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EL APÓSTOL JOVEN

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San Juan 1, 1-4; Sal 96, 1-2. 5-6. 11-12 ; San Juan 20, 2-8

El evangelio de la misa en este día 27 de diciembre nos puede dar la impresión de que está un poco fuera de contexto. Nos cuenta sucesos relacionados con la resurrección del Señor. Si hace sólo dos días celebrábamos el nacimiento del Señor, ¿cómo puede ser esto: que haya este salto en el tiempo? La liturgia de la Iglesia tiene estas cosas que son, aparentemente (tan solo en apariencia) tan contradictorias. En la Santa Misa, date cuenta de ello, celebramos al mismo tiempo la muerte y la resurrección de Cristo, que es a fin de cuentas el misterio de su entrega por nosotros, y el Papa, abundando en esta idea, nos ha recordado estos días que la Eucaristía es “la presencia perenne del Niño Dios”, Dios en medio de nosotros, con la eterna novedad de su sencillez hecha entrega al hombre.
El caso es que nos hemos topado con la resurrección en un día que nos sabe a gloria. Cuando los ángeles anuncian a los pastores que ha nacido el Salvador, cuando se abren los cielos para dar gloria a Dios y hacer que toda la creación se llene de contento, en el fondo lo que había en el ambiente era un anticipo de resurrección, una especie de “trailer” de lo que luego ocurriría con Cristo: su resurrección, como primicia de la nuestra.
Lo de gloria, en estos días, ya es curioso, nos suena más a otra cosa: a pastelillos, a esos pastelillos que vienen bien envueltos, y que al llevárselos a la boca se deshacen entre almendra y yema, dejando, ciertamente un sabor nada desdeñable. Los inventores debieron pensar que habían conseguido un bocado de la gloria que nos está destinada en el cielo (posiblemente eran más cristianos que nosotros), y quizá no les faltara razón (hay que reconocer que están ricos). El caso es que en un mundo donde los motivos navideños se evaporan, dejando su lugar a decoraciones de diseño que hay que explicar para decirle a la gente que se deje de puerilidades y sea laica, que es lo que está de moda, la gloria ha quedado para los pastelillos y para el triunfo al conseguir el balón de oro. Poco más. Ya es triste.
Sin embargo, la Iglesia nos propone este día 27 la figura de alguien que ni inventó nada de sabor exquisito, ni fue fichado por ningún equipo ante el delirio de la afición. Nos propone al apóstol benjamín del “equipo de 12”, escogido por el Señor: San Juan. Era prácticamente un adolescente cuando se cruzó con Jesús de Nazaret, pero aquel encuentro en una hora determinada que bien recordará a lo largo de toda su vida, le cambió la existencia. Y ya sólo pudo amar y sólo supo amar, enseñando a los demás a hacer lo mismo. Es tal el desbordamiento de alegría que experimenta, que sólo puede compartirlo, mira lo que dice en su carta: “eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestra alegría sea completa”. Un hombre transformado, con una juventud que no se pasó de fecha a pesar de la edad (fue el apóstol más longevo) y que quiere llevar a los demás para que aprendamos a ser jóvenes, transformados por un amor que no pasa de moda.

LA FAMILIA VERDADERA

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Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Sal 127, 1-2. 3. 4-5 ; San Pablo a los Colosenses 3, 12-21; San Mateo 2, 13-15. 19-23

