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El dueño de la llave

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

san Pablo a los Romanos 3, 21-30a

Sal 129, 1-2. 3-4. 5 

san Lucas 11, 47-54

“¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis quedado con la llave del saber; vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar!” La llave no es mía y si me la he quedado ha sido fraudulentamente. Cuando tengo algo que hacer, algo en lo que servir, no soy yo es Cristo quien actúa en mi. San Agustín (creo) decía: “Dame Señor lo que me pides y pídeme lo que quieras” Yo me he encontrado con cientos de personas a las que podemos calificar de “extrañas” pero ¿Puedo yo hacerme el dueño de la misericordia, la bondad, la paciencia y benignidad de Dios? ¿Acaso es Dios sólo de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Evidente que también de los gentiles, si es verdad que no hay más que un Dios. Pues no me puedo quedar para mí con Dios, tendré que darlo. ¿Lo hago?

Poner la esperanza en Cristo

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II san Pablo a Timoteo 4, 9-17a

Sal 144, 10-11. 12-13ab. 17-18  

san Lucas 10, 1-9

La primera lectura de hoy pertenece a la carta que san Pablo dirige a su discípulo Timoteo. En ella se desahoga el Apóstol expresando la soledad a que lo han reducido sus compañeros. Frente a ello señala la compañía que le ofrece el Señor. Abandonado por todos siente la fortaleza que ofrece Jesucristo. El testimonio es conmovedor y, al mismo tiempo, una lección para todos nosotros.

Es frecuente que lamentemos cuando un amigo nos deja solos o nos traiciona. Eso es lo que le pasó a san Pablo. Algunos hubieron de ir a la misión pero otros, sencillamente, se apartaron de él por amor al mundo. Incluso, acusado ante las autoridades romanas, hubo de defenderse solo, sin el apoyo moral de nadie. Prefirieron irse, antes que acompañar a quien, a los ojos del mundo, estaba condenado. Pero el Apóstol no se queda en la constatación de lo humano sino que percibe también la presencia escondida de Dios. Por eso dice “el Señor me ayudó y me dio fuerzas”. Esta es la parte imnportante de la enseñanza: darse cuenta, cuando todo lo humano falla, de que Jesucristo sigue a nuestro lado y que es nuestro verdadero refugio.

Si Pablo hubiera puesto sus esperanzas sólo en sus compañeros ahora sería un hombre muy desgraciado. Pero él los había abrazado en la amistad con Cristo. Nosotros también hemos de aprender a poner a Jesucristo como fundamento de todas nuestras relaciones. En el matrimonio, el sacerdocio o en cualquier grupo de apostolado si no nos apoyamos firmemente en Jesucristo, en cualquier momento puede pasar que todo nuestro mundo se tambalee y nos hundamos. Jesús, como decían aquellas estampas antiguas, es el amigo que nunca falla.

Esa misma enseñanza es la que encontramos en el Evangelio. Jesús advierte a sus discípulos que los envía como corderos en medio de lobos. Esos lobos no siempre están fuera de los ámbitos de la Iglesia. No se trata solo de las dificultades que va a encontrar el discípulo para anunciar el Evangelio. En ocasiones, lamentablemente, son los más cercanos los que se ponen en contra, como le sucedió a san Pablo. Por eso Jesús añade la enseñanza de que no hay que ir demasiado precavido para la misión. No llevar talega ni alforjas, etc… no sólo es una indicación respecto de los bienes materiales sino también una invitación a poner toda la confianza en Jesucristo y sólo en Él.

Cuando se anuncia el Evangelio de la gracia sólo puede contarse con los medios de la gracia. No basta con apoyar una buena causa, sino que hay que ser respetuoso con ella. Predicar el Evangelio supone hacerlo con los medios del Evangelio. Jesús otorga a sus colaboradores la ayuda necesaria, pero siempre y cuando se apoyen en Él con absoluta confianza. En esa situación es como el apóstol pudo “anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los creyentes”.

Que la Virgen María, que conoció la soledad al pie de la cruz, pero que nunca dejó de confiar en su Hijo nos enseñe a poner toda nuestra vida y nuestros apostolados en manos de Dios.

¿Qué hemos de dar?

