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¡¡¡ES POSIBLE!!!

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Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Sal 55, 2-3. 9-10. 11-12. 13 ; San Marcos 3, 7-12

Juan Pablo II es mayor, sería una estupidez decir que está hecho un chavalín y pedirle que saltase a la comba o corriese al lado del “Papa-móvil”. Es mayor pero no está mayor, está como “un joven de 84 años”, como nos decía en Cuatro Vientos durante su última visita a España. Es mayor porque los años no pasan, se quedan pero está joven pues cree lo que dice, tiene esperanza, confía plenamente en Jesucristo, se sabe servidor de la Iglesia y cauce de reconciliación, quiere mostrar al mundo a su único amor: Dios encarnado en las entrañas de María.
Sé que puede resultar petulante hablar así de alguien, pero me permito la licencia y tengo la confianza de quedarme muy corto. El Papa confía en la unión de las Iglesias y no cejará en ello, derrochando esfuerzo y cariño por acercarse a los hermanos de otras confesiones pues sabe que la tarea, imposible para el hombre, es posible para Dios que cambia los corazones. Sabe que Cristo atrae a multitudes “de Galilea, de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de la Transjordania y de las cercanías de Tiro y Sidón”, del mundo entero. Sabe que hasta los que tienen el “espíritu inmundo” y parecen insalvables, si se encuentran con Cristo gritarán: “Tú eres el Hijo de Dios”. Esa confianza en el hombre y en la acción de Dios le llevan a dar la vida hasta el último aliento, a hacer como Jonatán y hablar al Rey del universo del hombre para salvarle. Si Jonatán hubiese dicho a David: “Has ofendido a mi padre, escóndete, vete a otra tierra, olvida tu pasado y escoge otro rey que cualquiera se enfrenta a mi padre que está muy ofendido” lo hubiera hecho por cobardía y hubiera traicionado a su amigo David. Si el Papa “tirase la toalla”, si sólo se dirigiese a los católicos fieles, si tuviese miedo a enfrentarse al mundo entero, habría traicionado al hombre, habría traicionado a la Iglesia, habría traicionado a Cristo.
Tú y yo no somos el Vicario de Cristo (espero), no tenemos grandes responsabilidades públicas ni salimos a diario en los periódicos y seguramente no nos escuche mucha gente pero nuestra responsabilidad no es menor. “En Dios confío y no temo” repetimos en el salmo de hoy. Léelo despacio, saboréalo, compáralo con tu vida y comienza tu trabajo cotidiano. Pon todo tu empeño, ofréceselo al Señor por la Iglesia, por la unión de los cristianos, por los enemigos de Dios y de la Iglesia, por los que viven como si no tuviesen fe y por los que lucharán hoy denodadamente por no perderla. Pon personas concretas, caras con nombre y apellidos, a tu esfuerzo por hacer bien lo que tienes que hacer, a los sinsabores y maledicencias que hoy tengas que aguantar; pídele al Espíritu Santo que digas esas palabras que tienes que decir en un momento concreto del día y hazlo “con acción de gracias”. Entonces estarás trabajando tanto como el Papa por la unión de los cristianos, y el Santo Padre sabrá que no está solo, que cuenta contigo y conmigo para que, junto con María, esta humanidad sea también joven, joven como Cristo, “el mismo ayer, hoy y siempre”.

LOS EXTREMOS SE TOCAN

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Samuel 17, 32-33. 37. 40-51; Sal 143, 1. 2. 9-10; San Marcos 3, 1-6