El domingo después de Navidad, o sea, hoy, la Iglesia celebra la Fiesta de la Sagrada Familia. Es como si nuestra madre buena, que es la Iglesia (qué pena da que algunos la vean no como madre sino como una especie de madrastra mala de cuento), nos quisiera ofrecer, de forma resumida, todas las cosas importantes reunidas en todos estos días.
Supongo que, como todas las madres, se entera más de lo que parece y sabe que durante este tiempo estamos más sensibles y, por tanto, un poco más receptivos a todo. No es extraño, pues, que nos dé esas dosis de “esencialidades”, para que ahora que estamos más por la labor, todo eso entre mejor.
Tengo la suerte de ver en mi parroquia, como también veía en mi parroquia anterior, muchas familias que llenan las misas: vienen los papás y los abuelos, los niños (que no me molestan aunque a veces correteen por el pasillo mientras digo la homilía), y eso me parece una bendición. ¿La familia está en crisis? Pues no lo sé, quizá algunos se empeñan en problematizarla, algunos tiran de ella por un lado y por otro, como si quisieran ajustarla a su medida, como si quisieran romperla, pero no me parece que lo consigan: está hecha a prueba de bomba. La familia es una de esas cosas esenciales que vapuleada y todo, sale a flote y sabe renovarse a cada momento, como el ave Fénix.
Hoy, más que nunca, hay que pensar en la familia para comprenderla, y hay que defender a la familia para comprenderse. El hombre que quiera saber quién es no puede entenderse sin tomar a la familia como punto de referencia. El hombre se hace allí, y parte de ahí, para dirigirse, con paso firme a su fin. Si no se entiende eso, hay bastantes posibilidades de andar desorientado, y tener una visión del mundo un poco sesgada.
Hoy hay que hablar de la familia, para llenarnos de esperanza y conjurar esos nubarrones de pesimismo que, en ocasiones, también a los que la defienden se les presentan por delante intentando desanimar. Te invito a mirar a la familia que está en el Portal, a la familia que luego se va huyendo a Egipto, a la familia que vuelve a buscarse la vida en Nazaret: a José, a María y al Niño. Fíjate en ellos para llenarte de un ánimo esperanzado.
Algunos piensan que para que todo vaya bien no hay que tener problemas, que todo tiene que salir a pedir de boca, que cada uno tiene que andar satisfecho con sus deseos, y que los demás lo tienen que quererles y mucho. Eso en una familia (y, prácticamente en cualquier otro sitio), es una quimera y es un error. Para que una familia funcione hay que aprender de José y de María. José está pendiente de la Virgen y de Jesús, María está pendiente de José y de Jesús. Y Jesús está en medio sonriendo y llenándolo todo de su presencia. ¿Te parece una simpleza? A mí me parece alta teología, y algo lleno de sentido práctico. ¿Quieres que tu familia funcione? Olvídate de ti y ponte a hacer feliz a los demás. Verás como encuentras que el corazón se te llena de una alegría desbordante y aprendes algo concreto y esencial: hay más dicha en dar que en recibir, y lo grande se construye con la entrega. Es así como María y José, y Jesús en medio, hicieron de esa familia algo grande: la Trinidad de la tierra. ¿No te animas a imitar su ejemplo?

UNOS OJOS PARA MIRAR

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Isaías 52, 7-10; Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6 ; Hebreos 1, 1-6; Isaías 52, 7-10

En la parroquia algunos niños (y mayores) se han extrañado de que en el misterio que hemos puesto (de figuras grandes de madera, preciosas), falte el niño. La Virgen está con expectación, a San José se le ve contentísimo, pero el niño no está. Y me lo han preguntado: ¿dónde está el niño? Alguno se ha permitido el lujo de hacer un chiste (que a mí, claro está, no me ha gustado mucho, aunque no le he dicho nada): ¿es que el niño se ha ido a dar una vuelta?. No. Lo que ocurre es que el niño, el niño Dios nace hoy, ha nacido esta noche, en una noche de luz, y de resplandeciente gozo, y es esta noche una noche que más parece día, porque es el momento en que el niño Dios luce, como el sol bello, en el mundo, y lo hará también aquí, en ese misterio que hemos puesto con tanto cariño en nuestra parroquia.
Hasta este instante ha estado en la sacristía, reservado, como estaba en la noche de la historia, velado por un velo de deseo, con sus brazos dispuestos a abrazar y su mirada dispuesta a arrebatar el corazón, el tuyo y el mío. Algún chavalín me ha pedido que se lo acerque para darle un beso y no le he negado esa ilusión de niño, aunque todavía no es el tiempo, y me ha dado por pensar que era como una imagen de esos anhelos de todos los que, antes de su venida en Belén, estaban con esas ganas inmensas de ver al Salvador.
Escribo esto la tarde del 24 y estoy pensando ahora, haciendo mi oración, que esta noche yo estaré muy contento de tomarlo en mis brazos, con mucho cuidado, para no hacerle daño (buenos somos los hombres con nuestras manazas), y lo pondré junto al altar, junto con María y José. Será cuando estallemos de júbilo cantando el Gloria. Y en ese preciso instante, aunque nosotros nos quedáramos callados, volvería a abrirse el cielo para proclamar como un estallido de campanas, que el Salvador ha nacido, que es Dios con nosotros.
Y lo miraré con ternura. Estoy convencido de que habrá muchos ojos, sobre todo de niños, y de otros con corazón de niños, que lo mirarán con ternura, y casi casi tendrán que hacer esfuerzos para que los ojos no se llenen de lágrimas. Y brotarán del corazón, aunque no salgan a los labios, esos villancicos que son piropos de amor ante el niño Dios.
Ante un niño qué se puede hacer sino eso: niñerías. Decir esas niñerías que nos sonrojarían si lo tuviéramos que hacer delante de los mayores, pero que ante un niño es… lo natural. Qué mofletes tan graciosos, y qué sonrisa tan de cielo. ¿No te dan ganas de besarlo y de acunarlo? ¿No te dan ganas de sonreírle como Él te está sonriendo? ¿No te llena de una alegría desbordante?
Y me da por pensar ahora, porque creo que es verdad, que después, ya sobre el altar, volveré a tenerlo entre mis manos, esta vez ya no en figura sino con toda la realidad de su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. Seré yo, sacerdote de Jesucristo, indigno pero instrumento suyo, el que lo traeré al altar, y sin que nadie lo note (o sí, qué más da) le haré una caricia, y también por dentro, sin que nadie lo note (o sí, qué mas da), le diré un piropo de amor, un villancico, muy breve, muy sencillo, respetando ese ocultamiento suyo, como si no quisiera despertarlo de su entrega callada. Y Él me entenderá, Él entiende maravillosamente bien todas estas cosas, y después mucha gente vendrá a recibirlo, y me alegrará entregar a Dios. Y luego, el beso de la adoración. Y me llenará de alegría que mi alma, sin que se note, se ponga de rodillas.
Es Navidad. ¿No lo has notado? Seguro que la Virgen quiere decirte también muchas cosas, y José. Fíjate en sus miradas. Aprende de ellos. La Navidad está ahí, en fijarse mucho en el Único importante. Y aprender.

