ejemplo, una persona que no se puede mover porque es paralítico pongo por caso, puede decir que no tiene libertad. Pero esto sería un error, porque lo que no tiene es movilidad; ya que una persona impedida puede ser el ser humano más libre del mundo si su espíritu y su alma vuelan hacia Dios cada día desde su silla de ruedas, y su alegría y su fe contagia a los “pobres tullidos” que pueden caminar por donde quieran pero no tienen esa fe o esa esperanza y caridad en Dios.

El amor del que nos habla San Juan, es decir, del que nos habla el Espíritu Santo es maravilloso: “Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”. Y a continuación lo dice en negativo que quizá aún queda más claro: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”. Dios y amor están íntimamente unidos: no se puede decir que hay amor si Dios no está de algún modo bendiciendo ese amor.

Al leer estas bellísimas palabras a todos “se nos hace la boca agua” al comprobar que estamos en una religión, que tenemos -los cristianos- una fe que es la mejor del mundo. Una fe que nos habla de amor, de querernos unos a otros, más aún, nuestro “Dios es amor”.

Pero volviendo ahora a lo que quizá dentro de este concepto de amor se ha ido introduciendo ante modas, imperativos sociales o por el contacto del cristianismo con el mundo paganizado en el cual todos vivimos, porque este es el mundo que tenemos, resulta que si por ejemplo, dos novios dicen que se aman tanto que incluso “para demostrarse que se tienen tanto amor” tuvieran relaciones sexuales como si fueran ya marido y mujer, en tal caso eso no sería amor. No es una apreciación o elucubración del que escribe ya que es el mismo Dios quien en el Evangelio nos dice que “quien me ama cumple mis mandamientos”: y hay un mandamiento que dice “no fornicarás”. Y el padre que “por amor” a sus hijos roba en su trabajo dinero de modo que así puede comprar regalos a sus hijos porque los ama, en realidad no estaría amando porque “quien me ama cumple mis mandamientos” y hay un mandamiento que dice: “no robarás”; y si uno no dice la verdad porque así evita un disgusto grande a otra persona, porque la ama, eso no sería amor porque otro mandamiento nos dice “no mentirás”.

“Quien me ama cumple mis mandamientos”. Esta es la llave que abre la puerta del auténtico amor: la clave para entender cuando hablamos de amor de verdad -amor y Dios unidos- y cuando es un sucedáneo del amor, es decir no es amor aunque con un parecido tan grande que, es comprensible, que a veces lleve a error.
En la primera lectura de la Misa de hoy -primera carta del apóstol San Juan-nos escribe éste discípulo amado del Señor una de las páginas más bellas de su Evangelio, aunque en realidad habría que decir que todas las páginas son maravillosas por cuanto que todas son del Espíritu Santo.

Pero en este caso nos está hablando san Juan de algo que a todos nos gusta hablar, y sobre todo comprobar, sentir, palpar en nuestras propias vidas: el amor.

Pero con el amor igual que con tantos otros conceptos -libertad, solidaridad, entrega, etc. – ha pasado que se ha ido metiendo dentro del mismo concepto tantas otras “parecidas” realidades que primero se han colado por los pelos, y luego se han instalado dentro del concepto como en su propia casa, y muchas veces no solo no tienen que ver con el auténtico significado, sino que son todo lo contrario”.

Por ejemplo, una persona que no se puede mover porque es paralítico pongo por caso, puede decir que no tiene libertad. Pero esto sería un error, porque lo que no tiene es movilidad; ya que una persona impedida puede ser el ser humano más libre del mundo si su espíritu y su alma vuelan hacia Dios cada día desde su silla de ruedas, y su alegría y su fe contagia a los “pobres tullidos” que pueden caminar por donde quieran pero no tienen esa fe o esa esperanza y caridad en Dios.

El amor del que nos habla San Juan, es decir, del que nos habla el Espíritu Santo es maravilloso: “Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”. Y a continuación lo dice en negativo que quizá aún queda más claro: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”. Dios y amor están íntimamente unidos: no se puede decir que hay amor si Dios no está de algún modo bendiciendo ese amor.

