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EL ASCENSOR

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libro de los Reyes 21, 17-29; Sal 50, 3-4. 5-6a. 11 y 16 ; san Mateo 5, 43-48

Ayer por la mañana fui al hospital “La Paz” a visitar a unos padres y a su criaturita recién nacida. Curioso nombre el de este hospital cuando para llegar al parking hay que cruzar más obstáculos, escuchar más toques de sirena y avanzar y retroceder más veces que en el desembarco de Normandía. Tenía que subir a la decimotercera planta y los ascensores principales estaban averiados. Los que estaban en funcionamiento tenían puesto al máximo el sensor de “sobrepeso” y en cuanto entrábamos cuatro gorditos o cinco delgaditos se negaba a funcionar. Cada vez que tuve que subir me fijé que todos, según introducían el pie en el ascensor, mirábamos el piloto rojo que alertaba del exceso de peso. Si conseguías entrar y la luz roja permanecía apagada: ¡prueba superada!. Si se encendía había que señalar a alguien (habitualmente el último en entrar) para que abandonara el ascensor.
“Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.” La perfección en cristiano se mide por la capacidad de amar. En la vida me he encontrado con gente que no hace cosas malas, lleva una vida que se podría considerar hasta virtuosa. No son grandes pecadores, es más, evitan cualquier pecado público o semipúblico y se escandalizan con la “desvergüenza” reinante en muchos ambientes. Pero, en el “ascensor de su alma” se ha encendido la luz del sobrepeso y son incapaces de subir más arriba. Han dejado entrar en la cabina de su corazón la desconfianza, la falta de amor. Hay personas que actúan bien exclusivamente “por sí mismas,” por salvar su alma, pero no por amor a los demás en Jesucristo. “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian.” No basta con decir: “yo no tengo enemigos” y permanecer indiferente con las personas que Dios pone en nuestro camino. Seguramente nuestro intentar ser fieles a Cristo moleste en los ambientes donde nos movemos, y no te extrañe si hay personas a las que caes mal o incomodas por tu coherencia de vida. Eso no es signo de ser “mal cristiano,” es una oportunidad de demostrar el amor incondicional de Dios por todos -“justos e injustos”-, que se manifestará en tu especial delicadeza con ellos.
Hoy en Madrid celebramos la dedicación de la Iglesia Catedral. En los templos pueden entrar todos, justos y pecadores. Tal vez hoy muchos den vueltas sin ton ni son, contemplando las piedras, imágenes y esculturas. Simplemente atravesando una puerta se encontrarán con el sagrario y dentro el Señor, Jesús Eucaristía, que está esperando a los buenos y a los malos, a los incrédulos y a los fervorosos, a los ardientes y a los indiferentes, a los santos y a los apóstatas. Y a cada uno lo espera para darle todo su amor entregado en la cumbre del Calvario, para que, como Ajab, cambie de vida y participe, un poco más, del amor del corazón de Jesús.
Pídele a la Virgen María que organice tu “ascensor interior,” que saque el sobrepeso de esa falta de amor, de esa “calculada frialdad” y se introduzca Ella que te ayudará a subir no a la planta 13, sino hasta el cielo.
Por cierto, el niño es tan feo como todos los recién nacidos y los padres felices.

DE SOBRA

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libro de los Reyes 21, 1-16; Sal 5, 2-3. 5-6. 7 ; san Mateo 5, 38-42