LOS MAESTROS

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Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16; Sal 88, 2-14-5. 27 y 29 ; San Lucas 1,67-79

Hace dos días estuve visitando un poblado chabolista, cercano a mi parroquia, donde viven unas doscientas treinta familias. Los (y sobre todo las) trabajadores sociales nos enseñaron un poco la forma de vida en aquel lugar, tan cercano pero que parecía tan lejano. En el poblado hay una pequeña escuela para niños pequeños, con pequeños medios y más pequeña plantilla. Aunque no tenían los mejores “medios” del mundo los maestros se sentían orgullosos de su escuela, de su trabajo (aunque no diese muchos frutos) y de sus alumnos. Verdaderamente trasmitían la vocación que les mueve por poner los rudimentos para que esos pequeñines puedan acceder a una educación que luego, cosas de la vida, muchas veces no se culminaba en el colegio. Era encontrarse con maestros -no sólo “enseñantes”-, que se ocupaban y preocupaban de los niños, sus familias, su modo de vida ( o de infra-vida), y encima con una sonrisa, pues trabajan y viven con personas y como personas.
“Juan es su nombre.” A Isabel y a Zacarías no les entienden cuando eligen el nombre de su hijo. Ellos cumplían la voluntad de Dios, pero los demás no lo sabían y todos estaban “extrañados.” En el mundo en que vivimos, que se aleja tan rápidamente de Dios, a la persona se le quiere poner muchos nombres: consumidor, contribuyente, productor, reproductor…, según se mire su vida y según esos ojos (los de la economía, los del trabajo, los de los traficantes de placer, los del mal político,…) las denominaciones son distintas. Los cristianos tenemos que decir, aunque suene extraño a los oídos de los demás: ¡Hijo de Dios es su nombre.!
Al igual que los maestros de esa pequeña escuela no pierden su tiempo en discutir matices de las políticas educativas o la disposición de fondos para los colegios, simplemente enseñan; los cristianos no podemos perder el tiempo en muchas psicologías o sociologías, simplemente tenemos que ayudar a las personas a descubrir que, por el niño que va a nacer, han sido trasformados en hijos de Dios por la gracia que Él les otorga.
Quedan unas cuantas horas para celebrar la Navidad. En esa especie de chabola que fue el portal de Belén, con la compañía de las bestias pero con todo el cariño de la Virgen y San José, se recrea la humanidad, pues es Dios mismo quien se hace presente en el mundo para que nosotros llegásemos a la vida de la gracia, fuésemos redimidos del pecado y de la muerte.
“¡Juan es su nombre!”. Tanto “espíritu solidario” que nos intentan imponer en Navidad no viene dado por el tiempo, por las fiestas o porque se acabe el año. La caridad cristiana (que no es la “roñosa caridad”), nace de descubrir que “hijo de Dios” es el nombre del otro por muy pobre, solo, enfermo o antipático que sea y por eso puedo dar la vida por él, como lo hizo Jesús por nosotros.
“Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra redención.” Poco más de un día para el día de Navidad, cuatro semanas de Adviento para cambiar nuestra mirada. ¿Sigues mirando a los demás con ojos de extrañeza?. Contempla la pobreza del portal, los mimos de María y José, la tarea de tantos que -aun sin saber por qué dan su vida por los demás-, y podrás “convertir tu corazón” antes de decir no sólo con los labios sino con el corazón: ¡Feliz Navidad!.