Al leer estas bellísimas palabras a todos “se nos hace la boca agua” al comprobar que estamos en una religión, que tenemos -los cristianos- una fe que es la mejor del mundo. Una fe que nos habla de amor, de querernos unos a otros, más aún, nuestro “Dios es amor”.

Pero volviendo ahora a lo que quizá dentro de este concepto de amor se ha ido introduciendo ante modas, imperativos sociales o por el contacto del cristianismo con el mundo paganizado en el cual todos vivimos, porque este es el mundo que tenemos, resulta que si por ejemplo, dos novios dicen que se aman tanto que incluso “para demostrarse que se tienen tanto amor” tuvieran relaciones sexuales como si fueran ya marido y mujer, en tal caso eso no sería amor. No es una apreciación o elucubración del que escribe ya que es el mismo Dios quien en el Evangelio nos dice que “quien me ama cumple mis mandamientos”: y hay un mandamiento que dice “no fornicarás”. Y el padre que “por amor” a sus hijos roba en su trabajo dinero de modo que así puede comprar regalos a sus hijos porque los ama, en realidad no estaría amando porque “quien me ama cumple mis mandamientos” y hay un mandamiento que dice: “no robarás”; y si uno no dice la verdad porque así evita un disgusto grande a otra persona, porque la ama, eso no sería amor porque otro mandamiento nos dice “no mentirás”.

“Quien me ama cumple mis mandamientos”. Esta es la llave que abre la puerta del auténtico amor: la clave para entender cuando hablamos de amor de verdad -amor y Dios unidos- y cuando es un sucedáneo del amor, es decir no es amor aunque con un parecido tan grande que, es comprensible, que a veces lleve a error.

UNA PEQUEÑA DIFICULTAD

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San Juan 3, 22-4, 6; Sal 2, 7-8. 10-12a ; San Mateo 4, 12-17. 23-25

A veces nos revolvemos un poco contra el Señor porque no atiende nuestras súplicas. Porque le pedimos y no nos escucha. Y nuestro posible enfado sube de grado cuando además nos viene a la cabeza que Él ha dicho aquello de “pedid y se os dará” o como, precisamente en la primera lectura de la Misa de hoy nos dice el apóstol san Juan: “cuanto pidamos lo recibimos de él”. El colmo: “eso -podemos decir quizá levantando un poco la cabeza y con firmeza- eso si que no es cierto, mire usted”.

Bien. San Juan hoy dice: “Cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada”.

Bueno, aquí ya parece que el Señor nos dice que nos da lo que le pidamos pero hay un añadido que convendría pensar un poco. (Por supuesto entendemos que estamos pidiendo cosas buenas ya que a veces nosotros aunque sabemos que la petición es buena en sí misma, no sabemos si lo es en sentido absoluto, es decir, para que nos sea concedida en ese momento, para esa persona, etc.) Pero ¡en fin! a parte de esto, antes de “enfadarnos” con el Señor deberíamos preguntarnos -es lo que hoy nos sugiere San Juan- si yo “guardo sus mandamientos y hago lo que le agrada”.

¿Realmente tenemos conciencia de estar haciendo en todo “lo que le agrada”? Pienso que la respuesta no debemos darla precipitadamente. Digo esto, porque el Señor parece distinguir entre no hacer pecados mortales, lo que llamamos graves -“guardamos sus mandamientos”- y luego añade un grado superior, “hacemos lo que le agrada”.

Y a continuación nos explica exactamente -por esto se lo agradecemos a San Juan- a qué se refiere con eso de “sus mandamientos” y con lo de “lo que le agrada”. Así, nos especifica en la primera lectura: “Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio”.

La cosa se ha puesto difícil y podemos empezar a pensar que “es lógico” que no seamos escuchados en tantas ocasiones porque si bien Dios puede hacer de las piedras panes, es decir, seguro que Él puede cumplir su parte, seguro que puede darnos lo que le pidamos, quizá somos nosotros los que tenemos más dificultad en cumplir la parte que a nosotros toca.

