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“LOS EX”.

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Job 1, 6-22 ; Sal 16, 1. 2-3. 6-7 ; san Lucas 9, 46-50

Superada la “crisis de la escayola” de ayer, continuamos leyendo las lecturas de hoy.
En España siguen dándole vueltas al tema del divorcio. Es curioso que hace no tantos años la “top-idea” para arramblar contra el matrimonio religioso y favorecer las “parejas de hecho” se apoyaba en que lo fundamental era el amor y “firmar un papel no cambiaba nada.” Ahora el amor se ha convertido en una firma y la “disolución de la sociedad” tiene que garantizar prebendas, pensiones y tutelas compartidas: si tuviesen el mismo trato los contratos entre empresas sería un caos económico. Antiguamente se buscaban los títulos de conde, duque, barón o, al menos, un señorío para garantizarse las rentas; ahora es el título de “ex” el que garantiza la subsistencia.

“Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él.” Creo que Job nos engaña. Es cierto que nació sin riquezas, ganados, esposas, hijos y sirvientes pero cuando pierde todo eso no lo pierde todo. En su vida también conoció al Señor y eso nadie se lo podía quitar excepto la desesperanza. La relación con Dios se compara habitualmente con la relación esponsal y, dados los tiempos -tanto monta, monta tanto-, tenemos el peligro de hacer hoy con Dios otra relación contractual. Me bautizo, hago la comunión, al poco me separo de Dios y encima pido daños y perjuicios. Así uno se convierte en un “ex”, con derecho a hablar mal de su “expadre” Dios o a castigarle dignamente con la indiferencia.

“A pesar de todo Job no protestó contra Dios.” A Job muchas veces le identificamos con la paciencia pero me gusta más contemplarlo desde la fidelidad. En el ambiente judío primitivo, y en el cristianismo de corte protestante calvinista, Dios bendice con cosas materiales, con la prosperidad, como a Job en su principio. Pero si las cosas se tuercen, si los asuntos no salen como queremos, entonces decimos que Dios nos ha abandonado y… pedimos el “divorcio.” “Yo me he portado bien con Dios y Dios se ha portado mal conmigo” razonan muchos ante una desgracia (o ante una estupidez que les parece –en su pequeño mundo-, una desgracia mundial). Job no es solamente “paciente,” aguardando a ver qué pasa, es “agente” de fidelidad: parece que no hace nada pero está siendo fiel, sabe que Dios es mucho más que los bienes que le ha concedido “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; Bendito sea el nombre del Señor.”

“El más pequeño de vosotros es el más importante.” El Señor nos anima a ser como niños pequeños. Los niños no dan nada (bueno, a veces disgustos) y nos alegramos con cosas tan naturales como que empiecen a hablar, a andar y a jugar. Y el niño es fiel al cariño de su padre. No busca al padre que le haga los mejores regalos, si enferma, sabe que esa enfermedad no se la ha mandado su padre porque le odie y sabe que su padre estará al lado de su cama para cuidarle. Tú también sabes que Dios te quiere más de lo que podrás sospechar nunca.

Muchos protestantes arrancaron la devoción a la Virgen de sus vidas pues era un sopapo a su relación con Dios. Mira tú a la Madre y pídele que el Señor te muestre las “maravillas de su misericordia,” y verás como nunca tendrás ganas de ser un “ex.”

LA POBREZA CANSA.