Un extremo:“Anda con Dios”, le dice Saúl a David antes de enviarle para lo que creía una “muerte cierta”. “Anda con Dios” le dice el que había “rechazado al Señor” y había sido por Dios “rechazado como rey”. Parece mentira cuantas veces usamos el nombre de Dios a lo largo del día (cada vez que decimos “adiós”) pero sin concederle crédito.
Otro extremo: “Se quedaron callados”, los vigilantes de la letra son incapaces de escuchar a la Palabra y les da tanta rabia que también quieren mandarle a una “muerte cierta”: “se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él”.
Seguimos pidiendo por la unidad de los cristianos. Hay dos extremos que impiden el acercamiento entre los que reconocemos a Cristo como Salvador y Señor porque lo que hacen es enviar los intentos de unión a una “muerte cierta”.
Por un lado están los que usan el nombre de Dios sin confianza, en el mundo todo les parece repleto de filisteos enormes y sanguinarios, infranqueables para sus fuerzas y, como no confían en Dios –pues no le tratan- ven la batalla perdida. Son los que habitualmente no van a Misa mas que de vez en cuando pero aprovechan para criticar al sacerdote pues ellos hubieran predicado mejor y celebrado con más unción; no rezan diariamente pero critican a las viejecillas de las iglesias como “beatorras” y la piedad popular como supercherías; son incapaces de declarar su fe en público o con sus actos pero se declaran entendidos en “materia religiosa” pues fueron monaguillos de pequeños, son los que les gustaría que los “filisteos” fueran pequeñitos, cabezones y gafotas para derrotarlos ellos solos pues en Dios no se puede confiar.
Por otro lado están los que son “mas papistas que el Papa”, todo les parece mal y sólo ellos tienen razón. No examinan su vida sino la de los demás; no piden perdón de sus pecados sino de los del vecino; la Iglesia va muy por detrás de ellos en cuanto a virtud y sólo ellos son el paradigma de la ortodoxia; rezan pero sólo para ellos y sus asuntos, una oración que acaba siendo en vez de un diálogo con Dios una auto-justificación de sus actos: cuando alguien les corrige le hieren o le hacen el vacío, cuando descubren una virtud en otro que ellos no tienen la convierten en defecto.
En el fondo son iguales unos a otros. “Echando en torno una mirada de ira, y dolido de su obstinación, …”, pocas veces vemos a Jesús con ira, pero sale airoso para dar la vida por ti y por mí. Tú intenta ser como David, muy pequeño comparado con los problemas que nos rodean pero ve hacia ellos “en nombre del Señor” y con las pequeñas piedras de tu fidelidad diaria vencerás los obstáculos más insalvables. Tú intenta ser como el hombre con parálisis en el brazo, aunque el ambiente “se pueda cortar” si Cristo quiere que extiendas el brazo, extiéndelo y él hará el resto. Cuando seamos humildes seremos ecuménicos pues no habrá barrera, dificultad, ambiente adverso, criterio personal o social que Cristo no pueda superar por nuestro medio. María, madre mía, ayúdame a confiar más.

EL PICOTEO.

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Samuel 16, 1-13; Sal 88, 20. 21-22. 27-28 ; San Marcos 2, 23-28

“¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre?”, esta frase del evangelio de hoy me hace pensar que Jesús no hablaba sin motivo, no perdía el tiempo en discusiones vacuas y cortaba rápidamente las interminables disquisiciones de fariseos, ancianos y doctores de la ley. Cuando leemos este evangelio en seguida nos quedamos con la frasecita “el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado” y le damos vueltas y vueltas como una noria descontrolada. Está muy bien, es Palabra de Dios, pero repitamos la primera frase del comentario de hoy: “¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre?”. Cuando Jesús pone este ejemplo sería seguramente porque los discípulos y el mismo Señor se veían faltos y con hambre y, picoteando espigas, engañaban al estómago. ¿Has pensado alguna vez la dureza de la vida de Cristo y de los que le seguían?, “las zorras tienen madrigueras, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. Cuando se ve una película de la vida de Cristo o se lee someramente el Evangelio parece que esperamos lo trágico, patético, triste y doloroso para el final, lo posponemos para la pasión donde todos (casi) huyen, pero ¿y antes?: Imagínate caminatas bajo el sol abrasador, noches gélidas al raso, días de mucho y vísperas de poco, escuchar peticiones y súplicas de los desheredados, enfermos, endemoniados, aguantar el desprecio de los satisfechos, muchos días añorando épocas pasadas tal vez más cómodas o con más seguridades pero, a pesar de todo, … “¿A dónde iremos, Tú tienes palabras de vida eterna?”.
Cuando un domingo, después de Misa, sabes que te espera una buena comida en casa y sales con la familia y los amigos a tomar un refresco y te ponen una tapita, y luego otra y luego invita el amiguete, y como hablábamos de algo tan interesantemente intrascendente, pasan las horas y llegas a casa harto de patatas fritas, panchitos y sardinas de lata en aceite acabas por no hacer aprecio de la comida que tenías preparada y pierdes la oportunidad de escuchar a tus hijos, o comer con tus padres, por perder el tiempo haciendo apuestas sobre cuál será el próximo fichaje del Madrid o el traje que lucirá Dª Leticia (con “z”) en la boda. Si la comida de ese día fuera la única caliente que haces a la semana y encima con tan buena compañía, no perderías el tiempo comiendo boquerones. Dicen que el hambre es el mejor condimento; pues bien podríamos decir que la fe ardiente, las ganas de conocer al Maestro es el mejor aliño para la vida del cristiano.
Necesitar a Cristo, necesitar a Dios Padre y su Espíritu Santo une, no divide. No se te olvide que estamos en la semana de Oración por la unidad de los cristianos. Cuando quieres hacer fácil el camino para seguir a Cristo te quedas con los amiguetes hablando de lo que separa. Cuando intentas, con todas tus fuerzas, a pesar de las dificultades, seguir a Cristo descubres todo lo que nos une. A María, tu madre y mi madre, una espada le traspasó el alma.