Por eso “queridos: no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues falsos profetas han salido al mundo”. Es muy fácil el oír a gente quejarse contra Dios echarle en cara esto y lo otro, y pocas veces pensamos que quien realmente está fallando soy yo. Hagamos un examen sincero para que nuestra vida mejore y así, de una parte más fácilmente seremos escuchados por Dios, y, si aquello que pedimos no sale, entenderemos con más facilidad que será quizá que no nos conviene. Y estaremos siempre contentos aceptando siempre y en todo la voluntad de Dios.

MI ADORACIÓN A DIOS

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Isaías 60, 1-6; Sal 71, 1-2. 7-8. 10-11. 12-13 ; Efesios 3, 2-3a. 5-6; San Mateo 2, 1-12

El seis de enero pone delante de nuestra mente la realidad siempre necesaria de la adoración. Adorar a Dios: “entonces unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarle”. Es el Evangelio de hoy.

Van a adorarle desde lejanas tierras sólo porque han visto salir “su” estrella. Es curiosa esta estrella de Jesús. Tendría que ser diferente a todo lo que habían visto antes estos hombres de ciencia que les lleva, de común acuerdo, a calificar aquel astro de “su” estrella, la estrella de Dios, y vienen a adorarle.

¡Qué olvidado tenemos adorar a Dios! pese a que es el primer y principal mandamiento de la ley de Dios; lo dice el mismo Jesucristo a aquel hombre que se lo pregunta: “adorarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas”.

En este día 6 donde unos hombres que tendrían tantas cosas que hacer, sabios, magos o, en cualquier caso, hombres intelectuales, de la época, con tantas inquietudes y deseos de saber, no les importa “perder el tiempo” metiéndose en caravana en búsqueda del Rey de los Judíos y, además -esto es muy importante- con una única finalidad: para adorarle, pues es la razón que dan a Herodes y a todos nosotros también. No les importa dejar sus ocupaciones de siempre para irse a adorar a Dios. ¡Este es el ejemplo del día de hoy para todos nosotros! Nosotros siempre tan ocupados.

Adorar es más que hablar con Dios, es someterle la inteligencia, la memoria, la imaginación, en una palabra, todo nuestro ser: rendirnos a sus pies; “como los ojos de la esclava están atentos a las manos de su señora” dice uno de los salmos queriendo claramente significar que lo único que busca, lo único que desea esa mujer es atisbar cualquier movimiento de su ama para, al instante, complacerla ¿estamos así los cristianos con nuestro Amor?

Rendir el juicio, la cabeza a Dios con todo el corazón, es la adoración: es lo más difícil en la época actual en la que vivimos, pero no solo por el poco tiempo, sino por la soberbia. Seremos capaces de dar dinero para ayudar a los que han sido asolados por la gran ola en lejanas islas o por un huracán en otro continente; estaremos dispuestos a ir a ocuparnos de las pobres gentes de la India colaborando con las hermanas de Calcuta, pero pararnos a las nueve de la noche, después del trabajo, delante del sagrario de nuestra parroquia y postrarnos a los pies del Señor y decirle: “Señor aquí está el oro de mis buenas obras -porque por ti las he hecho–; el incienso de mis oraciones a lo largo del día -pues presente te he tenido mientras iba de aquí para allá-; y la mirra con la que purificar mis faltas y pecados -porque he faltado hoy a la caridad, a la fortaleza, a la mansedumbre y a la piedad–; pero, como te dijo Pedro “Señor, tu que lo sabes todo, tu sabes que te quiero”. Esto es más difícil que lo hagamos.

Si será difícil que, de hecho, “el Rey Herodes se sobresaltó”. Cuando nos hablan, como yo ahora (que no soy yo, que es el Evangelio que nos muestra el ejemplo a seguir de los Magos) que dediquemos tiempo a la adoración a Dios, “nos sobresaltamos”.