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Amós 6, la. 4-7; Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10 ; Timoteo 6, 11-16; san Lucas 16, 19-31

¡Cinco días!. Tengo cinco días al año para dejar de ver un rato a mis feligreses, sustituir a un buen sacerdote y amigo para que descanse y también descansar yo, y antes de la primera Misa del segundo día me llaman para decirme que se ha hundido la escayola de uno de los templos. No pienso ir -no soy escayolista-, y el vicario parroquial sabrá arreglar la situación.
Tres veces en dos años se ha venido abajo el mismo trozo de techo. No me extraña, el templo es un bajo de un bloque de pisos y el silencio meditativo se entremezcla con el chapoteo de los orines del vecino de arriba o sus cantos en la ducha (gracias a Dios parece que se lavan poco). Uno llega a estar harto de esta situación que amenaza con quitarle a uno la paz, máxime cuando llevas una colecta con la que no pagarías ni las formas que se han consumido. Siempre hay gente que te comentan lo rica que es la Iglesia mientras se montan en su BMW. La pobreza cansa y el que escriba florituras sobre los pobres seguramente lo haga desde el salón de su casa tomándose una buena copa de coñac. Aburre el no saber cada mes si podrás cobrar, el pedir a diario que no aparezca ningún contratiempo que te zarandee la ya exigua economía. La pobreza no es buena, ni bonita, ni agradable.
“Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba.” Lázaro va al seno de Abraham, el rico se condena al infierno…, luego las riquezas son malas y los ricos unos sinvergüenzas (pensará –y predicará-, alguno). Pues no: la riqueza no hace buenos o malos discípulos y seguidores de Cristo. El rico se condena por no querer mirar a Lázaro tumbado en su puerta y no haber puesto remedio a la pobreza. “Ay de los que se fían de Sión… Os acostáis en lechos de marfil… coméis los terneros del rebaño…canturreáis al son del arpa… y no os doléis de los desastres de José.”
La riqueza material – mucha o poca-, tiene el defecto de ser pegajosa como la pez y hacernos creer que somos lo que tenemos y, por lo tanto, socorrer al pobre es, en cierta manera, perdernos a nosotros mismos. Ponemos mil excusas para no compartir los bienes pero esos falsos razonamientos no acallan nuestra conciencia con lo que dejamos de mirar el mundo que nos rodea. Nos creamos un mundo de ilusión con compañeros del mismo mundo ficticio (la “beautifull people”), y vamos creando un abismo entre nosotros y los demás que ni Frodo Bolsón con su extravagante compañía podría atravesar. Mientras estamos en esta vida (y recuerda que no tenemos firmado cuándo será “el final del contrato”) la misericordia de Dios nos ayudará a cruzar ese abismo, a descubrir en el otro a los hijos de Dios y, por Cristo, salir al encuentro de sus necesidades, pues nos duele la pobreza. Pero llegará un día, como no espabilemos, que descubriremos al “único poseedor de la inmortalidad que habita en una luz inaccesible” y será demasiado tarde y ya ni “aunque queramos” podremos acercarnos a Él.
La única verdadera riqueza es Cristo que nos da libertad para ser desprendidos. Los pobres por Cristo son ricos, los pobres por nuestra injusticia están esperando nuestra ayuda. Pídele a la Virgen que te ayude a cruzar el abismo de la avaricia, el egoísmo y el materialismo antes de que sea demasiado tarde. ¿El primer paso? Mira muy cerca de ti, en la puerta, a ver si hay alguien que te necesite.

TENDENCIA NATURAL Y TENDENCIA SOBRENATURAL

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Eclesiastés 11, 9-12, 8; Sal 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 ; san Lucas 9, 43b-45