EL PEOR ROTO.

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Samuel 15, 16-23; Sal 49, 8-9. 16bc-17. 21 y 23 ; San Marcos 2, 18-22

Hace ya unos años, en esta misma semana de oración por la unidad de los cristianos, me tocó acompañar a un Pastor protestante hasta su casa. Por el camino hablamos de ecumenismo, cómo llevar a la plena comunión a las distintas Iglesias. Su respuesta fue bien clara y contundente: “Si queremos entendernos un día, yo tendré que intentar ser el mejor y más coherente protestante y tú el mejor y más coherente católico.”
Muchas veces se ha presentado el ecumenismo como una especie de pastiche de religiones para buscar “puntos comunes” que no molesten a nadie, a fin de cuentas “vino nuevo en odres viejos” y, al final, ni vino, ni odres, ni fe, ni Cristo, ni Iglesia, ni nada de nada. Podremos decir como Saúl (incluso con cierto tonillo de indignación): “¡Pero si he obedecido al Señor!”, si he renunciado a ciertas partes de la fe, si no he tenido en cuenta algunos aspectos de la moral, si he rebajado mi vida de hijo de Dios ha sido para “ofrecérselo en sacrificio al Señor, tu Dios”, para que no me tomasen por intolerante, para que les agradase más el seguimiento- aunque sea de lejos- de Cristo, para que a los demás les fuese más fácil seguir el evangelio (o por lo menos algunos trozos), para…(ponga aquí todas las excusas que se le ocurran). A Saúl le costó la corona, a muchos les ha costado la fe, queriendo remendar un roto han dejado “un roto peor”.
¿Cómo vas a trabajar hoy por la unidad de las Iglesias?. Procurando ser “el mejor y más coherente católico”, viviendo intensamente la fe que has recibido en el bautismo y sintiéndote íntimamente unido a tu madre la Iglesia, sin falsedades.
¿Quién no tiene hoy un teléfono móvil? (No he preguntado a quién le hace realmente falta que sería muy distinto). Pues bien, hace unos años, cuando no eran tan frecuentes y las llamadas eran caras, un hombre se paseaba por la estación de Santa Justa, arriba y abajo, hablando por su teléfono celular y alardeando con su pose de su preciada posesión. La conversación- paseo arriba, paseo abajo- duraba ya más de tres cuartos de hora cuando en el andén una mujer sufre un infarto. En seguida alguien reaccionó y se acercó al hombre del móvil en ristre para que llamase a una ambulancia. Cuál no sería la sorpresa de todos al descubrir que el teléfono que llevaba en la mano era de juguete y que era incapaz de comunicase con nadie. Vanidad de vanidades. Si quieres hacer algo por la unión de las iglesias no alardees de ecuménico, que seguramente se quede en nada, en un teléfono de juguete, siéntete orgulloso de tu fe, vívela con pasión, con fidelidad, reza más, entrégate más, ama más, únete más a María tu madre y madre de todos, que te vean alegre, generoso, optimista, que no haces “teologías en el aire” sino que vives lo que has aprendido en la Iglesia, con dificultades y con luchas, pero con la felicidad de la fidelidad. Entonces estarás haciendo algo realmente efectivo para la unión de todos los que creemos en Cristo.