Siempre me asombra la capacidad del ser humano para ingerir alimento. Vuelvo ahora de la celebración de un bautizo, que ha sucedido en su primera parte en un bar que han cerrado, pues se llenaba con los “veintipocos” invitados. El único español era yo (aunque eso no tenga nada que ver con la celebración), pero tras acabar con el gazpacho, la carne asada, la tarta y el café hemos ido a casa del matrimonio -pequeña pero que daba mucho de sí-, y han sacado platos típicamente polacos en cantidad igual o superior a los de la comida. Mi estómago es generoso, pero limitado, así que he optado por retirarme discretamente mientras comenzaba esta “comida sobre comida.”
“Si uno te abofetea la mejilla derecha, preséntale la otra.” A veces vivimos bofetada tras bofetada y nos quedan pocas mejillas que poner pero, al igual que en el bautizo, si estamos tranquilamente sentados descubriremos que aún queda sitio para un poco más. A primera vista ver más comida puede parecer repugnante (por muy buena pinta que tenga), pero si permanecemos un rato frente a tanto alimento parece que regresa el apetito o descubrimos un “huequecillo” en el estómago del que no nos habíamos dado cuenta. Estoy convencido de que si llego a seguir sentado en el salón de mis amigos polacos estaría merendando como un maharajá (cuando realmente nunca como nada a media tarde.)
“Al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa.” Muchas veces ante tanta noticia contra la Iglesia, los cristianos y los que intentamos vivir con un poco de fidelidad (a pesar de nuestro pecado) la fe, a uno le dan ganas de decir: “Basta ya, no me cabe más, no trago más porquería; y bastante bueno soy que aguanto hasta aquí.” Pero si uno se sienta tranquilamente un rato ante el sagrario se da uno cuenta de que quedan “muchos huecos en el estómago,” que hay muchas mejillas que poner y que dando “capa y túnica” caminamos al calor de Cristo.
“En cuanto oyó Ajab que Nabot había muerto, se levantó y bajó a tomar posesión de la viña de Nabot el de Yezrael.” La primera lectura parece un triunfo de Ajab, que ha usado todas las artimañas para ser injusto y aparecer como ganador (tendremos que esperar a mañana), como si hubiera desaparecido la justicia de Dios. De vez en cuando parece que, leyendo las noticias de periódicos más o menos anticlericales, se nos agria el final, se nos revuelven las tripas y decimos “este no puede ser el resultado, hemos perdido, ¿dónde está mi Dios?” y nos entra un pequeño rayo de tristeza, de “pesadez de estómago” en el alma, de acidez espiritual ante la aparente victoria del enemigo, del infiel, del apóstata.
Pero un rato de oración, un “E-mail,” un mensaje SMS, te hace ver que cuando pones tu mejilla por delante amortiguas el bofetón que le dan a Cristo. Que cuando te duele un golpe es por sentir como Cristo y cuando apartas el dolor de tu orgullo el bofetón ha sido bastante más flojo. Que la aparente derrota, contemplando la cruz, es el prólogo de la victoria: la resurrección.
“A quien te pide, dale.” ¿Piensas que la Virgen se cansa de dar? Ella sabe que el amor de Cristo nunca se acaba, aunque dé a manos llenas, aunque repartas amor al que te odia o te pone verde. Haz, madre mía, que yo tampoco me canse de ofrecerme.

A LA CALLE

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Génesis 14, 18-20; Sal 109, 1. 2. 3. 4 ; san Pablo a los Corintios 11, 23-26; san Lucas 9, 11b-17