Todos los hombres tenemos una visión de la vida un poco como la que nos presenta nada más empezar la primera lectura de la Misa de hoy: “disfruta mientras eres muchacho y pásalo bien en la juventud; déjate llevar del corazón, de lo que atrae a los ojos”. Es similar a aquella que nos cuenta el Señor en otro pasaje del Evangelio en la que un hombre que le han ido muy bien las cosas decide dedicarse a “descansar, comer, beber y pasarlo bien”.
A todos los hombres “nos tira” mucho lo que se ha manifestado con una expresión que pienso recoge muy bien lo que se quiere decir, “a la buena vida”: “rechaza las penas del corazón y rehuye los dolores del cuerpo” vuelve a repetirnos hoy en el Eclesiastés en esta primera lectura de la Misa.
Pero esta actitud, este modo de enfocar la vida no es, desde luego, lo que ni Dios, ni Cristo cuando nos predicaba en la tierra, ni tampoco el Espíritu Santo ahora, quiere para nuestras almas. En la misma lectura de la Misa de hoy ya nos lo dice: si vives así “sabe que Dios te llevará a juicio para dar cuenta de todo”; y después en el mismo salmo responsorial, añade un nuevo matiz a nuestro modo de ir por la tierra, matiz importante: no solo debemos apartarnos de una postura de búsqueda desenfrenada de los placeres de la tierra, sino que, además, debemos pedirle a Dios que nos enseñe “a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete Señor ¿hasta cuando? Ten compasión de tus siervos” un salmo responsorial que termina implorándole al Señor que nos sacie “de su misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos”.
Pero, como siempre, es el mismo Jesucristo el que nos habla con toda la claridad propia de quien ama, de quien desea que se nos quede muy claro a qué hemos venido a la tierra, cuál es la señal de nuestro buen caminar por la senda que conduce a la vida eterna: “meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres”. Nosotros buscamos lo que place a la mente y a los sentidos, y el Señor nos dice que el camino es el de la entrega, el que conduce a la Cruz. Esa es la senda que conduce a la vida eterna. Eso es lo que debemos buscar en la tierra para ir por buen camino: “Meteos bien esto en la cabeza”; hasta en el modo de decírnoslo el Señor parece reflejar lo difícil que es para nosotros aceptar esta realidad, este camino “estrecho y empinado”. Por eso, con la naturalidad y espontaneidad con la que se comportan siempre los apóstoles delante del Señor, nos cuenta San Lucas que “ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido”. Sí, ciertamente, “coger el sentido” a nuestra vida, entender que es desde la Cruz desde donde Cristo atrae hacia sí todas las cosas, entender que Él ha venido al mundo para realizar la redención de ese modo, no resulta fácil.
Pidámosle a la Virgen que nos ayude a entender que el camino de la Cruz es camino de amor: “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo hasta una muerte y muerte de Cruz”.

¿REALMENTE TE CONOZCO… O ME SUENAS?

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Eclesiastés 3, 1 -11; Sal 143, la y 2abc. 3-4 ; san Lucas 9, 18-22

Acabo de leer el principio del Evangelio de la Misa de hoy y me ha venido, casi como una tentación, pensar lo difícil que puede ser hacer oración: “Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos…”.
Es curiosa esta distinción que hace el evangelista San Lucas: hace oración Él solo, y los discípulos están como se suele decir “de cuerpo presente”. Debería de haber dicho: “estaban haciendo oración Jesús y sus discípulos”; y, sin embargo, parece que el único que hace oración es Él. ¿Seguirá sucediendo hoy, después de veintiún siglos, lo mismo? ¿Estaremos dejando sólo al Señor sin acompañarle, dejando que siga solo en su oración por nosotros? … ¿Dónde tienes la cabeza durante la celebración de la Misa del domingo, por ejemplo?; o, aún sería mejor preguntarnos, ¿Dónde tenemos el corazón mientras estamos en la Eucaristía?. Porque, a fin de cuentas, allí donde está tu tesoro allí está tu corazón.
El Señor les va a preguntar a sus discípulos nada menos acerca de lo que piensa la gente de Él, mejor dicho, “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Esta pregunta es fundamental para nuestra vida, o para ser exactos es fundamental la respuesta que demos a la pregunta de quién es para cada uno de nosotros Jesús. No te precipites en tu contestación, pues debemos meditar quién, de verdad, de hecho, en mi vida práctica, en mi relación con el cónyuge, con los hijos, con los amigos, ¿quién de verdad es Cristo? Es fundamental porque, según quien sea, así será nuestra vida.
Y para que veas que no es fácil la respuesta, atiende a las contestaciones de lo que le van diciendo los apóstoles sobre quién es el Señor: “Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas”. Aunque ahora nos pueda hacer cierta gracia al observar el despiste que tenían, no nos deberíamos reír muy fuerte, ya que no sería raro que a nosotros nos pasara parecido. Es decir, ellos dan respuestas bastante buenas, Juan Bautista, Elías, un profeta… es verdad, pero Cristo es algo más, algo que lo hace distinto sustancialmente: el es “el Mesías de Dios”, Él es Dios. O, lo que es lo mismo, Él es el creador y Señor de todas las cosas, el que me ama, tanto, que ha muerto hasta una muerte y muerte ignominiosa, muerte de cruz, por mí, para que se me abran las puertas del cielo.
Él, que nos ha dado a su Madre como intercesora, me ha dado la Confesión para el perdón y la Eucaristía para alimento. Es el que me ha dado el ser y el existir. Pide al Señor: “Señor, que te conozca más, Señor que te conozca mejor, porque te quiero amar más, porque te quiero amar mejor”.