Sin embargo no es este trabajo -la adoración- la menor de las funciones de nuestra mente, la menos importante porque “tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.” De nuestra adoración a Dios saldrá un afán de amor a los demás, que nos llevará a todos y a cada uno a ser “el pastor de mi pueblo Israel”, es decir, el ejemplo de mi casa, la referencia para mis amigos, el esposo bueno para la mujer, el hijo delicado para sus padres, el pastor que, uniéndose a los magos de Oriente se alegra “al ver la estrella”, es decir, la grandeza de poder ponernos a adorar a Dios. Entonces, entraremos hoy, día 6 de enero con los Magos “en la casa”, veremos “al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas” lo adoraremos; “después, abriendo sus cofres”, le ofreceremos “regalos: oro, incienso y mirra”.

LA LLAMADA

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San Juan 3, 11-21; Sal 99, 1-2. 3. 4. 5; San Juan 1, 43-51

En estas primeras lecturas y evangelios del año la Iglesia está poniendo ante nuestra consideración aspectos a cual más importante para nuestra vida. Una vida de la que comienza un año más.

Estos días hablábamos de la necesidad de apartarnos del pecado, de no dejarse llevar o seducir por los sibilinos consejos del padre de la mentira que es el diablo y, todo esto, con el buen deseo por parte de la Iglesia de que lo pongamos en práctica no uno o dos días, sino durante todo este año que ahora estamos estrenando.

Así las cosas, hoy tenemos delante de nosotros un trozo del Evangelio que nos habla de la llamada. De cómo Dios va llamando a las personas para que vivan en la tierra como lo estaban haciendo, pero con luz nueva -“yo soy la luz del mundo”-, con un caminar seguro -yo soy el camino- en la verdad -“yo soy la verdad”- y con la sabia divina en nuestra vida -“y la vida”–, este es el modo de proceder de quien al escuchar que Dios le pide más, él sigue esa llamada de lo alto.

Así aconteció con Felipe: “determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: “Sígueme”. Nos dice el Evangelio de hoy.

Esta llamada puede ser que suceda en tu vida o no. Pero desde luego puesto que el que llama es Dios, ciertamente se puede decir que es una verdadera suerte el que un día uno escuche en el interior de los tímpanos de su alma, que Dios quiere de un modo especial contar con uno.

El “modo especial” no significa un modo raro, extraño o “sui géneris”. No. Gracias a Dios la Iglesia con luz iluminada por del Espíritu Santo, determina los distintos caminos por los que el hombre puede encauzar esas llamadas de Dios. Pero no sería eso lo que quisiera resaltar hoy, sino el hecho de la llamada en sí misma: Dios continúa llamando al hombre hoy, como entonces. Y la llamada es -tenga la forma que tenga- siempre una llamada a un amor más grande hacia el mismo Dios -“amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón con todas tus fuerzas”- y una llamada para servir a los demás hombres -“y amarás al prójimo como a ti mismo”–, en esto “se resume toda la Ley y los profetas”. Esta es siempre, a fin de cuentas, la razón última de la llamada: ya sea una llamada para evangelizar en las lejanas paganas tierras misionales, ya sea para ejercer el apostolado en medio de un hedonista y duro mundo, ya sea en la oscura y enrejada celda de un convento donde los muros nunca son de piedra sino -como los corazones de esas monjas- de carne palpitante de amor a Dios.

Y otra característica de esa llamada, que no es distinta de las dos que acabamos de mencionar, sino como aglutinadora de ambas: la llamada de Dios es siempre, como el bien, difusiva; es decir, tiende a expandirse, como el fuego -“fuego he venido a traer a la tierra, dice el Señor, y qué quiero sino que arda”– Por eso, leemos en el Evangelio de la Misa de hoy que “Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro” (otros dos discípulos) y allí, “Felipe encuentra a Natanael y le dice: ‘Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret”.

