Todos conocemos a personas que buscan en su vida o en la de los demás, hechos extraordinarios o increíbles. Quizás buscan acontecimientos y sucesos que sean milagros y nunca fruto de la casualidad, sino, causado por “Alguien”: supuestas apariciones, revelaciones misteriosas, curaciones imposibles, sucesos inexplicables y prodigiosos; un lugar, una persona, un día, etc, algo tangible que pueda ver, oír o tocar. Fórmulas “casi mágicas”, palabras o procedimientos que me lleven al misterio, como si fuera una ciencia oculta revelada a unos pocos. ¿Es un camino adecuado para buscar a Dios?

Otras personas, se dan cuenta de esto, y de lo divino, descubren que pueden sacar un partido muy mundano. Esta vía “espiritual” de búsqueda necesita de lo material y eso es oportunidad de negocio. Esta es la situación que Jesús se encuentra en el templo y que aclara en el pasaje del evangelio de hoy: quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

La Palabra de Dios nos centra en el principio de lo importante para el creyente. El decálogo que hoy leemos en la lectura del Éxodo es el “código” de la alianza entre Dios y su pueblo, nosotros. Este establece todas las relaciones que el hombre precisa para realizarse como individuo, ser social y sujeto religioso; por tanto con Dios, con la comunidad y con todos los hombres. Los mandamientos son normas que impiden que tanto el individuo como la comunidad se degraden y vuelvan a la esclavitud, adorando a ídolos, destruyendo la fraternidad, amenazando la vida o la libertad de los demás, impidiéndoles una existencia feliz ¿A qué situación de corrupción e hipocresía había llegado la casta sacerdotal, los fariseos y el templo? No vivían la ley de Moisés.

El templo antiguo, con todo lo necesario para que pudiese cumplir su función sacrificial es sustituido por el nuevo templo: Jesús. Él es el lugar de encuentro del hombre con Dios. Ya no necesitamos intermediarios. Siempre será muy precaria una fe que necesita de los milagros como soporte de la misma (Jn 7,31; 10,42), que se queda en las mediaciones sin madurar, y será “carne de cañón” para estafas y engaños. La bienaventuranza de la fe va dirigida a aquellos que creen sin haber visto (Jn 20,29) que se fían de la palabra o el testimonio de los apóstoles y sus sucesores. Al final del pasaje de hoy de Juan, Jesús no se fía de aquellos que apoyan su fe en obras extraordinarias porque conoce lo que hay en su interior.

Nosotros seguimos a un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Jesús no es solo un profeta reformador, es el Hijo de Dios (designa al templo como la casa de mi Padre). Es el Señor, el Señor de nuestras vidas, en el que esta puesta nuestra fe y nuestra esperanza, y hace que realmente vivamos en el Amor. Creemos y predicamos al Crucificado, pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Y Jesús, nuevo templo, resucitó a los tres dias. Él es el cúlmen de la revelación de Dios, todo está dicho y hecho. Señor, tu tienes palabras de vida eterna. Entonces, nada queda por revelar para nuestra salvación, de parte de Dios “no hay nada nuevo bajo el sol”.