EL SENTIDO DE LA VIDA

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Eclesiastés 1, 2-11; Sal 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17; san Lucas 9, 7-9

“¡Vanidad de vanidades, dice Qohelet; vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol?” Estas admiraciones, seguidas de una pregunta que nos presenta la primera lectura de la Misa de hoy, nos sitúa de inmediato frente a la realidad del sentido de nuestra vida; nos incita a preguntarnos esas cuestiones que muchas veces rehuimos hacernos en nuestra vida.
Vemos que el hombre “va de cabeza”, se levanta tempranísimo para trabajar, más aún si vive en una ciudad grande; trabaja mucho, come mal, ve poquísimo a quienes son sus seres más queridos, se acuesta “hecho polvo”, y… vuelta a empezar. Y esto no sólo un día, sino durante doce meses, porque el otro, el llamado “de veraneo” a veces –que se lo digan especialmente a algunas madres—, aún es más fatigoso y lleno de trabajos. Esto sin contar que a esos doce meses, hay que sumarle los recibos, las enfermedades propias y de los hijos, las incomprensiones en el trabajo, verte zaherido por la envidia o morirte de envidia tú por las cosas de los otros, el soportar el mal trato del jefe, el mal genio del cónyuge, en fin, y podríamos seguir con penalidades y –como nos dice el texto— con “fatigas” mil.
Bueno ¿todo esto para qué? Probablemente sólo haya dos respuestas: la primera, la vida es un ir creciendo, envejeciendo hasta llegar a la ancianidad y luego, fin. Y se acabo; o sino, –sería la segunda posibilidad— la que nos señala la fe, pero una fe fundamentada en evidencias. La primera evidencia es que no puede ser que todas estas penalidades caigan en saco roto, es decir, que no da lo mismo cómo te comportes en tu vida. Porque poníamos antes el ejemplo de la persona que se “fatiga” por ir a trabajar, por sacar a su familia adelante, etc. Pero ¿y si ponemos como ejemplo de una vida, que también existe, la vida del criminal, del que se enriquece injustamente, atracando bancos, del terrorista por ejemplo? ¿o es lo mismo la vida de una mujer que ha tenido, pongamos cuatro hijos, y ha luchado, junto con su marido, por sacarlos adelante, siendo generosos en la vida matrimonial, sacrificándose por ellos para darle lo mejor a sus hijos, de estudios, educación, alimentación y vestido, que la mujer que ha abortado una, dos veces, que haya vivido disolutamente, hecho sufrir sin cuento a sus padres, despreciando a los demás y se haya burlado de Dios y del prójimo? ¿qué sucede cuando estas dos mujeres de vida completamente distinta mueren?: “una generación se va, otra generación viene, mientras la tierra siempre está quieta”, leemos en la primera lectura de la Misa de hoy. ¿Es solo la vanidad lo que llena la vida del hombre? O es un caminar sin sentido, a lo loco: “Camina al sur, gira al norte, gira y gira y camina el viento”, nos dice para que reflexionemos esta tan sustanciosa lectura del día de hoy.
A veces estremece pensar en esos personajes que todos hemos estudiado en la historia del mundo, guerreros que han conquistado casi todo el mundo, descubridores que han arriesgado su vida, y la de tantos otros que les han seguido, deportistas intrépidos, jugadores renombrados durante tres, cinco, diez temporadas, inventores, sabios que han recibido el premio Nóbel de la paz, de física, de literatura… ¿Dónde están? ¿por qué se han fatigado? ¿qué ha sido de sus vidas? ¿Cuál ha sido la diferencia entre estos y los pobres ignorantes, los incultos que ni escribir sabían? La diferencia sólo es, al final, una: los que han vivido en la fe y en la gracia de Dios y los que no. Los primeros encontraron el sentido a su vida, los otros no.