No, no estoy convocando para ninguna manifestación pero la calle es importante. Hace algún tiempo una feligresa se encontró con un famosillo por la calle (es decir, lo vio a unos diez metros) y no paró de contárselo a todo el mundo como si hubiesen compartido mesa y mantel. Los que aparecen en las revistas y en la televisión llaman la atención cuando descubres que de verdad existen, se mueven y respiran, no son una “realidad virtual.” Cuando te tropiezas con ellos el comentario es inmediato: “es más alto que en la tele,” “más viejo,” “menos simpático,” etc.
“Dadles vosotros de comer.” El Señor no hace un anuncio de “Panrico,” da alimento a todo ese gentío de una manera real, “se saciaron”, no se quedó en buenas palabras o en un consuelo efímero sino de una manera verdadera y generosa, “las sobras: doce cestos.”
Hoy es el día del Cuerpo y la Sangre del Señor. En mi parroquia no hay tradición de procesiones, nos quedamos en la parroquia y participaremos en la de la Diócesis. Cuando estaba en pueblos de la sierra si salía el pan de vida a la calle, recorría sus altares y bendecía sus calles y sus gentes. Es necesario sacar la Eucaristía a la calle, que se provoquen encuentros repentinos con aquellos que una vez le recibieron y, a lo mejor (o a lo peor), le han olvidado. Que los cristianos nos conmovamos al encontrarnos, frente a frente, con el Rey de reyes que no es una realidad virtual, es Jesucristo sacramentado que está en el sagrario, en el altar, en la calle.
Seguramente muchos que “comieron y se saciaron” no entendieron nada, se quedaron en la anécdota y en el comentario. Pero a pesar de su falta de fe no se quedaron privados del alimento. ¡Te das cuenta!, Tú y yo nunca llegaremos a entender la grandeza de Cristo Eucaristía, lo que hacemos -y lo que hace Él en nosotros-, cada vez que comulgamos; lo que ocurre cuando se escucha en la iglesia “Esto es mi cuerpo” “esta es mi sangre.” Y a pesar de no entender casi nada, Dios no deja de actuar en nosotros, no nos priva del alimento cotidiano.
Por eso: ¡A la calle!. Hoy con la custodia y con Cristo avanzando en cabeza y acompañado con nuestros cantos y nuestra oración. Mañana en tu pecho, habitando en tu alma en gracia. Pero cuando cualquiera se encuentre con la procesión de hoy, o contigo mañana, que se encuentre con Cristo, pan de vida.
Tal vez alguno se ría, blasfeme o desprecie el paso de la Eucaristía por la calle o tu vida de hijo de Dios. ¡Hemos cambiado tan poco los hombres en veintiún siglos!. No te importe. Cada día cuando consagro repito en mi interior las palabras del Señor a Nicodemo: “Cuando sea elevado a lo alto atraeré a todos hacia mí”, si no presumimos del amor de “Dios con nosotros” que no nos merecemos de ninguna manera ¿De qué nos gloriaremos?. Si escuchas faltas de respeto durante la procesión recuerda las palabras de Jesús en la cruz “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” y reza por ellos como Cristo rezó por los que lo crucificaban.
María es el primer sagrario, estará “al pie de la custodia.” Camina con ella y caminarás con Cristo. Y en tus ratos delante del sagrario nunca te canses de decir: Gracias.

SÍ O NO

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Reyes 19, 19-21; Sal 15, 1-2a y 5. 7-8. 9-10 ; san Mateo 5, 33-37

Hoy no se me ocurre ningún ejemplo concreto, estoy pensando en la fiesta de mañana. ¡Ya está!, se me ocurrió el ejemplo. Cuando no hacemos algo, enseguida buscamos excusas, presentamos cien mil razones para justificarnos o empezamos una historia que dejaría a Esopo como un aficionado.
“A vosotros os basta decir sí o no.” Es complicado en una época con tantas palabras el valorar la propia palabra. La sinceridad nace de la confianza y del propio conocimiento. Muchas veces somos desconfiados respecto a la palabra de los demás, vemos dobles o triples intenciones, creemos que los demás nos odian o nos tienen manía y por eso se han olvidado de nuestro encargo o buscan principalmente su interés y quieren engañarnos. Otras veces somos nosotros mismos los que ponemos un montón de excusas que no nos piden intentando quedar bien.
Mañana a los europeos nos corresponde ir a las urnas a votar. En este año en España que hemos tenido tantas veces elecciones escuchamos horas y horas de propaganda electoral. Promesas, proyectos, futuras inversiones nos rodean por diestra y siniestra y después viene el análisis de los primeros treinta días, los siguientes cien días, el primer año, etc. Y siempre se habla de promesas incumplidas pero rodeado de tantas palabras que al final no se aclara uno cuál es la promesa incumplida o el objetivo logrado.
Si en nuestra vida interior, en nuestra confesión o en la dirección espiritual conseguimos ser sencillos y no “mitineros” verás como creces. El día que te duermas en la oración no busques justificaciones, sé sencillo y comenta: “me dormí.” Cuando tengas un arranque de ira no cuentes lo inoportuna que fue esa persona, simplemente di: “me enfadé, no vi al otro como hijo de Dios.” Cuando derroches tus bienes en caprichos no justifiques lo necesario que es tal o cual artículo, sencillamente comenta tu falta de pobreza.
La sencillez impulsó a Eliseo a seguir a Elías sin pedirle promesas de futuro o un programa electoral a cumplir en cuatro años, simplemente: “marchó tras Elías y se puso a sus órdenes.” Para seguir a Cristo hace falta la misma disposición. Pedro lo aprendió bien -“aunque todos e abandonen, yo no lo haré”-, y se marchó a buscar níscalos; pero cuando fue sencillo y veraz –Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo-, se convirtió en pescador de hombres. Busca tú mismo esa sencilla sinceridad, deja que te conozcan como eres, despide a tu asesor de imagen interior y consigue que tu sí sea sí y tu no, no.
“No juréis en absoluto” (poner a Dios por testigo de lo que decimos). Pero Dios es testigo de nuestros mayores triunfos y de nuestro estrepitosos fracasos. A Dios le basta nuestro “sí,” lo intentaré con todo el corazón y el apoyo de la Gracia, y si fracasamos está siempre para cogernos en sus brazos llagados y darnos una oportunidad más, un aliento más, un impulso más.
La Virgen es la mujer sencilla pues todo lo hacía delante de Dios Padre, de su Hijo y del Espíritu Santo. Pídele esa sencillez y sinceridad de corazón y de lengua.