Digamos que el que recibe la llamada, como hoy vemos le sucede a Felipe, “no se puede aguantar” y necesita decir lo que “ha encontrado”. Y no quisiera dejar de mencionar una última observación para terminar nuestras reflexiones de hoy. Felipe mezcla en su difusivo apostolado, a la hora de presentar a Jesús con una mixtura de lo divino -“aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas”- con lo humano -“Jesús, hijo de José, de Nazaret”-; esto me parece especialmente significativo para terminar nuestra oración de hoy: Dios está en el Cielo -en la ley y en los profetas–, pero también está junto a nosotros, en la casa de al lado, en nuestra propia casa, en la casa de José el carpintero, está en un pueblo cerca de aquí, en Nazaret: ¡venid a adorarle!

UNO DE LOS PEORES MALES

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san Juan 3, 7-10; Sal 97, 1-2ab. 7-8a. 8b-9; san Juan 1,35-42

Hoy, la primera lectura de la carta del apóstol san Juan, en la Misa empieza así: “Hijos míos que nadie os engañe”. Hay todo un deseo, me atrevería a decir que vehemente, por parte de Dios, de que nadie nos engañe. Un deseo a que no nos engañen que se remonta al principio de los tiempos.

Es lógico, porque con la mentira empezaron todos los males del hombre. Eva y después Adán, fueron engañados por el diablo: “quien comete pecado -seguimos leyendo en esta primera lectura- es el diablo, pues el diablo pecó desde el principio”.

No sé si desde entonces, o como consecuencia de las constantes mentiras que el diablo ha inventado para seducir y engañar al hombre con el fin de apartarlo de Dios, es por lo que al diablo se le ha llamado “padre de la mentira”, es decir, progenitor, origen, engendrador de la falsedad. También por eso podemos decir que el mismo San Juan que es el que hoy nos propone esta lectura en la Misa, sea el que nos diga que “la verdad os hará libres” es decir, Dios nos hace libres; el diablo es el que nos hace esclavos: de las pasiones, de las codicias, esclavos de las mentiras.

Lo de la mentira está mal; está mal que se las digamos a otras personas: que les mintamos. Pero el peor mal es la mentira para con uno mismo: engañarse. Y así volvemos al principio de esta carta de San Juan: “hijos míos, que nadie os engañe”.

Engañarse así mismo. He aquí el mal de los males: “no pasa nada por hacer eso”; ¡Cómo me voy a condenar por no ir a misa los domingos!, ¡qué tontería!”; “seguro que no pasa nada por mantener relaciones sexuales con la persona que amo aunque no sea mi cónyuge todavía”, y con estas “mentiras” o parecidas, el hombre se quiere engañar. Se engaña cuando conocedor de los Mandamientos de la Ley de Dios dicen lo contrario a esos ejemplos que hemos puesto o, en general, cuando “opinamos” de modo contrario a lo que Dios nos ha dicho en su Ley suprema para los hombres, entonces, estamos, como Adán y Eva, dejándonos engañar por el padre de la mentira. Ciertamente no se nos aparece el demonio en forma de serpiente susurrándonos al oído estas mentiras. Pero “nos vienen a la cabeza” esos pensamientos que -contrario a lo que Dios nos ha dicho- damos cabida y seguimos sus insinuaciones hasta creer más a ellos -a nuestros pareceres y opiniones, a lo que nos viene a la cabeza- que a lo que oímos y sabemos se nos dice de parte de Dios.

Fíjate que hay unas palabras maravillosas de Isabel, la prima de la Virgen María, que estos días de Navidad tienen quizá el contexto más apropiado para ser citadas, que son las que le dijo a la Virgen en cuanto ésta apareció en su casa después de que le anunciara el Ángel que iba a ser madre de Dios. “Bienaventurada tú -dice Isabel a nuestra Madre- que has creído todo lo que se te ha dicho de parte de Dios”. Ella sabe que en Dios está la verdad, por eso se lo cree todo de Él. Pero no de quien -de creerlo- nos apartaría de Dios, porque seguir esos consejos, de otros o de nuestros propios pensamientos, serían seguro pensamientos o consejos que provendrían del “padre de la mentira”.