BIFURCACIÓN DE CAMINOS

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Proverbios 30, 5-9 ; Sal 118, 29. 72. 89. 101. 104. 163; san Lucas 9, 1-6

Nos detenemos hoy en el Salmo responsorial: “lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor”. Es realmente preciosa esa metáfora que hace semejante la palabra de Dios a una luz que esclarece nuestro caminar. Lo contrario se haría inviable, ya que nos dominaría lo oscuro, lo opaco y lo farragoso.
Tenemos que dar muchas gracias a Dios los cristianos por la fe. En realidad esa lámpara no es sino otra metáfora de la fe: la fe es la que guía nuestros pasos. Por eso, el salmista pedirá a su Señor en el primer versículo “apártame del camino falso, y dame la gracia de tu voluntad”. Uno puede tener el camino iluminado por la palabra de Dios, puede saber lo que debe de hacer, por donde debe de seguir caminando, pero en el camino viene una bifurcación, un sendero a mi derecha o a mi izquierda, y entonces necesitamos que se nos aparte del camino falso: la tentación contra la fe.
Es necesario implorar: Señor, “apártame del camino falso”. Esa bifurcación puede presentarse al llegar a una edad determinada. Por ejemplo, cuando aparecen más claras las pasiones, entonces, ¿sigo firme en la fe, en la moral de la Iglesia que sé que es la auténtica felicidad o –bifurcación— elijo la senda de la tentación?, o si he tenido la desgracia de caer, de apartar mis pies del camino por no haberme dejado iluminar por la Palabra de Dios, o como nos dice el versículo siguiente del Salmo responsorial, por no haber preferido “los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata” ¿Me arrepiento, entonces, acudiendo al sacramento de la penitencia y pido perdón a Dios o –otra bifurcación— me empiezo a abandonar y dejo de practicar los sacramentos, la misa dominical porque haya caído una o mil veces?
Hemos de sacar el propósito de no apartar nuestros pies del camino que nos lleva al Señor: “aparto mi pie de toda senda mala, para guardar tu palabra”. Éste ha de ser nuestro propósito hoy, y siempre. Quizá será cierto ese refrán que viene a decir que “todos los caminos conducen a Roma” pero no debemos olvidar que no todas las sendas nos conducen a Dios: debemos dar pasos encaminados a la unión con Dios. Quizá por eso el salmista nos anima más adelante a que cuando Dios nos pida que escuchemos su voz, entonces “considero tus decretos y odio el camino de la mentira”.
No seguir lo que Dios nos pide en cada cruce de caminos, optar por la senda que nos aleja de El, es alejarse de la Verdad. De ahí que termine este salmo responsorial: “detesto y aborrezco la mentira, y amo tu voluntad”.
Pidamos al Señor que esa lámpara que es la Palabra de Dios guíe siempre nuestros pasos, de modo que cuando nos encontremos en bifurcaciones, en cruces de caminos en nuestra vida de fe, de moral, esa lámpara divina nos muestre con toda claridad, ilumine nuestra mente para elegir la senda del bien.

¿SANTO YO?