ADMINISTRADORES

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Hechos de los apóstoles 11, 21b-26; 13, 1-3; Sal 97, 1. 2-3ab. 3c-4. 5-6 ; san Mateo 5, 27-32

Hace ya unas semanas me pidieron fecha para bautizar a trillizos. Cuando pienso en un bautizo de trillizos o similar siempre pienso en la cara del padre y de la madre cuando les dicen que no tienen un hijo sino tres y me hace gracia. Apunté la fecha y poco a poco el padre me fue contando todas las penalidades que sufría, la desgracia que le había venido encima en un momento en que no tenían trabajo, las ayudas oficiales no llegaban, su familia no podía echarles una mano y que aprovechaba para apuntar el bautismo un momento en que había salido a ver si encontraba un poco de leche para que los niños cenasen. Una de las voluntarias que nos ayuda en el despacho parroquial sufría con él, no paraba de comentar: “Hay que hacer algo,” y estaba dispuesta a mandarle a su farmacéutico para que le fiase toda la leche maternal y las medicinas necesarias. A mí me vino a la cabeza aquel otro “hijo de Dios” -del que ya conté algo en estos comentarios-, que me encargó el funeral de su hija y todo era mentira. Apunté la fecha del bautizo dándole todas las facilidades posibles, pero la ayuda se aplazaba un par de días para buscarle una cita con la asistente social. No vino a la cita para quedar con las voluntarias de Cáritas, tampoco vino el sábado pasado, fecha que habíamos fijado para el bautismo. Imagino que las tres inexistentes criaturas estarán apuntadas en unas cuantas agendas parroquiales. Me hizo desconfiar que un padre que quiere a sus hijos no espera el momento de verlos llorar de hambre para buscar ayuda y aprovechando que “pasaba por aquí” le cuento mis penas al cura. Eso se hace antes, por los hijos se da la cara siempre.
Hoy es San Bernabé, apóstol. Da gusto leer lo que los Hechos de los apóstoles nos dicen de él pues siempre estaba haciendo lo que tenía que hacer. Le envía de un lugar a otro, busca a Pablo y lo anima a seguir en su tarea de apostolado, inflama el corazón de los que se iban uniendo a los cristianos y “ a seguir unidos al Señor con todo empeño.”
Muchas veces me dicen quienes llevan tiempo sin confesarse que no encuentran ocasión o que se les pasa el momento. Esa excusa me hace desconfiar tanto como el bautizo de los trillizos, me pone en duda el verdadero arrepentimiento y dolor de los pecados, aunque como confesor no puedo dejar traslucir mis dudas y me trago como un merluzo, con una sonrisa de oreja a oreja, todas las disculpas del mundo. “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”, pues bien, el perdón de Dios es lo más gratuito que podemos encontrarnos. Bernabé “se alegró mucho” de la acción de Dios en Antioquia y eso le bastó para dar su vida con alegría, para moverse, actuar, hablar, predicar por amor a Jesucristo. ¿No te mueve el amor de Dios a reconciliarte con él?. ¿Estás esperando que aparezca un sacerdote en tu despacho, como por arte de magia, y te ofrezca confesión? Sé que muchas veces los sacerdotes parece que “nos escondemos” y cerramos las parroquias, pero nunca esperes a pedir perdón hasta el momento en que digas: “pasaba por aquí.” Busca y encontrarás parroquias donde se confiesa, si tienes que perder unos minutos en desplazarte piensa en lo que ganas.
Bernabé lo vendió todo por su fe y lo ganó todo. Pídele a la Virgen que nunca esperes un “mejor momento” para hacer lo que tienes que hacer.