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san Pablo a los Romanos 1, 16-25

Sal 18, 2-3. 4-5 

san Lucas 11, 37-41

Lo que tenemos dentro es lo que damos. «Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades.¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo.» ¡Cómo tenemos que cuidar nuestro interior! No podemos ser esos sepulcros blanqueados que, en cuanto nos tocan, sacamos huesos, sapos y culebras. Es verdad que muchas veces nos acusan a los católicos de cosas falsas y de tópicos típicos, pero en otras ocasiones los que nos critican tienen razón. Y no me refiero a eso que la gente llama “la Iglesia Institución”, sino a ti y a mi. Dar limosna de lo de dentro significa darnos, y no damos porquería, damos lo que Dios va haciendo en nosotros. Si frecuentemente recibimos el Cuerpo de Cristo si nos hicieran una autopsia tendrían que descubrir a Cristo, y no nuestras entrañas llenas de orgullo o vanidad. “Yo no me avergüenzo del Evangelio; es fuerza de salvación de Dios para todo el que cree, primero para el judío, pero también para el griego. Porque en él se revela la justicia salvadora de Dios para los que creen, en virtud de su fe, como dice la Escritura: «El justo vivirá por su fe.»” No podemos avergonzarnos del Evangelio, y una forma de vergüenza sería mostrar en nuestra vida una caricatura del Evangelio. La fe tiene que mostrarse en la vida y así nuestra vida será de fe. Que nuestra Madre la Virgen nos ayude a dar lo mejor de nosotros mismos, es decir, lo que de Dios hemos recibido.

Se trata de comenzar

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san Pablo a los Romanos 1, 1-7

¿Cómo se encontraría San Pablo al comenzar a escribir una carta a los romanos, con tan mala fama en aquel entonces? Da un poco de miedo.

Comenzar no es fácil, si no estás convencido que es Dios quien comienza y acaba. A los sacerdotes se nos dice en nuestra ordenación: “Dios que comenzó en ti esta obra buena, Él mismo la lleve a término” Es Dios quien lleva las cosas adelante.

Los hombres de Nínive o los siervos de Jerusalén se convirtieron, pero no por Jonás que era un cobarde, ni por Salomón que era un golfo, sino por la acción del Espíritu Santo. Cada comienzo es difícil, y tenemos un montón de comienzos en nuestra vida. Con dificultades, con problemas, con incredulidades…, pero lo importante es comenzar y seguir. no por nosotros sino por el Espíritu Santo.

Sea en Roma, sea a un verdadero incrédulo, sea a un ateo con carnet del partido… lo importante es comenzar. Quien no comienza no acaba. A Dios sólo hay que darle la mano para que arranque, y no será cosa tuya ni mía, sólo de Dios.

Vamos a pedirle a la Virgen que nonos de pereza comenzar,, sino que sea Él el que acabe, que es lo importante.

¿Dónde brilla la luz?

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Daniel 7, 9-10. 13-14

Sal 96, 1-2. 5-6. 9

san Pedro 1, 16-19

san Mateo 17, 1-9

“Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Celebramos hoy la Transfiguración. Esta fiesta pasa desapercibida, en medio de las vacaciones para muchos y en un día laborable. En ocasiones me pregunto ¿Por qué sólo tres de los doce vieron al Señor transfigurado? Si hubieran ido los doce se habría afianzado su fe, tal vez Judas no le hubiera traicionado. Claro que ya puestos podía haberse transfigurado en la explanada del Templo de Jerusalén, frente al pueblo los sumos sacerdotes y ancianos…, o haber ido a Roma. Pero no, el Señor sólo se transfigura ante tres de sus discípulos.

El hombre necesita de certezas y seguridades y, cuanto menos nos fiamos del hombre, hacemos más cantidad de documentos y crece la legislación respecto a los contratos, acuerdos y negociaciones. Donde antes había un apretón de manos y una palabra ahora hay tres abogados. Nosotros confiamos en la palabra. Por la palabra se nos comunica la fe, la conocemos y ahondamos en ella. Y entonces, mediante la fe, la experiencia de otros se convierte en nuestra propia experiencia. Quien, que se haya puesto a hacer un rato verdadero de oración, no ha dicho con San Pedro: “Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí!”. Por eso el Señor no se transfigura delante de muchos, sino que nos hace conocer que la experiencia de la transfiguración está al alcance de todos. Una vez que Cristo ha resucitado todos podemos acercarnos a la “montaña santa” y disfrutar de esa intimidad con el Salvador que Pedro, Santiago y Juan tuvieron en la cima de ese monte alto. Ciertamente la oración, siempre que sea posible, es recomendable hacerla frente al Sagrario, pero podemos tener esa cercanía con Dios ante un paisaje, en la tranquilidad de la montaña, en el barullo de la playa, ante un amanecer o ante la pantalla del ordenador. Todo momento es propicio para encontrarse con Dios, mientras no n os encerremos en nosotros mismos.

Contemplar a los fieles que se acercan a los santuarios marianos es ver a tantos que se acercan a buscar un poco de luz que brilla en brazos de la Madre. También nosotros nos acercamos a ella para escuchar la Palabra que nunca defrauda.