LO QUE DIOS HA UNIDO…

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Isaías 62, 1-5; Sal 95, 1-2a. 2b-3. 7-8a. 9-10a y c ; Corintios 12, 4-11; San Juan 2, 1-11

Ser sacerdote me posibilita asistir a muchísimas bodas. Bodas multitudinarias- de más de quinientos invitados-, bodas pequeñas con cinco o seis invitados, bodas opulentas con cientos de detalles en su preparación, bodas sencillas, bodas ruidosas y bodas silenciosas, bodas alegres e incluso bodas tristes por el fallecimiento cercano de un familiar, bodas con bautizo de los hijos, bodas de blanco, bodas con Misa y bodas sin Misa, bodas con algún no católico y bodas de recién bautizados (de adultos, por supuesto). La gama es enorme y casi se pueden dar todo tipo de posibilidades de combinación de los dos elementos (hombre y mujer, naturalmente). En cualquier caso todos coinciden en que es para ellos un día especial.
¿Cómo sería la boda a la que asistió Jesús y su madre en Caná de Galilea?. No sabemos si serían de su familia, amigos, clientes agradecidos del taller de José… sí podemos adivinar que fue para ellos un día muy intenso de emociones y que no se enteraron (parece mentira cómo se repite tantas veces la historia) de que entre sus invitados –cantando, comiendo, bailando, felicitándoles- estaba el Redentor, el Mesías esperado y su madre santísima.. Me gusta meditar que el primer milagro de Jesús no ocurrió públicamente como muestra de su poder infinito, ni impresionó más que a unos pocos que se enteraron, ni buscó un efectismo espectacular sino que fue por obedecer a su madre y por servir a un hombre y una mujer que se unían en matrimonio y que seguramente casi no repararon en su presencia. No vamos hoy a comentar nada del matrimonio humano (tiempo habrá) sino de otra unión indisoluble que el hombre también se empeña en disociar, la de Cristo con su única Iglesia.
Comienza hoy la semana de oración por la unión de los cristianos. Seguramente no sea primera plana en los periódicos ni le dediquen dos segundos en televisión, pero a pesar de parecer condenado al ostracismo tendremos que decir con Isaías: “Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré”. Me duele la división en la Iglesia, me hace daño que los que llamamos a Cristo “el Señor” estemos divididos, hayamos vuelto a romper- como al pie de la cruz- la túnica inconsútil de Cristo, hagamos pedazos su cuerpo y no nos duela no trabajar lo suficiente por volvernos a unir. A lo mejor desde España nos parece un problema pequeño o distante, pero católico significa universal y es por ello un problema acuciante, que nos urge a ponerle entre todos solución porque no podemos echarlo en el olvido. Esta semana nos centraremos en la unidad pues es cierto que “hay diversidad de dones, pero un mismo espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos”. ¿Qué podemos hacer tú y yo?. Escucha a nuestra madre María: “Haced lo que él diga” y proponte pedir al Señor por la unión de las Iglesias todos los días, mira a los cristianos como si fuese ese matrimonio de amigos queridos que-por tonterías- se han separado y no son felices, todos sufren y quieres poner todo de tu parte para que vuelvan a ser felices, para que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre por muy cabezota que sea. Si damos pasos para la unidad de las Iglesias entonces “crecerá la fe de sus discípulos en él” y será más fácil que el mundo crea.

LOS ELEGIDOS.

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Samuel 9, 1-4. 17-19; 10, la; Sal 20, 2–3. 4-5. 6-7 ; San Marcos 2, 13-17