DESDE LAS ALTURAS

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Reyes 18, 41-46; Sal 64, 10. 11. 12-13 ; san Mateo 5, 20-26

Estos días una tormentas han azotado las tardes de Madrid. Caía agua como si el barrio fuera un inmenso centro termal, haciendo aparecer esas temibles goteras que siempre me olvido de arreglar en verano y reaparecen en el invierno. En la parte más alta e inaccesible de la parroquia se formó una verdadera piscina y los vecinos (que ven la azotea de la parroquia) no tardaron en avisarme. Subí arriba del todo y limpié el sumidero que se había atascado. Mientras el agua desaparecía miraba hacia la calle (desde unos siete metros de altura) cuando veo llegar a una de las habituales feligresas, que frecuentemente leen en Misa, que camina hacia la parroquia. Mira a un lado, mira a otro y…. ¡se pone a arrancar flores de las que rodean la parroquia guardándoselas en una bolsa!. No pude menos que echar una carcajada desde las alturas y esperar el próximo día que la vea en Misa para intentar colocar una “pullita” cariñosa y divertida en la predicación. Las flores no me importan -hay muchas-, pero me hicieron gracia las formas.
“Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano.” Muchas veces nos quejamos de que cada día comulga más gente y se confiesan menos y, realmente, se ha perdido el sentido del pecado. Parece que para cometer un pecado tienes que partirte la cara con alguien o armar un escándalo digno de primera página de las revistas del corazón. Estoy convencido que si a mi querida feligresa, según arrancaba las flores, le llamo la atención desde el tejado se hubiera puesto de todos los colores y me hubiera jurado y perjurado que eran para la Virgen ( de momento a la parroquia no han llegado). Sin embargo pensará que nadie se ha enterado y estoy convencido de que ya ha olvidado que ha hecho algo que no está bien.
Así es el pecado, parece que sólo es grave cuando la gente lo nota y tristemente destroza por dentro más que la fama que, justamente muchas veces, nos puedan quitar. Pero hoy no quiero hablar del pecado, así también es la Gracia de Dios. A veces podemos pensar que los dones de Dios son asombrosos, tienen que hacernos levitar o sentir un especial arrebato de amor que cambie toda nuestra vida. “Sube del mar una nubecilla como la palma de una mano,” después de tres años sin llover se podía haber perdido toda esperanza, esas nubecillas desaparecen rápido. Sin embargo Elías tenía sensibilidad para reconocer las promesas de Dios y avisa a Ajab que “se vaya, no le coja la lluvia.” La pérdida del sentido del pecado va unida a la pérdida del sentido de la Gracia, nos volvemos insensibles a los dones de Dios, buscamos milagros espectaculares y nos olvidamos de los verdaderos grandes milagros de cada día.
Muchas veces podemos actuar mirando “hacia arriba” esperando que Dios no mire en nuestra dirección para hacer algo malo y eso que “Dios lo ve todo,” y estamos tan preocupados de mirar a lo alto que no nos damos cuenta que tenemos a nuestro Señor a nuestro lado, junto a nosotros, en cada momento de nuestra vida.
María, la Virgen, sabe bien lo que es tener intimidad con Dios, lo llevó nueve meses en su seno, pídele que le descubras siempre a tu lado y nunca, nunca hagas nada que no lo puedas hacer con Él.
Hoy es la cuestación de Cáritas, no te olvides de los demás.

¡BAAL, RESPÓNDENOS!