UN CONFESIONARIO EN EL JORDAN

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San Juan 2,29-3,6; Sal 97,1-2ab.3cd-4.5–6; San Juan 1,29-34

“Al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Realmente debió de ser un momento emocionante especialmente para San Juan ver venir hacia sí al Señor. Podemos imaginar cómo pudo ser este encuentro.

Juan, era todo espíritu, sólo buscaba el amor de Dios y el amor a las almas. Estos dos aspectos quedan reflejados, lo sabemos, en el Evangelio: se dedicaba a animar a quienes tenía a su lado a bautizarse con el agua purificadora, a que limpiaran sus pecados para prepararse para la venida del Señor.

Hacen falta hoy hombres y mujeres que con una vida santa se preparen ellos y ayuden a otros a prepararse para recibir limpiamente al Señor.

Este “bautizarse en el agua” simbolizaba entonces el deseo de purificación: el agua, siempre evoca limpieza, lo que se lava queda limpio. Este modo de “lavarnos”, actualmente -después de la venida del Señor y de la institución de los siete sacramentos- , es a través del bautismo, que es solo una vez en la vida y por el que se nos abren las puertas de la Iglesia y la puerta a la posibilidad de recibir los otros sacramentos; y, junto al bautismo, el otro sacramento que nos limpia es el de la penitencia o del perdón, por el que se nos “borran”, o a veces también se suele utilizar la expresión “se nos lavan” los pecados cometidos después del bautismo.

Esta misión de Juan es la que ahora heredan los sacerdotes cuando imparten la absolución de los pecados. El nuevo Jordán -río en el que bautizaba Juan- es el confesionario, donde uno puede, debe acudir libremente, como hacía aquel pueblo que se acercaba al bautista, para purificarse o lavar sus pecados.

Con una clara diferencia: entonces era un bautismo simbólico, de preparación para la venida de Cristo: “éste es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”; pero ahora ya ha venido Cristo “y yo lo he visto, –dice San Juan al terminar el Evangelio de la Misa de hoy- y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. La confesión, hoy, lava en sentido estricto los pecados cometidos: nos vuelve a hacer amigos de Dios.

Esta es la diferencia, Cristo es el Hijo de Dios, y como tal, puede perdonar los pecados. Se preguntaban los fariseos “pero ¿quien es este que puede perdonar los pecados?”

“Este” es el que instituye el sacramento del sacerdocio, en la última cena para dejar a “otros Cristos” en la tierra -los sacerdotes- dándoles esta facultad, tan importante, de poder perdonar los pecados: “a quienes les perdonéis los pecados les serán perdonados”. Acudamos, pues, con frecuencia al “Jordán” a lavar nuestros pecados con este sacramento que purifica y da la gracia de Dios.

EL VERDADERO SABIO

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Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20 ; Efesios 1, 3-6. 15-18; San Juan 1, 1-18

Es significativo que en la primera lectura de este segundo día del año, después de celebrar la fiesta de la Virgen, ayer, Madre de Dios, nos hable de la Sabiduría; sabiduría que “se gloría en medio de su pueblo, abre la boca en la asamblea del Altísimo y se gloría delante de sus Potestades”, según leemos al iniciar la primera lectura de la Misa de hoy.

Es significativo que hable así de la Sabiduría pero no es extraño, porque esta sabiduría es la del entendimiento de las cosas de Dios, Don del Espíritu Santo que nos hace percibir cual es el camino a seguir para alcanzar el fin de la vida del hombre, “recibirá alabanzas de la muchedumbre de los escogidos y será bendita entre los benditos”, pues ciertamente no hay nada mejor en el mundo que tener esta sabiduría.

“En la ciudad escogida me hizo descansar, en Jerusalén reside mi poder”; este es el sitio de la verdadera sabiduría, el fin del camino: “la ciudad escogida”. Toda sabiduría tiene unos postulados, un camino de razonamientos que conducen a una ciudad -“a la ciudad escogida” donde, al llegar “me hizo descansar”; esa ciudad es el cielo “en Jerusalén”: “descanse en paz”, decimos cuando alguien nos abandona de este mundo deseándole lo mejor, es decir que descanse en la Jerusalén donde se encuentra el Dios de los justos.