UN SOL QUE NOS NACE

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Isaías 62, 1-5; Sal 88, 4-5. 16-17. 27 y 29 ; Hechos de los apóstoles 13, 16-17. 22-25; San Mateo 1, 1-25

Qué poco nos queda. Hoy es 24, y ya nos hemos recuperado del trauma de la lotería, aunque siguen bullendo de gente las calles de nuestras ciudades con personas que entran y salen de las tiendas con prisa y con ganas de llegar a todo. Tenemos prisa, mucha prisa por ultimar los detalles para que todo quede bien, para envolver los últimos regalos, para colocar los últimos lazos, para darle el toque sugestivo a la cena… y vamos un poco como a tientas.
Tengo para mí que a pesar del bullicio, de los ruidos y del vaivén de todo, hay una especie de silencio de fondo porque también nosotros, como Zacarías, estamos un poco afectados y mudos, sellados los labios y el corazón. Aunque no nos demos cuenta nos cuesta mucho decir palabra, porque la palabra que hay que pronunciar en estos momentos una de dos: o nos huele a tópico, o nos sale un poco amarga. La lógica de lo humano que se quiere imponer a la lógica de Dios.
Hoy sin embargo, Zacarías, el hombre que veíamos ayer mudo, porque había puesto más confianza en lo lógico que en lo de Dios, parece transformado, lleno de una locuacidad que sorprende. Después de acatar el plan de Dios diciendo el nombre de su hijo: Juan, tal como lo había dicho el ángel, se llena del Espíritu Santo, y empieza a “largar”. Y larga maravillosamente bien.
Te invito a que leas con detenimiento el Benedictus, que es ese poema de alabanza a Dios por parte de un hombre que está agradecido. Los sacerdotes y, en general, las personas que rezan Laudes (esa hermosa oración de la Iglesia), tienen diariamente la dicha de acompañar a Zacarías en esta alabanza al Señor. ¿Y qué se dice aquí? Pues algo muy concreto: se da un repaso a la acción de Dios a lo largo de la historia, y se percibe con nitidez cómo nunca ha faltado su influjo para disponer las cosas de tal modo que el hombre quede fortalecido y pueda encaminarse a esa salvación que trae Cristo, el Mesías, el Señor de la Historia.
Cuando se tiende en tantas ocasiones a ver la historia, así con minúscula, como una especie de sucesión de acontecimientos que se acumulan al azar y que se manipulan después según el propio interés, qué bueno es darse cuenta de que la Historia, esta vez sí con mayúscula, está regida por la mano de todo un Dios que ama al hombre hasta la muerte, y que tiene un discurrir según esa providencia divina que hace que todo concurra para ese querer: mostrarle al hombre cuál es su origen, cuál es su punto de referencia, y cuál es su destino.
Las palabras de Zacarías, con la fuerza del Espíritu Santo, que las puso en su boca, acaba con la concreción de una esperanza: nos va a visitar el Sol que nace de lo alto, nos va a nacer el Salvador, y nos va a iluminar, quiere guiarnos por el camino de la paz.
Cuántos deseos genéricos se dirán en estos momentos, también de paz, de una paz precaria, construida por los hombres. Hoy, sin embargo, quisiera que tú y yo, miráramos al horizonte, a ese horizonte amplio de nuestra vida y nuestra propia historia, y descubriéramos allí al Señor, que nace sencillo, que nace de una virgen, que nace en un portal, y que reluce como el sol, porque es el Sol bello.
Vamos tú y yo a ser también sencillos y a adorarlo.