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Reyes 18, 20-39; Sal 15, 1-2a. 4. 5 y 8. 11 ; san Mateo 5, 17-19

¡Póntelo! ¡Pónselo!, así rezaba (qué palabra tan mal usada en este contexto) la primera campaña en España para la utilización de preservativos. Desde entonces la invasión mediática ha sido enorme, hasta tal punto que, en muchos ambientes sacerdotales y de familias e instituciones cristianas, se ha tirado la toalla en este tema. Ni se predica, ni nos escandaliza, ni tan siquiera nos llama la atención el encontrarnos maquinitas expendedoras de profilácticos en cualquier rincón. Parece una batalla perdida pues lo apoyan los jóvenes (palabra hoy sagrada, pero que antes era sinónimo de inexperiencia e inmadurez), las autoridades “progresistas” (o no), los lascivos, los promiscuos, los infieles, los desviados, los chulos, los pedófilos y otra pléyade de representantes de la “kultura,” la “ciencia” y la “medicina.” Sería como si alguien pensara seriamente el poner una tienda de cascos para mujeres maltratadas, ya que no acabamos con los maltratadores: por lo menos que no les partan la cabeza (y además unos bonitos complementos de rodilleras, petos, coderas, chalecos antibalas, etc. …). Lo importante no será agredir sino que la agresión no tenga consecuencias, y además les plagiaré el lema: ¡Póntelo! ¡Pónmelo!.
¡Qué bestia! –pensará alguno-, una cosa es “hacer el amor” y otra matar a alguien. Cuando se mata a alguien se mata el amor, cuando se “hace el amor” sin entregarse, también se mata el amor y, poco a poco, la capacidad de amar.
“¡Baal, respóndenos!” y gritarán más fuerte y se rasgarán sus vestiduras diciendo: El Sida, las enfermedades de transmisión sexual, los embarazos no deseados, los abortos de adolescentes, la superpoblación mundial, el conocimiento de la realidad (¿es que los maltratos no son una realidad y nos negamos a “asumirlos pacíficamente” y darles “carta de ciudadanía”?).
“Multiplicarán las estatuas de dioses extraños; yo no derramaré sus libaciones con mis manos, ni tomaré sus nombres en mis labios.” No me resigno a dar la batalla por perdida, aunque pueda decir como Elías: “He quedado yo sólo como profeta del Señor mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta.” El sexto mandamiento es, justamente, el sexto; hay cinco antes que hay que vivir para comprenderlo y amarlo pero “el que salte uno de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los cielos.” No es una batalla perdida, cuando se siembra la muerte y el desamor se recoge muerte y desamor. Callarse sería como asumir que ante un atentado con antrax lo mejor es respirar bien fuerte, como los demás, esperando pacientemente la muerte antes que buscar –y guiar a los demás-, a ambientes de aire puro donde llenar los pulmones y sanar a los enfermos.
¿Batallas perdidas? Todas las que quieras luchar al margen de Cristo y de su Iglesia. Acabarás gritando también ¡Baal, respóndenos! y recibirás de contestación el silencio. Pero con Cristo, aunque te parezca que estás crucificado, escucharás: “siervo fiel y cumplidor, entra en el gozo de tu Señor.”
Ponte frente a tu madre, la Virgen, mírala a los ojos y pregúntate: ¿He dado alguna batalla por perdida?. Si es así, pide perdón y prepárate a ganar la guerra.

EL REY DE PATONES

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Reyes 17, 7-16; Sal 4, 2-3. 4-5. 6bc-8 ; san Mateo 5, 13-16