No es el camino que conduce a la nueva Jerusalén, al destino del hombre, al encuentro con Dios, un camino sólo de sentimientos y de apreciaciones subjetivas, es un camino de Sabiduría, es decir, camino de razonamiento, de pensamiento, de conocimiento. También por eso dice San Juan que “la verdad os hará libres” porque la verdad radica en el entendimiento y el conocimiento de la verdad es la sabiduría, y la sabiduría es la libertad: cuando el hombre sabe cual es su destino, seguro que, libremente, elegirá lo que le conduce a él; por eso “la verdad nos hace libres”

Por eso también, el hombre más sabio, es el que conoce no muchas cosas de la vida -matemáticas, historia, geografía, u otras ciencias- sino el que, junto a los conocimientos de las ciencias conoce sobre todo el verdadero conocimiento de la verdad: de la verdad más íntima del hombre, de lo que da sentido a su vida, de su destino en la tierra que, ya nos dice Dios en su primer mandamiento en qué consiste ésta sabiduría: en amar a Dios sobre todas las cosas.

“Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad, y resido en la congregación plena de los santos”, terminamos leyendo en el final de la primera lectura de la misa de hoy. Esa es precisamente la finalidad de la sabiduría, que quien se deja conducir por ella “eche raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad”. Otra vez más nos evoca esta lectura de hoy el cielo, como final o meta de la sabiduría: “congregación plena de los santos”, donde se echan “raíces entre un pueblo glorioso”, anclados, enraizados para siempre en la gloria del Cielo, entre santos.

MADRE DE LA PAZ

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Números 6, 22-27; Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8; Lucas 2, 16-21

Hoy muchos descansarán “en paz” cuidando su resaca, la boca pastosa, las legañas generosas e intentando recordar la última noche del año y que pase cuanto antes el primer día de éste. Por eso, a los que estén despiertos: ¡Feliz Año Nuevo!.
Cada año lo comenzamos como Cristo, en manos de “Santa María Madre de Dios,” que es la fiesta que hoy celebramos y, con esa tranquilidad y seguridad que da el estar en brazos de la madre es el día de la oración por la paz del mundo. ¡Qué bien nos vendría leernos despacio el mensaje que ha escrito el Santo Padre para esta jornada.!
“El Señor se fije en ti y te conceda la paz.” ¿Has visto algún niño que se pelee en presencia de su padre?. Ciertamente ahora hay padres a los que les “gusta” que sus hijos sean unos “vacilones,” “chuletas,” “matones de barrio bajo,” como si fuera una muestra de hombría, parece que no les molesta que falten al respeto a profesores, personas mayores, compañeros y niños más débiles que sus hijos. Gracias a Dios son los menos. Lo normal es que los padres pongan sentido común, den importancia a lo importante, desbrocen lo que no vale la pena y el hijo confíe en la presencia de sus padres para sentir la salvaguarda de sus derechos.
Muchas imágenes de Cristo, tanto de niño como de mayor, aparece con una “pelotilla” en la mano, que representa el mundo. ¿Os imagináis si realmente todo el mundo se supiera en brazos de Cristo y en brazos de María?. Si viviéramos de la certeza (todos: personas y naciones), de que estamos bajo la mirada de Jesús y de María. Entonces viviríamos ese hecho tan concreto: “ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.” Y los buenos hijos no pretenden quedar “mejor” que los hermanos delante de los padres, pues saben que los conocen perfectamente, aunque intentaran disimular. Si funcionáramos así, se acabarían entre las personas y las naciones todo tipo de rencillas, disputas, trifulcas, ansias de dominio, prepotencias, injusticias, manipulaciones, explotaciones y violencias.
Hoy es el día de la circuncisión del Niño Dios. Aunque la “operación” consista en cortar un pequeño trozo de pellejo es, como toda operación, traumática. Traumático será, sin duda, para muchos el intentar extirpar de su vida el orgullo, la vanidad, el ansia de poder o de poseer. Sin embargo, con la gracia de Dios, esas tendencias que nos parecen tan “nuestras” son un simple pellejito que se puede extirpar.
Santa María, Madre de Dios, Reina de la Paz. Entre sus brazos estamos tú y yo. Muchas veces nos revolveremos furiosos, intentando zafarnos de su mirada, que nos conoce y nos quiere como somos, y querremos volver a la falsa seguridad de la ley.
No huyamos de nuestra Madre, pidámosle que nos haga artífices de paz, sembradores de fraternidad, voceros -como el Papa-, de la paz que sólo Dios puede dar a los corazones y a las naciones.
Comencemos el año con la bendición de Dios: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz.”