LOS MAESTROS

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Malaquías 3,1-4. 23-24; Sal 24, 4-5ab. 8-9. 10 y 14 ; San Lucas 1, 57-66

Hace dos días estuve visitando un poblado chabolista, cercano a mi parroquia, donde viven unas doscientas treinta familias. Los (y sobre todo las) trabajadores sociales nos enseñaron un poco la forma de vida en aquel lugar, tan cercano pero que parecía tan lejano. En el poblado hay una pequeña escuela para niños pequeños, con pequeños medios y más pequeña plantilla. Aunque no tenían los mejores “medios” del mundo los maestros se sentían orgullosos de su escuela, de su trabajo (aunque no diese muchos frutos) y de sus alumnos. Verdaderamente trasmitían la vocación que les mueve por poner los rudimentos para que esos pequeñines puedan acceder a una educación que luego, cosas de la vida, muchas veces no se culminaba en el colegio. Era encontrarse con maestros -no sólo “enseñantes”-, que se ocupaban y preocupaban de los niños, sus familias, su modo de vida ( o de infra-vida), y encima con una sonrisa, pues trabajan y viven con personas y como personas.
“Juan es su nombre.” A Isabel y a Zacarías no les entienden cuando eligen el nombre de su hijo. Ellos cumplían la voluntad de Dios, pero los demás no lo sabían y todos estaban “extrañados.” En el mundo en que vivimos, que se aleja tan rápidamente de Dios, a la persona se le quiere poner muchos nombres: consumidor, contribuyente, productor, reproductor…, según se mire su vida y según esos ojos (los de la economía, los del trabajo, los de los traficantes de placer, los del mal político,…) las denominaciones son distintas. Los cristianos tenemos que decir, aunque suene extraño a los oídos de los demás: ¡Hijo de Dios es su nombre.!
Al igual que los maestros de esa pequeña escuela no pierden su tiempo en discutir matices de las políticas educativas o la disposición de fondos para los colegios, simplemente enseñan; los cristianos no podemos perder el tiempo en muchas psicologías o sociologías, simplemente tenemos que ayudar a las personas a descubrir que, por el niño que va a nacer, han sido trasformados en hijos de Dios por la gracia que Él les otorga.
Quedan unas cuantas horas para celebrar la Navidad. En esa especie de chabola que fue el portal de Belén, con la compañía de las bestias pero con todo el cariño de la Virgen y San José, se recrea la humanidad, pues es Dios mismo quien se hace presente en el mundo para que nosotros llegásemos a la vida de la gracia, fuésemos redimidos del pecado y de la muerte.
“¡Juan es su nombre!”. Tanto “espíritu solidario” que nos intentan imponer en Navidad no viene dado por el tiempo, por las fiestas o porque se acabe el año. La caridad cristiana (que no es la “roñosa caridad”), nace de descubrir que “hijo de Dios” es el nombre del otro por muy pobre, solo, enfermo o antipático que sea y por eso puedo dar la vida por él, como lo hizo Jesús por nosotros.
“Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra redención.” Poco más de un día para el día de Navidad, cuatro semanas de Adviento para cambiar nuestra mirada. ¿Sigues mirando a los demás con ojos de extrañeza?. Contempla la pobreza del portal, los mimos de María y José, la tarea de tantos que -aun sin saber por qué dan su vida por los demás-, y podrás “convertir tu corazón” antes de decir no sólo con los labios sino con el corazón: ¡Feliz Navidad!.

BATERÍA BAJA

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Samuel 1, 24-28; Sal 1S 2,1.45.6-7.8abcd ; San Lucas 1, 46-56