Saúl sale de su casa a buscar unas burras extraviadas y regresa como rey de Israel. Ya podría volver triunfador de una batalla, como un gran sabio, descubridor de algún invento innovador, como gran empresario del mundo antiguo, descubridor, poeta o filósofo, pero…, fue a buscar unas burras y volvió como rey.
Así son los elegidos de Dios, no son los que el mundo aplaude, aclama, vitorea y luego- habitualmente-, olvida. son los que Él quiere para que le sirvan: “te basta mi gracia”. Es cierto que Dios da su gracia a quien la necesita y está dispuesto a ser fiel y a poner en juego su vida, pero la gracia de Dios basta para cumplir la misión encomendada. Conozco a algunos de los que ahora se llaman “Directores de Recursos Humanos” -(los RR.HH.)-, y me dicen que ciertamente no es una labor fácil. Saben que de su decisión depende el futuro de una persona y, en muchos casos, de una familia. Saben que les enseñan la “cara” que quieren ver y que, en la mayoría de los casos, se inflan los currículos y sólo el tiempo dirá de la dedicación y sabiduría de una persona para un cargo determinado. Saben que después de un tiempo de formación y de inversión en una persona puede marcharse a otra empresa y convertirse en la competencia, por lo que hay que pagar generosamente su fidelidad.
Pienso que si Dios se presentase a director de RR. HH. se le despediría enseguida, sería el hundimiento de la empresa en unos pocos meses. ¿Cómo actúa Dios con sus elegidos?, ¿cómo ha actuado Dios contigo y conmigo?, ¿cómo actuó con Saúl, Mateo, Pablo. Pedro, Ignacio, Teresa, Francisco, …?. Todos somos los elegidos de Dios: “no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”, algo incompresible si no hacemos como San Mateo: “Se levantó y lo siguió”. A nuestro Señor no le hacen falta currículum-vitae para darnos su gracia y mostrarnos que somos sus elegidos, nos pide tan sólo la humildad de reconocerle y, por eso, quererle, y queriéndole, seguirle. Así, al seguirle nos conoceremos a nosotros mismos y percibiremos el amor que nos tiene.
Se ha puesto muy de moda la “autoestima”, es decir quererte porque sí. No es que sea nada malo, de hecho ayuda a muchos, pero, sinceramente, prefiero hablar de la “teoestima”, quiérete porque Dios te quiere, apréciate a ti mismo como aprecias al más pecador del mundo (pues Cristo murió por él y por ti), y aún sabiendo que en cualquier momento puedes fallar, “abandonar el primer amor” y convertirte en aquello que ahora más odias, siempre podrás volverte a tu Padre Dios en la confesión y saber que estás enfermo porque hay sanación para tu mal, te has caído pero puedes levantarte y volver a caminar, los demás (como a Leví, el de Alfeo) te juzgarán, pero Jesús tiene una palabra de aliento para ti. Quizá muchos piensen que has ido a buscar “burras perdidas” pero tú sabes que has encontrado la Salvación. María, madre mía, que nunca sea sordo a las palabras de cariño de Dios que- aunque exigentes-, me hacen ser yo, me hacen ser tuyo.

QUE BUEN VASALLO…

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Samuel 8, 4-7. 10-22a; Sal 88, 16-17. 18-19 ; San Marcos 2, 1-12