SAN SILVESTRE

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

San Juan 2, 18-21; Sal 95, 1-2. 11-12. 13-14; San Juan 1, 1-18

¡Por fin llegó el día!. Hoy es San Silvestre. Además de los aguerridos y ateridos corredores de la carrera vallecana, muchos otros saldrán esta noche a la calle, no creo que a celebrar San Silvestre, aunque terminen bastante “asilvestrados.” Hace ya unos cuantos años que descubrí las bondades de descansar alguna hora más esta noche, vivir plenamente el primer día del año (dedicado a nuestra Madre la Virgen), aunque no participe en “la marcha”, “el rollito”, “el cotillón” y la fiestorra y las doce uvas me las tome a la diez de la noche. Ya se encargarán los de los cohetes de despertarme para rezar un avemaría a medianoche.
“Asilvestrados.” Así terminan muchos estos días de la octava de Navidad, olvidándose del motivo de la fiesta que celebrábamos hace apenas una semana y cayendo en manos de Dionisio o Baco (que es el mismo), entre copas de cava y sidra, en brazos de Afrodita o encomendándose a Artemisa, entre Cibeles y Neptuno, en adoración nocturna al Sol desde su puerta, entre cantos, eructos, matasuegras y pastillas “mata-hijos”.
“Hijos míos, es el momento final.” San Juan no se refiere al 31 de Diciembre, ni conoció este calendario, se refiere al final de los tiempos. “La Palabra era Dios… era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre… y el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos, no la recibieron.” Cada 31 de Diciembre asistimos a la “paganización” de la fiesta, al olvido de Dios, a apagar la luz que nos brilló, a acallar el canto de los ángeles con el “bacalao.”
Sin embargo “Os he escrito no porque desconozcáis la verdad, sino porque la conocéis y porque ninguna mentira viene de la verdad.” Como conocemos la verdad vamos a apartar todo el ruido que nos impedirá descubrir “la luz que brilla en la tiniebla.” Vamos a quedarnos con los que esta noche cuidarán enfermos, ancianos y niños, los que ayudarán a los transeúntes, a los que estén pasando frío, a los que pasarán esta noche en oración frente al Santísimo pidiendo por toda la humanidad, a los que mirarán su vida de este último año y sabrán perdonar y aprenderán a pedir perdón. Nos quedaremos con aquellos que en vez de desgranar doce uvas desgranarán avemarías, con los que reirán con otros de corazón sin tener que narcotizarse con alcohol, con los que morirán esta noche y pasarán de la fugacidad del tiempo y sus doce campanadas, a la grandeza de la eternidad.
No tengo nada en contra de las fiestas y de que las personas se unan para celebrar distintos acontecimientos. Pero ciertamente me dan “grima” estas fiestas cuya coreografía se basa en expulsar al Niño Dios, hasta del pobre establo donde nació, apenas a los siete días de venir al mundo.
“SI hubieran sido de los nuestros habrían permanecido con nosotros.” ¿Cómo vas a celebrar esta nochevieja?. “Asilvestrado” o como San Silvestre que nunca pudo andar grandes distancias y una carrera lleva su nombre. “Asilvestrado” o como San Silvestre que es el primer Papa no mártir canonizado, por su amor a la Iglesia. “Asilvestrado” o como “nacido de Dios.”
Santa María y San José siguen en el portal cuidando a Dios hecho niño. No les dejemos solos esta noche.

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