Años de bienes

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Levitico 25, 1. 8-17

Sal 66, 2-3. 5. 7-8 

san Mateo 14, 1-12

Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan Bautista.» Mira que ya podía ser aficionada a las gambas la hija de Herodías, pero se ve que le gustaban más las cabezas de bautistas. Herodes, ni Herodías, ni el cornudo de Filipo se daban cuenta de lo que estaban haciendo, pero estaban inaugurando un año jubilar. Al cortar la cabeza a Juan el Bautista se da por terminado el Antiguo Testamento y comienza el nuevo. Se devuelve a cada uno lo que es, el hombre hijo de Dios y Dios recrea a la humanidad. Tal vez no era comprensible para los discípulos de Juan, Herodes no se enteraba de nada, pero todo se estaba haciendo nuevo. Pronto, quienes lo fueran descubriendo por la revelación de Cristo y el don del Espíritu Santo, recuperarían la alegría, la esperanza, la ilusión. En ocasiones Dios se sirve de elementos ineptos, que incluso objetivamente son malos, para hacer nuevas todas las cosas.

Todo esto nos tiene que ayudar a aprender a leer nuestra historia y la de la sociedad en que vivimos. En ocasiones hay personas que dicen. “¡Ah!, ¡la juventud está fatal!”. Y se quedan en la queja o en mirar hacia atrás, como si sus tiempos hubieran sido mucho mejores. Sin embargo sabiendo leer la historia y el momento presente ni la juventud está tan mal (hay grupos estupendos y chicos y chicas de quitarse el sombrero), y con los que peor están habrá que preparase para decir una palabra de aliento al abatido, enseñar el camino al perdido, dar sentido al que está de vuelta de todo, curar a los heridos, … Es decir, van a ser épocas de muchísimo trabajo, de mucha más oración y de estar muy atentos. El que se desencante con la generación que le ha tocado vivir no será capaz de sacar bienes de los males. A los años de sequía les siguen años de gracia, y hay que estar alerta para recibirlos.

Pidámosle a la Virgen que nos de ese olfato católico para descubrir la alegría en medio de las situaciones complicadas y el don de la esperanza que nunca se acaba.

¿Quién eres tú?

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Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34-37

Sal 80, 3-4. 5-6ab. 10-11 ab

San Mateo 13, 54-58

¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre Maria, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?”. La familia, la patria, la tribu, el grupo de amigos, es sin duda uno de los entornos más sagrados y bendecidos por Dios. En comunión con dicho entorno, puede el hombre sacar a relucir lo mejor de sí mismo… Pero cuando la familia, el grupo de amigos, la tribu, se pervierten, pueden llegar a ser una verdadera cárcel, una red ansiosa de devorar cuanto cae en ella. El mito de Saturno devorando a sus hijos no responde a la originalidad de un excéntrico: muestra, antes bien, la crueldad que reside en la corrupción de los ámbitos más nobles.

Los paisanos de Jesús quisieron despeñarlo por un barranco. Sus parientes quisieron encerrarlo en un manicomio. Les hubiera gustado haberlo mantenido encerrado en la carpintería familiar, donde podían tener al Mesías bajo control como se posee un bien material en propiedad. Puesto que no pudieron hacerlo, decidieron acabar con Él… Tras la visita que hoy nos narra el evangelio de Mateo, Jesús rompió definitivamente con su familia y con la ciudad que lo vio crecer. De no haberlo hecho, jamás hubiera podido mostrar al mundo el Reino de Dios. El Maestro no volvió a poner sus pies en Nazareth. Hay lugares a los que no se debe volver jamás.

Imagino el terrible sufrimiento de María. Imagino los dimes y diretes, los chismes, las injurias soterradas vertidas en tertulias bajo los portales. Imagino aquellas silenciosas lágrimas de Madre, y oro para que Ella nos conceda estar en guardia siempre. Somos depositarios de tesoros maravillosos… ¡Cuánto tenemos que velar!

¿Cuánto pesa la “red” de la Iglesia?

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Éxodo 40, 16-21. 34-38

Sal 83, 3. 4. 5-6a y 8a. 11 

san Mateo 13, 47-53

«El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?» Una de las cosas que no saben los que no creen o han dejado de creer en Dios es que Dios no ha dejado de creer en ellos. Se pueden pensar que el final de la vida no es nada, pero comparecerán ante Dios, y mirará sus obras y su corazón. Yo no digo, lo he dicho muchas veces, que no por ser creyente se es más bueno, pero al menos se es más consciente de la transcendencia de lo que hacemos. Si los ateos no fueran juzgados lo mejor que podría hacer la Iglesia -un enorme acto de caridad-, sería dejar de evangelizar. Pero nos presentaremos ante Dios todos, buenos y malos, cuando llegue el final de los tiempos. El juicio de Dios es una realidad. Misteriosa, no sabemos cómo será ni me pondría yo en su lugar. pero es una realidad a la que tendremos que enfrentarnos.