De ese gran personaje de nuestra historia que fue Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid (del que últimamente se hacen hasta películas de dibujos animados) ha quedado en nuestra memoria una frase de estas “antológicas”:, ¡Oh Dios, qué buen vasallo si tuviese buen Señor! Las tramas y las traiciones de la Corte consiguieron poner en su contra al rey Alfonso VI por el que había dado su vida. Había mostrado todas sus habilidades y puesto en riesgo su vida para defenderlo a él y a su reino, pero fue desterrado injustamente.
El Cid no pudo elegir señor, su fidelidad mandaba, era un caballero no un mercenario o soldado de fortuna. En la lectura de hoy el pueblo de Israel pide un rey a Samuel rechazando al Señor, su Dios. Samuel no les pinta nada bien el panorama, les intenta explicar que los deseos de un rey humano serán caprichosos, que se moverá muchas veces por la codicia o el afán de poder, que abusará de ellos y sus posesiones e incluso les dice: “vosotros mismos seréis sus esclavos”. Ante un futuro así cualquiera pensaría aquello de “Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy” pero no, la motivación del pueblo es poderosísima “Así seremos nosotros como los demás pueblos” y hacen oídos sordos a los avisos de Samuel. Por lo tanto, el Señor les concede lo que piden: “Hazles caso y nómbrales un rey”. Parafraseando a los burgaleses del Cantar del Mío Cid podríamos decir ¡Oh Dios, que buen Señor eres si tuvieses buen vasallo!.
Leyendo hoy la lectura podríamos pensar: ¡Qué torpes y necios los israelitas, qué mal eligieron, cómo se equivocan…!. Pero mira tu vida sinceramente, ¿cuántas veces actuamos para ser igual a los demás aunque sea rechazando a Dios?, ¿Cuántas veces nos dejamos llevar por el qué dirán sin acogernos a Dios?, ¿cuántas veces podemos pensar a posteriori: “¡qué torpe y necio fui, que mal elegí, cómo me equivoqué…!. Es la historia del pueblo de Israel y cada una de nuestras historias, nuestra infidelidad y falta de gratitud frente a la cercanía compasiva de Dios que nos quiere.
Lo peor de equivocarse no es creérnoslo (habitualmente todos nos damos cuando nos hemos equivocado) sino reconocerlo ante los demás y ante Dios. Muchas veces necesitamos ayuda como el paralítico del evangelio de hoy. Para el paralítico hubiera sido muy difícil llegar hasta Jesús y mucho más ante un gentío que se agolpaba a la puerta de la casa, a él sólo le parecería imposible arrastrase a través de tantas piernas y la multitud le aplastaría aun sin quererlo. Era una verdadera “misión imposible” que ni Tom Cruise podría superar. Pero allí estaban esos cuatro amigos, las dificultades se allanan, lo que parecía un muro infranqueable se convierte en trampolín que le acerca a la salvación, la altura que nunca alcanzaría arrastrándose con sus manos le desliza ahora frente a frente al Maestro.
Claro que allí también se encuentran los “torpes y necios” que no saben elegir a su Señor, escucharían a Jesús por curiosidad o para ponerle alguna trampa pero sin prestarle atención, preferían seguir esclavos de sus tradiciones que escuchar al que es la Palabra de Dios. Pero Dios, compasivo y misericordioso no les niega el presenciar el milagro de la curación del alma y del cuerpo. Una oportunidad más para reconocerle como Dios y Señor. Tú y yo somos muchas veces paralíticos y necesitamos la ayuda de un director espiritual, de un buen amigo para no elegir a otro rey que no sea Dios. Tú y yo somos amigos de muchos paralíticos, con María y con cariño les ayudaremos a llegar hasta Cristo, hasta su salvación. ¡Oh Dios que buen Señor, yo quiero ser fiel vasallo!.

A QUIEN MADRUGA…

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Samuel 3, 1-10. 19-20; Sal 39, 2 y 5. 7-8a. 8b-9. 10 ; san Marcos 1, 29-39

“(Jesús) se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar”. ¿No te has preguntado alguna vez cuál era la fuerza que movía a Jesús, que le hacía vivir jornadas intensas (ir a la sinagoga, curar suegras y demás enfermos, expulsar demonios, enseñar, ponerse en camino…) llenas de actividad, volcado en los demás, al servicio de todos y esa fuerza es la oración? Qué iluminadora es la frase del Evangelio.
La oración nos cuesta casi siempre, Santa Teresa nos lo dice repetidamente en sus obras: “En la oración pasaba gran trabajo”, pero sin oración sí que nos costará trabajo hacer lo que hay que hacer en cada momento.
Cuando hacemos un rato de oración hay que intentar poner toda nuestra vida en juego delante de Dios. Que no te ocurra como aquellos dos jóvenes seminaristas que tenían que estudiar en verano. Procurando sacar más horas de estudio (y con tiempo para ver la vuelta ciclista en aquellos tiempos de Induraín) decidieron poner un rato de oración justo después de comer. Dicho y hecho, después de una buena comida, un corto paseo hasta la parroquia y media hora sentados delante del sagrario, bajo los efectos de ese sopor que provoca el demonio meridiano, acariciados por los treinta y tantos grados de temperatura exterior, no tardaron en oírse leves y acompasados ronquidos. Al acabar el tiempo previsto de oración uno le preguntó al otro: “¿Qué tal la oración?, a lo que le respondió: “Estupendamente, yo a lo mío y Dios a lo suyo”.
Ciertamente todos tenemos muchas cosas que hacer, no es fácil madrugar día tras día y peor se le pone a uno la cosa si, como Samuel, te despiertas varias veces en la noche, pero no podemos dejar para el Señor el peor tiempo del día. Seguramente tampoco el mejor pues tendremos que trabajar, pero no lo dejes para “mas tarde”, porque el “después” podría convertirse en “mañana” o “nunca”. Muchos me dicen “yo rezo en la cama”. Seguramente el inventor de la cama esté en el cielo pero no por su gran devoción sino por un invento tan útil para la humanidad. La cama es para dormir y aunque es muy bueno acostarse rezando no es bueno que sea tu reclinatorio, tu capilla y tu lugar predilecto de encuentro con Dios.
Levántate, ofrece el día al Señor y después de una buena ducha o un buen desayuno busca un sitio tranquilo – mejor una iglesia- para hablar con tu padre Dios. Ya vendrán a molestarte más tarde, como al Señor los apóstoles, y tendrás que ponerte a trabajar pero con las pilas bien cargadas del amor de Dios. Luego a lo largo del día busca momentos – aunque sean breves-, para dirigirte al Señor y a tu madre la Virgen, búscale en la Eucaristía, llena tu día de Dios. Cómo me conmueven los relatos de personas en países de misión que cuentan las caminatas que se dan para asistir a la Santa Misa, o de aquellos otros con una gran responsabilidad en su trabajo que siempre sacan un hueco para asistir al Santo Sacrificio. “Habla, Señor, que tu siervo escucha” y quiere escucharte, ponte en caminos de oración y para terminar también con Santa Teresa: “No es menester fuerzas corporales para ella, sino sólo amar y costumbre; que el Señor da siempre oportunidad si queremos”. Con María a orar y trabajar.