Patones de Arriba es un pueblecito de la sierra norte de Madrid, situado entre montañas, que no era sencillo de localizar hasta que llenamos el mundo de carreteras y carteles. Tan difícil era de encontrar, que cuenta la leyenda que nunca fue conquistado (no por sus grandes defensas, sino porque pasaban de largo sin verlo) y el alcalde del pueblo se proclamó “Rey de Patones” y quiso entablar relaciones con el tan cambiante rey de España (que a fin de cuentas habían sido alternativamente moriscos, de la casa de los Austrias, de los Borbones o un francés que quería hacerse una parcela en la península.) Hoy Patones de Arriba es un pueblo casi deshabitado, lleno de restaurantes, la iglesia convertida en un centro cultural y lo que no consiguió Napoleón con las armas lo consiguió otro francés con la chequera comprando medio pueblo. Vale la pena visitarlo, pero en fin de semana no hay quién aparque.
“No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.” Pienso que demasiadas veces existe el complejo del “Rey de Patones” entre los cristianos: pueden pasar a nuestro lado las hordas visigodas, Atila con todos sus hunos y los cien mil hijos de San Luis, que no descubrirán nuestra condición de cristianos. Tal vez así –podemos pensar-, nos dejarán en paz para vivir nuestra fe en la intimidad de nuestro pueblecito interior, sin someternos a las cambiantes situaciones externas. Tal vez así –pienso yo-, nuestra “iglesia interior”, donde mora el Espíritu Santo, se acabe convirtiendo en un “centro cultural” donde cabe todo … menos Dios.
“Tampoco se enciende una vela para ponerla debajo del celemín” como si fuera una linterna con las pilas a punto de agotarse que más parece absorber la poca luz que habita entre las tinieblas. “Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.” La viuda de Sarepta calcula con su mentalidad humana, con el “debe” y “haber” de las cuentas corrientes. También en ocasiones parece que tenemos miedo a compartir nuestra fe, como si dar testimonio de Cristo vaciase el tesoro de la fe y fuese imposible volver a llenarlo. No dar testimonio de Cristo no es sólo una “falta en el apostolado,” como si fuese una afición de la que no participamos, un “partido de fútbol” que decidimos no jugar: No dar testimonio de Cristo es una falta de caridad con los que nos rodean (los queremos tan poco que les negamos lo más importante que pueden conocer en su vida) y una falta de justicia (nos fiamos tan poco de la generosidad de Dios que creemos que sólo puede iluminar nuestra vida, no la de los otros). En el fondo, otra vez, “reyes de Patones” con nosotros mismos como único súbdito: reyes y esclavos a la vez.
“Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó.” Sé luz, sé sal, sé la ciudad vistosa y esplendorosa de tu Dios e irás profundizando y conociendo que el amor de Dios dura por siempre.
María, reina de los apóstoles, haz que yo mengue y tu hijo crezca.

EL PARACHOQUES

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libro de los Reyes 17, 1-6; Sal 120, 1-2. 3-4. 5-6. 7-8 ; san Mateo 5, 1-12

Hace unos meses me dieron por detrás (con perdón) en el coche mientras yo estaba tranquilamente parado en un semáforo. Mi coche es pequeñito -pero muy machote-, tiene un parachoques de esos de plástico con lo que, tras el golpe, parecía que no se había hecho nada mientras que el otro coche (bastante más grande) tenía roto un faro y arrugado el “morro”. Hicimos los papeles del seguro y yo, estúpido de mí, con una sonrisa de satisfacción en los labios pensando lo duro que era mi vehículo. Cuando aparqué en la parroquia me faltó tiempo para presumir y fanfarronear de que mi coche era más duro que un tanque, exceptuando la luz de la matrícula que se había roto. Al día siguiente fui a buscar unas maderas para hacer unas estanterías y cuando intenté abrir el maletero comprobé que no había manera. Allí me quedé, en la calle con un montón de tablas, esperando que alguien con un coche con maletero en condiciones pudiese venir a buscarme. Después de presentar el parte en la compañía aseguradora dejé una semana el coche en el taller hasta que cambiaron media parte trasera que estaba doblada como un acordeón. Hace unos días pasé la revisión de los cincuenta mil kilómetros y me llamaron para decirme que tenía los amortiguadores traseros completamente doblados: medio sueldo para el taller ¡Gracias a Dios que parecía exteriormente que no se había hecho nada si hubiera parecido algo todavía estoy barriendo los talleres de “Opel”.
Algo parecido pasa con el pecado. Si se tiene algo de conciencia formada primero es un golpe que asusta. Pero tenemos la costumbre de ponerle al corazón un parachoques de plástico, que no se deforma fácilmente y parece que “no ha sido nada” hasta que empezamos a encontrar dificultades, cosas que no funcionan, excusas que tapen nuestros defectos y todo eso sin cesar de fanfarronear. El pecado impide ser dichoso, siempre nace del egoísmo, de no entendernos ni comprender a los demás como hijos de Dios. El pecado justifica nuestra falta de pobreza de espíritu (y material), nos impide ser sufridos, hace que no miremos las injusticias, nos imposibilita llorar y tener misericordia, ensucia el corazón y nos incapacita para trabajar por nada que no seamos nosotros mismos, ensalzando nuestro “yo” por encima de todos y de todo. El pecado impide vivir las bienaventuranzas y nos las presenta como algo irrealizable, fruto de la “utopía cristiana, ” una preciosa poesía incapaz de vivirse en la prosa de cada día.
Si piensas así es hora de ir al taller, tal vez te cueste una semana o un mes pero tendrás que descubrir las raíces de tu pecado, hacer una buena confesión (qué poco precio para tanta avería) y poner tu vida en manos de Cristo. Entonces, sólo entonces, encontrarás la dicha, la sonrisa del corazón y de los labios, la mirada limpia que mira con ojos enamorados todas las situaciones de la vida. “¿De dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.”
La Virgen es la mejor agencia de seguros, está dispuesta a tramitar tu “parte de accidente” pues, en realidad, es su hijo Jesucristo quien se lleva todos los golpes del pecado.

