Escribió el cardenal Ratzinger: “…la fiesta de Cristo Rey es reciente, pero su contenido es tan viejo como la misma fe cristiana. Pues la palabra «Cristo» no es otra cosa que la traducción griega de la palabra Mesías: el Ungido, el Rey. Jesús de Nazaret, el hijo crucificado de un carpintero, es hasta tal punto Rey, que el título de «rey» se ha convertido en su nombre. Al denominarnos nosotros cristianos, nosotros mismos nos denominamos como la «gente del rey», como hombres que reconocemos en Él al Rey…”.

Frente a esta afirmación encontramos la actitud de los soldados que se burlan del Crucificado: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. En el condicional de la frase se afirma la incredulidad pero también podemos leer la indiferencia de nuestro mundo que se pregunta qué tiene que ver Jesucristo con él. Fue por ese motivo que Pío XI, en 1925, introdujo esta fiesta en el calendario litúrgico. Ante un mundo que se secularizaba la Iglesia recordaba la dulce soberanía de Jesucristo. Sólo obedeciendo al Señor el hombre y las naciones podrán gozar de la verdadera paz.

La realeza de Jesucristo se pone de manifiesto en la Cruz. Jesús entrega su vida a favor de los hombres. El buen ladrón que le acompaña en el suplicio experimenta ese mismo día la realeza de Jesús al acogerse a su misericordia. Lo contrario a la realeza de Jesucristo es lo que san Pablo denomina, en la segunda lectura, tinieblas. Jesús, con su muerte en cruz, nos alcanza la reconciliación y por su sangre “hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”.

San Juan Crisóstomo se fijaba en ese hecho: Jesucristo es un rey que da la vida por su pueblo. Su reinado va, por tanto, íntimamente unido al amor que le ha llevado a entregarse por nosotros. Hoy se recomienda realizar la consagración del género humano al Sagrado Corazón. Por eso la fiesta nos recuerda el amor de Jesús que desea ser correspondido. Consagrarse significa entregarse totalmente a algo o a alguien. En este caso es el ofrecimiento de toda nuestra vida al Señor, para que Él Reine.

Desde la Cruz Jesús se muestra necesitado de misericordia pero, al acercarnos a Él, descubrimos que somos nosotros los que precisamos de su amor. Sin Él domina en nosotros el pecado, y quizás, la soberbia de pensar que podemos solos y no dependemos de nadie.

Reconocer la realeza de Jesucristo supone darnos cuenta de que estamos necesitados de misericordia y de que sólo su amor es la respuesta a todas las necesidades del hombre y de las sociedades. En el Concilio Vaticano II se dice: “El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones”. El buen ladrón lo descubrió en los últimos instantes de su vida, muchos hombres lo ignoran; nosotros que lo sabemos, le pedimos la gracia para poder vivir según sus mandamientos y también para servirle de manera que muchas otras personas se sientan atraídas por su amor.