Esta semana parece que toma protagonismo el teléfono móvil. Mi teléfono tiene SMS, GPRS, Bluetooth, MMS, cámara y no sé cuántas cosas más, pero últimamente la batería me duraba menos de veinticuatro horas. Un teléfono puede ser muy competo, pero sin batería sólo sirve para lanzárselo a alguien. Ya casi había escrito la carta a los Reyes Magos pidiéndole una batería nueva cuando me he dado cuenta del problema. Últimamente me paso mucho tiempo viajando en el “Metro” y, como en esos subterráneos no hay cobertura, el pobre teléfono móvil dedica todas sus energías a buscar la red y acaba agotado. El día que pongan lo necesario para que haya cobertura en la red de Metro espero que no me ocurra esto, aunque viajar entre conversaciones a gritos, melodías polifónicas y envío de mensajes absurdos me quitará unas cuantas horas de lectura.
“Porque ha mirado la humillación de su esclava.” “El Poderoso ha hecho obras grandes por mí.” “Él hace proezas con su brazo …” El cántico del “Magníficat” nos sitúa en las puertas de la Navidad y no el soniquete de la Lotería Nacional. En todo el “Magníficat” nuestra Madre la Virgen nos recuerda que es Dios quien toma la iniciativa, el que sale a buscarnos y nos encuentra. Nosotros jamás podríamos imaginar la misericordia y el don de Dios que se hace hombre, que es realmente Dios-con-nosotros. A veces en nuestra vida iniciamos una búsqueda de Dios tan inútil como la búsqueda de red de mi teléfono móvil en el Metro, y terminamos igualmente agotados.
Realmente el hombre puede llegar a conocer la existencia de Dios por su propia razón, somos creatura suya. Pero reconocer en el niño de Belén a Dios hecho hombre sólo podemos hacerlo con fe, si nos damos cuenta de que no nos lo “hemos ganado,” sino sólo desde el amor que Dios nos tiene y porque a Él le da la gana se produce el Misterio de la Encarnación. Sólo desde la humildad -como María-, de comprender que Dios es Dios y ha salido a nuestro encuentro, sin que nosotros nos lo hayamos merecido, podremos prepararnos convenientemente para celebrar la Navidad.
“Por este niño suplicaba y el Señor me ha concedido lo que pedía; por eso yo también se lo cedo al Señor y quedará cedido al Señor mientras viva.” Al igual que Ana comprende que Samuel “no le pertenece,” tampoco nosotros nos pertenecemos. La misericordia entrañable de Dios en Jesús nos ha rescatado, “hemos sido comprados a gran precio.” Si no llega a ser por ese amor intensísimo de Dios seguiríamos dando vueltas por los túneles de nuestro pecado, buscando a Dios pero sin llegar a “conectar” con Él. María no tiene reparo en llamarse a sí misma esclava, pues sabe que pertenece completamente a Dios.
Hoy a algunos les tocará la lotería y estarán felices un rato. A nosotros nos ha tocado la Gracia de Dios, y esa alegría perdura siempre. Déjate encontrar por Dios en estos días, no olvides que si no es por Él, en lugar del Portal de Belén te encontrarías un sucio establo. María lo ha preparado para el nacimiento del niño-Dios, déjala que prepare también tu corazón.

COSAS DEL TIEMPO

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Cantar de los cantares 2, 8-14; Sal 32, 2-3. 11-12. 20-21; San Lucas 1, 39-45