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Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18, 2-3. 4-5 ; san Mateo 9, 9-13

“Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados”. No deja de ser impresionante a lo que San Pablo nos anima en su carta a todos los cristianos hoy: que andemos conforme a lo que “pide la vocación” a la que hemos sido convocados. Ser cristiano responde a una vocación. Este término –vocación— lo hemos ido reduciendo, con el paso del tiempo a la vocación sacerdotal, a la vocación religiosa; es decir, a una llamada especial a la que, ciertamente no están llamados todos, sino aquellos a los que Dios de un modo específico ha querido conducir por un camino que no es para todos, por ejemplo a los hombres que les da (así lo decimos) “la vocación” religiosa, o más concretamente decimos que Dios “le ha llamado a Carmelita”, o a Jesuita o a Misiones.
El Concilio Vaticano II volvió a dar el mismo sentido del que nos habla San Pablo: que nos portemos como “pide la vocación a la que habéis sido convocados” y esa vocación, esa llamada –del vocablo latino “vocatio”, llamada— es referida, claramente a todos los cristianos, pues no hay todavía entonces ninguna fundación suscitada por Dios dentro de su Iglesia.
A todos nos llama Dios a ser santos, eso es lo que recuerda el Concilio Vaticano II. Por eso en documentos posteriores de la Iglesia se habla también, por ejemplo, de “vocación matrimonial” porque también quien en su caminar por la tierra, dirige o encauza sus ansias de amar hacia la otra persona que se convertirá en su esposa o marido, al igual que, pongamos por caso, un sacerdote encamina su amor directamente hacia Dios, está también llamado o llamada a la santidad.
Por eso a todos nos ruega el Apóstol, hablando de parte de Dios, a que “andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados”. Andar como deben andar los que son llamados por Cristo, quiere decir: “sed humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz”. Pues ya se ve que estas peticiones que nos hace San Pablo no son “específicas” de una vocación religiosa o sacerdotal.
Pero debemos fijarnos en el versículo siguiente de la carta de San Pablo en el que a todos –cada uno según su camino—, nos pide que seamos “un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados”. En definitiva, que cada uno vaya por su camino, pero “a cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo”. Jamás olvidemos semejante responsabilidad en la que estamos incluidos todos… absolutamente todos.

EL CIELO EN LA TIERRA Y EN EL “CIELO”

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Proverbios 3, 27-34; Sal 14, 2-3ab. 3cd-4ab. 5 ; san Lucas 8, 16-18

“El Señor aborrece al perverso, pero se confía a los hombres rectos; el Señor maldice la casa del malvado y bendice la morada del honrado; se burla de los burlones y concede su favor a los humildes; otorga honores a los sensatos y reserva baldón para los necios”.
A veces pensamos que el Señor, si somos buenos, nos tiene que colmar, por ejemplo, con dinero, o con que todo el mundo nos aprecie o nos quiera, o que en el trabajo todo nos salga bien, porque “yo voy a Misa” o porque “yo rezo el Rosario o ayudo a los necesitados”. El libro de los Proverbios nos dice que al “perverso” el Señor lo “aborrece”. O que “maldice” al malvado”. Quizá algunos, al leer esto, les entra “la risa tonta”: ¿Y a mi que me importa que el Señor aborrezca o maldiga? Eso no sirve para nada. El hombre práctico, el hedonista, para el que solo vale lo que toca, lo que ve, las palabras, las bendiciones o maldiciones, se las lleva el viento: “tú pásalo bien y tira “pa’ lante”.
En los Proverbios se nos dice que “bendice la morada del honrado”, o que si luchas por no ser soberbio –la actitud que manifiestan los que renuncian a su fe— si eres “humilde” nos dice, El, entonces, te “concede su favor”
Pienso que estas palabras de la Sagrada Escritura son muy oportunas para reflexionar acerca de que no tiene por qué haber una relación causa-efecto, entre mi conducta buena y un premio “inminente” de Dios confirmando además, delante de todos, que soy bueno. Esto no sé si te sorprende, pero no es así. El Señor nos ha prometido el Cielo en dos sitios, o de dos modos distintos, mientras estamos aquí, en la tierra. Nos promete –la paz interior, la concesión “de su favor”, “bendice la morada del honrado”, “otorga honores a los sensatos”–; y después, en lo que podríamos llamar en el Cielo-Cielo nos promete: lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por mente humana, con tal de que le amemos.
No es verdad que para los que viven su fe, es decir, los que luchan por vivir en gracia de Dios y si, como es lógico, cometen errores, reciben el premio después, cuando se mueren; pero, aquí, en la tierra, lo pasan fatal. Es como si a uno se le presentara esta disyuntiva: o feliz en la tierra, pero te quedas sin cielo, o a sufrir en la tierra, si quieres ir al cielo. Esta disyuntiva es falsa, porque no hay mejor cielo en la tierra que aunque tengas dificultades, económicas, o físicas o de comprensión de los demás, te sepas amado, querido por Dios, y esto sólo es posible viviendo en la gracia de la fe. Y del mismo modo, podríamos decir que no hay peor infierno, aunque aquí tengas “todo lo que desees”, te adore todo el mundo, y te suban el sueldo cada mes, que no tener la gracia de la fe, es decir, el saber cuál es el sentido de tu vida, lo que da razón total y final a tu existencia. Por eso, para el cristiano hay un cielo -tierra y un cielo-cielo