LOS COSMÉTICOS

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Samuel 1, 9-20; IS 2, 1. 4-5. 6-7. 8abcd ; san Marcos 1, 21-28

Siempre me ha asombrado la cantidad de productos de belleza, cosméticos, maquillajes, cremas, mascarillas y demás potingues que se venden (y se compran) y ahora tanto para los hombres como para las mujeres. En los cuartos de baño hay verdaderos ejércitos de tarros, botes, envases para una cantidad de usos en los que espero que el Señor me mantenga en la ignorancia. La lucha contra la arruga, la espinilla, la calvicie, las ojeras y los puntos negros es un frente abierto de lucha por la mañana, la tarde y la noche, despiertos o dormidos.
Ana no debía haberse maquillado la mañana que entró en el templo a pedirle un hijo varón al Señor. Elí pensaba que estaba borracha “devuelve el vino que has bebido”, su cara debía ser el reflejo de su “desazón y su pesadumbre”, una cara impresentable para estar en sociedad como la de tantos recién levantados que se preguntan en el baño: ¿Quién es ese que intenta mirarme desde el espejo?.
Sin embargo, Ana no asiste a un centro de embellecimiento, ni corre a comprarse cien mil frasquitos de productos varios para tapar o disimular su pena. Ana simplemente confía, se pone en manos del Señor y Elí pide por ella. Entonces ocurrió el milagro “y se transformó su semblante”, y tanto que se hizo irresistible para su marido Elcaná.
La cara es el espejo del alma, dice la sabiduría popular, y todavía no se ha inventado el maquillaje para la vida interior. Ante los desánimos, las desesperanzas, tristezas y pecados puedes intentar cubrirlos como esas mujeres que se maquillan con brocha y con espátula y que ante el calor de unos focos o un día soleado empiezan a agrietarse peligrosamente, pasando de parecer bellas a parecer leprosas porque pierden trozos de rostro ente cada movimiento facial. Para el alma sólo existe un centro de belleza, Dios, que no tapa bajo montañas de crema nuestros defectos, sino que nos restaura completamente en la confesión, que rejuvenece nuestra piel en la oración, que da elasticidad al cutis con la caridad. “Hasta los espíritus inmundos les manda y le obedecen”, ese pecado, ese defecto que tratas de ocultar y siempre vuelve a aparecer sólo se cura poniéndote en manos de Cristo que te “recrea” y te devuelve la belleza y mirada clara del hijo de Dios. Haz un propósito: no intentaré ocultar mi pecado bajo una capa de excusas, seré sincero y me fiaré del Señor pues sé que podré “gozar con su salvación” y entonces se transformará mi semblante, quien me mire no verá una montaña de cosméticos sino un rostro limpio que es el de Cristo.
María no usa limpiadores faciales, refleja en su bello rostro la belleza de Dios, del corazón enamorado, de la vida entregada, de la confianza absoluta en “Dios, mi salvador”. Acude rápido, hoy mismo, a quien puede limpiarte el alma y fíate de la autoridad de Cristo y verás cómo ya no tiene que maquillar más veces el alma.

Mayo 2017
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