Los “hombres del tiempo” están prediciendo un cambio de temperatura para estos días. Ya era hora de que empezase el frío que, al menos en Madrid, llevamos un diciembre de chaquetita y bronceador. La meteorología tiene esas cosas: ocurre y no podemos elegirla, cambiarla ni transformarla, lo más que podemos hacer ante las inclemencias del tiempo es guarnecernos.
Tal vez cuando vayas hoy a Misa estén cayendo “chuzos de punta,” o nevando o haga un frío helador. Haga el tiempo que haga, escucharás en la primera lectura: “Mira que el invierno ha pasado, las lluvias han cesado, se han ido; ya se ven las flores en los campos, se acerca el tiempo de la poda; …” Encima la antífona de hoy es “¡Oh, sol!.” No podemos reservar esta lectura al hemisferio sur, habrá que escucharla en todo el orbe cristiano, y es que nuestra fe no depende del tiempo que haga.
Esta última afirmación puede parecer “de Perogrullo.” ¡No vamos a ser cristianos a partir de los veintidós grados centígrados!. Sin embargo, dejando a parte el tiempo meteorológico, a veces vivir nuestra fe depende de nuestro “clima interior.” Cuando estamos fríos espiritualmente, o los nubarrones de las preocupaciones llenan nuestra alma, parece como si quisiéramos dejar de vivir nuestra fe cristiana: dejamos la oración, abandonamos la celebración de la Eucaristía, nos encerramos en nosotros mismos y se enfría la caridad. En este tiempo, tan cercana la Navidad, parece que se pone más de manifiesto. A veces pensamos que la Navidad es para la gente que ya está alegre, para aquellos que pueden disfrutar de las fiestas y los que están tristes quieren borrar estas fiestas de su calendario. Sin embargo, esto no es así: el acontecimiento de la Navidad no depende de nuestro estado de ánimo, es un hecho que sucede y en el que tenemos que descubrir la verdadera raíz de la alegría.
Piensa en nuestra madre la Virgen María. Después del anuncio del Ángel, aunque llena de la paz que sólo Dios puede dar, vendrían un montón de preocupaciones a su alma: ¿Cómo comunicárselo a José?, ¿Cómo reaccionará ante la noticia?, ¿Qué cambiaría en su vida al ser la madre del Salvador?, ¿Cómo cuidaría a un niño en una familia humilde?… además de todas las inquietudes de una madre primeriza. Pero María no se queda en Nazaret dándole vueltas a la cabeza. Confió plenamente en Dios: “se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá.” Y ella, que seguramente pensaría en pasar desapercibida durante un tiempo, mientras ayudaba a su prima Isabel, para poner “en orden sus asuntos,” se encuentra con la alegría: “¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.”
“¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” ¿Quiénes somos nosotros para recibir la buena noticia de la salvación?. Créetelo, la alegría que se encuentra en la Navidad no depende de tu estado de ánimo, no depende de los adornos o los villancicos, depende de que te acerques a Cristo y Él ilumine todas las situaciones de tu vida y descubrirás que esas cosas que tanto te preocupan, puestas en manos de Dios, no nos impiden tener alegría cristiana en nuestro interior.
El Papa nos está animando a vivir la caridad y a descubrir la raíz del amor gratuito en la Eucaristía. Si vives el amor desinteresado por los demás, aunque te parezca que eres el más desgraciado de los hombres, descubrirás que tus nubarrones se disipan y encuentras el calor en el interior de tu alma. Pídele a nuestra Madre la Virgen que te muestre el camino, que salgas de tu “refugio” y salgas aprisa a la montaña a encontrarte con Dios.

PÁSALO

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Isaías 7,10-14; Sal 23, 1–2 3-4ab. 5-6; San Lucas 1,26-38

Aunque a algunas personas los sacerdotes les parezcan “inmovilistas” hace tiempo que muchos tenemos que llevar el móvil encima para que nos localicen en cualquier momento. (Lo de “tenebrosos” debe ser por el color oscuro de la ropa, aunque los obispos se ponen fajín rosa y no son jaleados por el colectivo gay, a ver si sale Zerolo en su defensa). Pero volvamos al teléfono móvil, se ha puesto de moda el mandar distintos mensajes (casi siempre ofensivos para alguien o convocando a distintos actos de dudosa procedencia que terminan con la palabra: ¡Pásalo!. Soy incapaz de pasar esos mensajes (me faltará un gen de esos) pero si conozco alguna noticia interesante me gusta comentarla de viva voz y no con un frío mensaje al que además le suelen faltar vocales, se escribe k en vez de q y equis que, según estén en un sitio o en otro, se leen de una manera u otra.
“Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre “Dios-con-nosotros.” Esta sí que es una noticia que tendríamos que acabar diciendo: ¡Pásalo!. A lo mejor piensas: ¡Eso ya lo sabe todo el mundo!. Sin embargo, a veces la vida hace que se nos olvide lo evidente. El otro día preguntaba a setenta niños de catequesis de infancia cuántos bendecían la mesa el día de nochebuena. De los setenta sólo en cuatro familias se bendecía la mesa. Seguro que no se les olvida al resto los langostinos, la sidra, el turrón y la pandereta, pero se les ha olvidado el por qué de esa cena especial, a quién celebran. Por eso: ¡Pásalo!. Quedan pocos días para celebrar el nacimiento de Cristo y a muchos les pasará desapercibido. En muchos espacios de televisión se ha sustituido la figura del niño Jesús por ramas de acebo, regalos con lazo o enormes pelotas plateadas (¡manda ídem!) y eso a muchos les dice: “Es navidad.” Algunos dirán que ya estamos los cristianos queriendo imponer nuestra visión de la Navidad, que somos unos cerrados de mente y poco tolerantes con los que celebran “la navidad a su manera.”
No sé si es intolerancia pero a mí no se me ocurre celebrar el año nuevo chino, ni dejar de comer durante el Ramadán, ni comentarle a mi Obispo que me tomo los sábados libres en solidaridad con el pueblo judío y por eso no voy a exigirles que cambien el nombre o la forma y manera de celebrar sus fiestas. Sin embargo, parece que lo cristiano -parece ser que en Europa no tenemos raíces de esa religión-, se puede usar, estrujar, maltratar, deformar e insultar y cuando un cristiano se molesta le llamamos extremista o rancio.
“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” La Navidad es la fiesta de la encarnación de la segunda persona de la Santísima Trinidad: ¡Pásalo!. Sin el “Hágase” de la Virgen no hay Navidad: ¡Pásalo!. Si vives al margen de Cristo no hay Navidad: ¡Pásalo!. Si Cristo no nos hubiera redimido no habría Navidad: ¡Pásalo!. Si has arrinconado a Dios en tu vida diaria no hay Navidad: ¡Pásalo!.
Si has perdido la Navidad haz un rato de oración ante el Belén (sin la figura de Jesús ), y pídele a Santa María y a San José que te ayude a reencontrar la verdadera natividad del Señor.