MEJORAR LA MARCA OLÍMPICA

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Amos 8, 4-7; Sal 112, 1-2. 4-6. 7-8 ; Timoteo 2, 1-8; san Lucas 16, 1-13

“Querido hermano: Te ruego, lo primero de todo, que hagáis oraciones, plegarias, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que ocupan cargos” Esta es la recomendación que para este domingo nos propone la Iglesia de la mano de san Pablo. El texto es clarísimo y pide, en esencia, rezar por los que nos gobierna. Al leer esto hoy, hay que preguntarse ¿rezo yo habitualmente por los que gobiernan mi patria, mi comunidad, mi ayuntamiento? No tiene que ver el signo político que tengan. Sí importa el modo más o menos cristiano que tengan de solucionar los problemas de la sociedad, de los seres humanos que van a recibir sus leyes. Pero cuando menos cristianos sean los gobernantes del país, más –no menos—tendremos que rezar.
Existe una reacción natural que es la contraria: cuando más se oponen los gobernantes a lo religioso, por ejemplo, si se oponen a las clases de religión, lo primero que puede venir a nuestra mente es el insulto, la descalificación. Esa reacción por ser primaria sería disculpable…los tres primeros minutos; pero no se puede mantener y, hay, además que pedirle a Dios que nos ayude incluso –como se hace en las olimpiadas—“a mejorar la marca”, a bajar los minutos en los que no vivamos la caridad con el prójimo. En esa olimpiada sí que debemos participar todos y, seguro que nos animaría a ello San Pablo que ejemplos nos pone también de correr en la carrera y llevarse el galardón.
Esto que estamos ahora considerando no es equivalente a que llamemos bueno a lo que es malo.
Una cosa es respetar al gobernante que se comporta inmoralmente, abusando de su poder para poner leyes que vayan en contra de la voluntad de Dios, esto es, contra el cristianismo, la Iglesia en cuanto depositaria de esas verdades –no es lícito (no para la Iglesia, sino para Dios, si lo es para la Iglesia es porque lo es para Dios) las leyes a favor del aborto, de las relaciones homosexuales (no hablemos ya de “matrimonios”), el fomento de la promiscuidad sexual (facilitar píldoras del día después, por ejemplo), etc, y otra cosa es luchar contra las medidas que esos gobernantes dan e inducen al ser humanos a alejarse del bien común y de la ley de Dios: contra esto segundo, cada cristiano tiene la responsabilidad de actuar, cada uno desde su posición, –si es político desde su parlamento, si es periodista desde su medio de comunicación, si es padre, explicando a sus hijos, etc—sin violencias, pero con claridad y con todas sus fuerzas.
Al decir “todas sus fuerzas” insisto que nunca el cristiano deberá asociar estas “fuerzas” con armas o violencias físicas o verbales, sino, con aquellos medios legítimos, legales que tiene a su alcance, siendo el primero de todos la “fuerza de la oración y el sacrificio”, y luego, escribir, manifestarse, etc.
Y ¿sabéis porque hemos de elevar oraciones, plegarias y súplicas como te decía nos pedía San Pablo por nuestros gobernantes, pues él mismo nos contesta a continuación “para que podamos llevar una vida tranquila y apacible, con toda piedad y decoro”. Y añade algo San Pablo que no deja de ser atrevido sino lo miráramos con los ojos de la fe, porque: “eso es bueno y grato ante los ojos de nuestro Salvador, Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.