La Iglesia, y por lo tanto Cristo y el Espíritu Santo, es más pesada que los comerciales de cualquier producto. Insistirá una y otra vez, para que el día que lleguemos ante el juicio de Dios lo hagamos de manos de su madre María, y así podamos -por la misericordia de Dios-, participar también del número de los santos.

Las llaves del tesoro

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Éxodo 34, 29-35

Sal 98, 5. 6. 7. 9 

san Mateo 13, 44-46

“El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.”  Esa búsqueda del tesoro es como las llaves dentro del coche, está ahí, pero muchas veces no lo alcanzamos. Para encontrar ese tesoro escondido hemos recibido el plano completo, la hoja de ruta, nos han enseñado el camino, han abierto el cofre, nos han enseñado su contenido… y todavía no nos atrevemos a comprar el campo. Cualquiera que haya tenido momentos en su vida de más cercanía con Dios, que haya vivido un tiempo cerca del Señor, se da cuenta que está mucho más “ligero” para rezar, para vivir la caridad, para pensar en los otros, para sonreír. Tenemos la cara radiante, como la de Moisés.  Sin embargo, empezamos a pensar en ese campo que sólo tiene piedras y cardos y ningún tesoro escondido. Le damos vueltas porque nos parece que está más cerca de casa, que no vamos a destacar, que no nos meteremos en problemas… y nos olvidamos del campo del tesoro escondido. Volvemos a nuestra perez, nuestra apatía, nuestra tristeza, nos cuesta más trabajo rezar, nos volveos más cómodos, la caridad se enfría… y venga a darle vueltas a nuestro campo de cardos. El tesoro nos parece inalcanzable, pero está al otro lado del cristal, Cristo nos ha abierto el camino y simplemente hay que decir sí. Puede parecer muy complicado, pero es tremendamente sencillo. Normalmente, una vez que se descubre la verdadera alegría ya no se suelta, lo que pasa es que muchas veces nos contentamos con pequeñas alegrías.

La Virgen nos ayudará a recorrer el camino del tesoro y a decidirnos a venderlo todo y comprar el campo. Las llaves están dentro… al menos sé dónde están.

¿Castigo o misericordia?

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Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28

Sal 102, 6-7. 8-9. 10-11. 12-13

San Mateo 13, 36-43

Los hebreos nunca dudaron que el sufrimiento fuera un castigo de Dios a causa del pecado. Nada tiene ello que ver con esa forma burda de entender las realidades sagradas, según la cual Dios apalearía a sus hijos con padecimientos. Semejante concepción roza la blasfemia. El padre de todo dolor es el Diablo, a quien el Hombre se entregó desde el primer pecado. El triunfo de Yahweh consiste en haber arrebatado su obra al Enemigo, y haberla aprovechado, en forma de castigo, para nuestra salvación. Al igual que esas grandes centrales eléctricas convierten en luz la energía del agua, Dios, burlando al Maligno, ha recogido en la Cruz todo sufrimiento humano y lo ha transformado en una fuerza redentora poderosísima. Me resulta mucho más consolador, cuando sufro, escuchar que estoy ante un castigo amoroso de mi Padre Dios, que pensar que me hallo a merced de las fuerzas destructoras de Satanás con la impotencia con que una pluma es arrastrada por el viento.

En cuanto a la afirmación, “castigo el pecado de los padres en los hijos”, no me escandaliza en absoluto. Partiendo del concepto hebreo del “clan” y dirigiendo los ojos en un vuelo hacia la Cruz, la expresión resulta enormemente consoladora. Para el judío primitivo, la culpa tiene un carácter físico, y se transmite, como una mancha de nacimiento, de padres a hijos. Al igual que asumimos hoy que un heredero debe pagar las deudas que deja un difunto, entendían ellos que los hijos cargaran con las culpas de sus padres; nada más natural para aquellos judíos que aún no habían conocido a Montesquieu. Dios se sirve de aquella concepción para ir mucho más allá: habrá un Hijo, el “Hijo del Hombre”, que saldará definitivamente la terrible deuda que, a causa del pecado, la Humanidad ha contraído con Dios: Él (recordará Isaías en el canto del Siervo), soportará el castigo que nuestros pecados merecieron, y con ello nos obtendrá el perdón. El plan redentor brotado de las entrañas de misericordia de Dios pasaba por que un Hijo de Adán cargara voluntariamente con las culpas de sus padres. Tal es el significado de esa frase tan repetida en el Antiguo Testamento, que escandaliza a tantos “intelectuales” y llena de gozo a quien, unido a María, no aparta su mirada de la Cruz y descubre el Amor en cada Palabra revelada. No necesitamos una traducción “a medida”; necesitamos un Espíritu conforme con el de Dios.

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