Cuando los primeros cristianos que hablaban en griego querían explicar cómo Jesucristo estaba presente en sus vidas decían la palabra “parousía”. Significaba para ellos sencillamente “presencia”, era algo que poseían, pero a la vez estaban esperando su plenitud, añorando volver a tocar y a ver con sus propios ojos  a Jesús. Por eso, en latín lo tradujeron por “adventus”, es decir, “el que viene”, y de ahí que más tarde a este tiempo de preparación al memorial de su nacimiento y a su segunda venida, lo llamemos “adviento”. La experiencia original era esa: Jesús está presente, pero queremos que se manifieste totalmente.

Los judíos en tiempo de Jesús estaban seguros de la compañía de Dios para con su pueblo pero anhelaban volver a disfrutar de la potencia de la presencia divina que mostraban los profetas. Y llevaban 400 años sin ellos. Los judíos necesitaban de signos elocuentes, fenómenos asombrosos para volver a confiar… Y no nos engañemos, en lo profundo, hoy nosotros también.  Pero desde Jesús la dinámica ha cambiado. Milagros hay, y muchos, pero a Jesús le encanta, sobre todo, moverse entre lo cotidiano.

Fíjate, hoy Jesús hace una declaración preciosa sobre su primo y le llama el gran profeta de Israel: ” él es Elías…” y también dice: “no hay nadie más grande que él nacido de mujer…”. Pero muchos no se dieron cuenta… ¿Por qué? Porque pensaban que en lo pequeño – en ese pobre arapiento del desierto- no puede darse algo grande. Y sin embargo, el adviento es la gimnasia de eso mismo: aprender a descubrir a Dios en lo que puede pasar desapercibido.

Un drogadicto amigo mío, me dio una lección inolvidable. Me lo contaba desde el peso de su historia: “yo ahora sé que Jesús tiene un sitio preferido para manifestarse inequívocamente… Un lugar donde se esconde y te espera por si llegas un día,.. ese lugar es el rincón más feo y oscuro en el que pueda estar una vida”. “Incluso allí, es más, es allí, donde ya no le puedes decir que no.”  Ahora vuelvo a leer Isaias 41 y lo entiendo todo… ¿tú no?