SE MONTÓ EL BELÉN

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Isaías 7,10-14; Sal 23, 1–2 3-4ab. 5-6; san Pablo a los Romanos 1, 1-7; San Mateo 1, 18-24

Hoy encendemos la última vela de la corona de Adviento, nos quedan unos pocos días para celebrar la Navidad. ¡Nadie lo diría!. Desde hace muchas semanas estamos viendo belenes (cada vez menos), adornos o similares (cada vez más), villancicos, ofertas de viaje y miles y miles de anuncios con Papa Noel de protagonista. Cada año la Navidad es más larga y el Adviento más corto. Sin embargo quedan seis días de Adviento para preparar la venida del Señor.
“Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.” San José (ojo, no confundir con figuritas de cera de Beckham, ni al niño Dios con David Bisbal con pañales), nos puede ayudar estos días previos a la Navidad a montar el belén. La tradición de montar el belén parece que proviene de San Francisco que hacía una auténtica catequesis de la encarnación y la pobreza de Dios hecho hombre. No se puede montar un belén sin San José. Pueden faltar las ovejas, los cerditos, los patos, el señor con la leña e incluso puede no tener río (tal vez incluso los más atrevidos y, hoy por hoy, políticamente incorrectos, se atrevan a prescindir del señor haciendo sus necesidades fisiológicas en algún rincón), pero no puede faltar San José. San José era “bueno” pero no con esa bondad de caramelo y espumillón que nos quieren vender en navidades. San José siempre hizo lo que Dios le pedía, aunque no lo entendiese, aunque le costase la incomodidad, la incomprensión de los demás y una vida en absoluto “regalada.” ¡Qué lejos de los mundos de gominola que nos presentan los anuncios!.
“¿No os basta cansar a los hombres que cansáis incluso a Dios?” Es curioso descubrir a Dios cansado. En San José pienso que Dios descansa, al igual que en el seno de su madre y nuestra madre la Virgen. Hoy domingo sería un buen momento para que meditemos si Dios puede descansar en nosotros. En muchas casas hoy aprovecharemos para sacar las cajas de las figuritas, las luces, el serrín: los padres (con la excusa de echar una mano a sus hijos) se enfrascarán (y en algunos casos se enfadarán), colocando las imágenes del nacimiento. Sin embargo, no pensemos que el Señor descansa en esa cuna de pasta de madera. El Señor descansará si en estos días que quedan antes de la Navidad ponemos nuestro corazón en orden, somos capaces de pedir perdón, de abandonar aquellas costumbres que nos alejan de Dios, de adornar nuestra vida con las virtudes cristianas y vivimos “para gloria de su nombre.”
¿No piensas que eso será realmente “montar el Belén”?. ¿No crees que la Navidad es el momento ideal para cambiar de vida y no sólo de microondas?. ¿Por qué no proponer a tu marido, tus hijos, tus amigos que vivan una Navidad según Dios?.
Todavía no estamos en Navidad -parece mentira-, todavía nos queda tiempo para montar el Belén en nuestra vida y preparar la segunda venida de Cristo. ¿Crees que San José elegirá tu corazón -aunque sea un pobre establo-, para acomodarse con su mujer para que nazca el Hijo de Dios?. Si piensas que no, nunca desesperes, aún tienes tiempo para adecentarlo.

enero 2018
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