Hoy estoy muerto de miedo. Según termine la Misa de la mañana, me voy al hospital, me harán un aprueba y luego me toca enfrentarme con el médico, feligrés y amigo, que estoy convencido que me va a regañar por activa, pasiva y perifrástica y me va a quitar todo (tal vez m deje respirar, pero despacito). Esta vez prometo que voy a hacerle caso…, o al menos eso espero. El cuerpo es una losa a partir de los 45: el colesterol tiende a subir, la tripa tiende a bajar, la memoria disminuye, la calvicie aumenta. Hay que cuidarse algo para no dar problemas a los que tienes alrededor, pero desde luego quien quiera seguir presumiendo es que también la han aumentado las dioptrías. El cuerpo es el cuerpo y es un don de Dios, el cuerpo atlético es una utopía llegados a ciertas edades.

“Por eso, cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.” »” Hoy, que  celebramos la fiesta de la Anunciación del Señor –trasladada por la semana santa y la Pascua-, celebramos dos cuerpos en uno. El cuerpo de Jesús, encarnado en las purísimas entrañas de María, y el Cuerpo glorioso de Jesús resucitado. El Señor nos ha dado un cuerpo para bendecirle, alabarle y servirle. Cuerpo que se va formando hasta su plenitud y que está llamado a la gloria. No me cansaré de repetir que no somos ángeles, que en el credo confesamos la resurrección de la carne y volveremos a tener un cuerpo –como el de Cristo glorioso-, con el que abrazar, sentir y querer. Somos cuerpo y alma. Al igual que aquí tengo que cuidar algo mi cuerpo para que mi alma siga actuando, tengo que cuidar mi alma para que mi cuerpo pueda dar gloria a Dios. Me da mucha pena personas que usan su cuerpo como si fuera una cosa, un ente inanimado (sin ánima), llamado solamente al placer momentáneo y luego a la podredumbre.

-«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.» María concibió en su seno al Hijo de Dios. Por él nosotros en nuestro bautismo hemos recibido el Espíritu Santo y somos templos suyos. El cuerpo no está hecho para ligar, sino para amar, con todos los sentidos. El que se queda sólo en lo corporal acaba teniendo miedo al placer y se aferra a los placeres más inmediatos y superficiales, y no sabe disfrutar de la vida, le da miedo la soledad y teme perder sus encantos, pues sólo se siente amado por lo de fuera y nunca amado por aquel que está más dentro de él que él mismo.

Encarnación y resurrección están íntimamente unidos. El cuerpo engendrado en María es el cuerpo glorioso resucitado. ¿Quiénes son esos que están dispuestos a acabar con el cuerpo de los santos en el vientre de sus madres? ¿Quiénes son esos que niegan el cuerpo glorioso a los cuerpos gastados en esta vida pero jóvenes y preciosos ante Dios?. El primer beso que recibamos en nuestro cuerpo glorioso será el de María, ella siempre nos ve hermosos pues nos mira con los ojos de su Hijo. ¡Qué nos cuidemos alma y cuerpo!… Para llegar al cielo.