LAS FUENTES

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Proverbios 8, 22-31; Sal 8, 4-5. 6-7a. 7b-9. ; San Pablo a los Romanos 5, 1-5; San Juan 16, 12-15

Me ha costado mucho escribir el comentario de hoy, ignoro si es que la musa se ha marchado ya de vacaciones a Estoril o ciertamente el tabaco embota el cerebro.
El otro día me comentaba un sacerdote: “La verdad es que cuando nosotros no entendemos algo lo llamamos “misterio” y nos quedamos tan contentos.” La Santísima Trinidad es uno de esos “misterios” y no quería que nuestra oración de hoy se quedase en un divagar, más o menos difuso, sobre un “expediente X,” así que me puse manos a la obra: leí el catecismo, escudriñé escritos de los Padres de la Iglesia, busqué comentarios teológico piadosos, … pero no encontraba “la inspiración” para ponerme a escribir.
Ayer, después de confesarme como habitualmente, entré en la capilla a rezar la penitencia y me salió del corazón decirle al Señor simplemente: “Gracias,” y entonces el “misterio” dejó de ser una especulación difusa para convertirse en una realidad gozosa que no necesita de largas explicaciones pues es evidente y lo evidente no hay que explicarlo.
“Todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres.” Cuando se juega es para disfrutar (a veces muchos lo hacen por competir pero esa no es la razón del juego) y aunque para el que no juega puede parecer absurdo, el juego tiene su “lógica interna” no entendible para el que mira desde fuera, el cerebral, soso y aburrido. Poniéndonos un poco pedantes diríamos con Pascal que “El corazón tiene razones que la razón no conoce,” y por muchas palabras que se gasten nunca se entenderá mejor la Santísima Trinidad, pero cuanto más se ame será más evidente y sobrarán las palabras.
“Gracias” le dije simplemente al Señor en el sagrario y entonces, como en otras ocasiones, sentí la presencia de la Trinidad sin que nadie me la explicase (o tal vez por todo lo que había leído antes que entonces cobraba sentido) y sin necesidad de palabras. Muchas veces en la vida sentirás -tal vez “a posteriori”-, que ha sido el Espíritu Santo el que te ha empujado a hacer o decir algo y que ahí te has encontrado con Cristo del que “hemos recibido la justificación por la fe” y que el Padre “allí estaba” desde el principio, esperándote ansioso, lleno de ilusión, jugando contigo y viendo como juegas, aunque a veces te quieras saltar las reglas.
Hoy sobran las palabras, las elucubraciones más o menos complicadas, y es el momento de la contemplación. Busca delante del sagrario, alarga un rato tu momento de oración, intenta buscar a la Santísima Trinidad en la celebración de la Misa. Descubre en tu vida cuántas veces Dios Espíritu Santo, Dios Hijo y Dios Padre han actuado en tu vida y “todos a una” (como los de Fuenteovejuna) han cambiado efectivamente tu existencia.
La Virgen, hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo y esposa de Dios Espíritu Santo, seguro que te concede vivir gozosamente este “evidente misterio.” Reza hoy cada rosario unido a cada una de las santas Personas y verás que fácil es conocerlas y tratarlas.

Agosto 2017
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