¿Y SI NAZCO ENTRE ESPINOS?

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Corintios 15, 35-37. 42-49; Sal 55, 10. 11-12. 13-14 ; san Lucas 8, 4-15

Es San Lucas el que ha recogido para todos nosotros una parábola del Señor que nos llena de agradecimiento a Dios por la claridad con que se nos dice las cosas, y por la fidelidad con que sus discípulos recogen sus enseñanzas: “salió el sembrador a sembrar su semilla”. Este inicio, para quienes le escuchaban les situaba en medio de su trabajo habitual; vendría a ser como si ahora el Señor iniciara una parábola diciéndonos: “salía un ama de casa a comprar”. Lo que hemos oído en el Evangelio del día de hoy, aunque viene con ejemplo campestre, lo entendemos perfectamente.
La semilla que cae al “borde del camino”, la que cae en “terreno pedregoso”, la que cae “entre zarzas”, la que cae, finalmente “en tierra buena”. El Señor nos habla de cuatro tipos de almas. Fijaros que ya no habla al menos de cuatro modos de responder a la fe. Al leer esta enseñanza del Evangelio, en que “yo no tengo culpa alguna porque es que soy tierra entre zarzas, o estoy en un ambiente totalmente pedregoso y, ¡pobre de mi! no puedo dar más de lo que doy porque ‘de donde no hay no se puede sacar’”; o lamentos o excusas similares. Esto no es así. Es cada uno en la vida lo que –ciertamente con la ayuda de Dios—, lo que quiere ser en el ámbito espiritual.
Puede ser que uno haya querido ser médico y no lo haya conseguido, pero esto no es imprescindible para alcanzar la vida eterna; sin embargo, si es necesario –el Señor nos lo reclama a todos— ser santos, “santos como mi Padre celestial”, dirá en otra ocasión el Señor, es decir, tierra buena donde pueda fructificar la palabra de Dios, es decir, la fe; o dicho con palabras de Jesús en este mismo Evangelio de la Misa de hoy: “Los de la tierra buena son los que con un corazón noble y generoso escuchan la palabra, la guardan y dan fruto perseverando”. Y esto sí es exigible para todos nosotros, tener un corazón noble y generoso, escuchar la palabra de Dios y guardarla o, que es lo mismo, la ponen en práctica.
De este Evangelio de hoy aún podemos sacar otra enseñanza. Los discípulos al parecer no entienden qué es lo que ha querido decir su Maestro con esto de la semilla, “entonces le preguntaron los discípulos ¿qué significa esa parábola?”. Esta actitud de los discípulos también es para nosotros una lección de humildad: no pasa nada por preguntar lo que uno no sabe, acudir a quien tu pienses que te pueda ayudar a resolver el problema que tengas, y que haga relación a alguna verdad de fe, alguna enseñanza del Magisterio de la Iglesia, a algo que no hayas entendido en una homilía en la Misa del domingo. Quizá puedes, al terminar, acercarte a la sacristía y ver el momento más oportuno para ti y par el sacerdote para que nos “explique la parábola”.

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