Ya estamos con las primeras comuniones. No, no me he equivocado y estoy copiando un comentario del mes de Mayo. Pero ya he dicho las fechas de las primeras comuniones de este curso y a algunas madres no les ha gustado y se han revolucionado. Yo pienso que queda mucho tiempo para organizarse: tenemos que acabar el Adviento que acaba de empezar, celebrar la Navidad con un paso al año nuevo en medio, vendrán los Reyes, tendremos unas semanas de tiempo ordinario, celebraremos vivamente los cuarenta días de la Cuaresma, nos imbuiremos en los misterios de nuestra fe en el Triduo Pascual, viviremos gozosos el comienzo de la Pascua y ya llegarán las primeras comuniones…. ¡largo me lo fiáis!. Sin embargo un grupito (si es por estadística no llega a un tres por ciento de doscientos sesenta niños que hacen la comunión este año), ya les parece mal día y mala hora la propuesta, e incluso han recurrido a quejarse a mis “jefes”. Tendré que estudiar detenidamente lo que el Código de Derecho Canónico dice sobre las fechas de las primeras comuniones. Tardaré poco pues es nada. Si la preocupación fuese que sus hijos no están convenientemente preparados me preocuparía, si es que por ser por la tarde van a lucir poco el vestido las niñas me da igual, que se lo pongan una semana antes y no se lo quiten. A veces uno se pregunta: Si los padres no se dan ni cuenta que lo importante es que van a recibir a Cristo en la Eucaristía, ¿cómo se enterarán los niños? Prefiero no responderme.

«Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino.» Decía Benedicto XVI: «La primera antífona de esta celebración vespertina se presenta como apertura del tiempo de Adviento y resuena como antífona de todo el Año litúrgico: “Anunciad a todos los pueblos y decidles: Mirad, Dios viene, nuestro Salvador” (…). Detengámonos un momento a reflexionar: no usa el pasado -Dios ha venido-, ni el futuro, -Dios vendrá -, sino el presente: “Dios viene”. Como podemos comprobar, se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que se realiza siempre: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá también en el futuro. En todo momento “Dios viene”.» Y Jesús viene en la Eucaristía con su cuerpo, con su sangre, con su alma, con su divinidad. Él viene y nosotros queremos quedarnos con Él. Si no nos admiramos ante Cristo el hambre nos hará dejarle y buscar otro alimento. Ciertamente será otro alimento que ni sacia ni satisface y que pronto se olvida y se busca otro. Sólo de la unión con Cristo Eucaristía se puede decir: Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.» Lo demás, aperitivos insulsos y en muchas ocasiones dañinos.

Dios viene, lo repetimos en Adviento y lo palpamos en la Eucaristía. Y después de recibir ese alimento no podemos quedárnoslo y Dios vendrá a “todos los pueblos” por la vida de los que le recibimos: La Eucaristía se hace nuestra vida en la caridad, en que nuestra vida sea la vida de Cristo. Si el fruto de la Eucaristía fueras los recelos, egoísmos, protagonismos, envidias, divisiones…., es que algo falla, y no es Dios el que falla.

Jesús viene, tenemos que conocerlo muy bien para reconocerlo apenas venga y llame. Disfruta de las lecturas de la Misa de este Adviento y repite con María: “Ven Señor Jesús.”