Y en lo más profundo: el Padre

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En este camino de revelación del misterio de su Persona que Jesús por medio del Evangelio de Juan nos está concediendo en esta semana hoy llegamos al punto central del misterio de Cristo. Hoy el evangelista nos introduce en lo más profundo del corazón del Señor y ¿qué encontramos allí? El misterio del Padre.

Quien me ha visto a mí ha visto al Padre… Yo estoy en el Padre y el Padre en mí… me voy al Padre… para que el Padre sea glorificado… Jesús siempre remite al Padre. No hay palabra que repita más Jesús en su oración. De hecho nos la enseñó a decir a nosotros: cuando oréis decid Padre nuestro…

La presentación de Dios como Padre está muy presente en la historia de las religiones. Como dice el Catecismo en el número 238, la divinidad es con frecuencia considerada como “padre de los dioses y de los hombres”. Ya más cercana a nosotros la tradición judía presenta la paternidad de Dios en cuanto creador del mundo, Padre de Israel y Padre de los pobres.

Pero Jesús nos revela algo totalmente nuevo: es eternamente Padre en relación a su único Hijo que a su vez es Hijo en relación al Padre.

Esta revelación está presente a lo largo de todo el Evangelio. Cuando Jesús reza habla con el Padre. Cuando va a hacer un milagro da gracias al Padre. Cuando está con los suyos los encomienda al Padre. En el momento del sufrimiento su intimidad con el Padre es mayor: Abbá (que significa papá). En la cruz su mirada y su palabra se dirigen al Padre suplicando el perdón de los verdugos y encomendándole toda su vida con la misión cumplida. Y finalmente en la Resurrección les explica dónde va: al Padre mío y Padre vuestro…

Esta novedad incluye otra dimensión sorprendente. No sólo es el Padre, su Padre, sino que ahora Él nos hace hijos en el Hijo. El Espíritu Santo nos hace a nosotros clamar también Abbá Padre. Nos lo dice San Pablo: Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “¡Abbá, Padre!” (Rom 8, 15).

Pidamos a nuestra Madre que nos enseñe a llamar a Dios Padre. Y así nuestra relación con Dios no sea formal sino filial.

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