María Magdalena de Pazzi, virgen (1566-1607)

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Nuestra Señora del Puy (Estella). Santos: Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia; Gregorio VII, Urbano, Bonifacio IV, papas; María Magdalena de Pazzi, virgen; Magdalena Sofía Barat, fundadora; Lesmes, Genadio, Zenobio, obispos; Valencio, Máximo, Valentín, Pasicrates, mártires; Cristóbal Magallanes Jara y Agustín Caloca Cortés, sacerdotes y mártires; Emma, Aldelmo, abades; Dionisio, confesor; Vicenta María Álvarez de Vicuña, fundadora de las Hijas de María Inmaculada.

Mujer toscana, con temperamento vehemente y de vida contradictoria. Una figura apasionante. Hija de Camilo Geri de Pazzi, gran señor florentino, y de María Lorenzo Buondelmonti, dama exquisita, extremadamente amiga de los Médici. A Catalina, su hija única, la educaron las Canonesas de Malta. Ingresó en el año 1582 en las carmelitas observantes; tenía diecisiete años. Tomó el nombre de María Magdalena.

Una tarde, mientras hacían las novicias su oración, sucedió un acontecimiento extraño en el oratorio. Todas pudieron ver el rostro ardiente y rojo –como de calentura– que mostraba María; notaron un comportamiento anormal porque se agitaba, intentaba aflojarse la correa de la cintura, se deshacía en lágrimas y sollozaba: «¡Oh amor, que no eres conocido ni amado; qué ofendido estás!». Aquella escena duró dos horas. Fue el primer éxtasis.

Luego se desmayaba con frecuencia, siempre atendida por su madre maestra de novicias Sor Evangelista del Giocondo. Tuvo visiones de Dios Uno y Trino. Aquellos arrebatos eran días y horas maravillosos, inexplicables e incomprensibles, llenos hasta no poder más de amor y de ansias apostólicas por difundir la santidad que vivifica a la Iglesia. En otras temporadas, María tuvo que sufrir terribles tentaciones y profundas negruras que le agarrotaban el alma; no le dejaban un momento de reposo las luchas, agobios, pesadumbres y hastío sin ningún tipo de consuelo. Aquello era para purificar.

Cuando la eligieron para desempeñar el cargo de maestra de novicias, se entregó a ello con toda el alma, poniendo un acentuado empeño en inculcar a las jóvenes que iban aprendiendo el espíritu del Carmelo su amor a la humildad. Les solía decir, enfatizando: «En el infierno habrá almas apostólicas y vírgenes; pero no habrá almas humildes». Con ello les proponía todo un programa ascético.

Profetizó al cardenal que luego sería León XI (uno de los Médici) su elevación al Pontificado y su brevedad.

Fueron a verla teólogos de nombre, porque su situación –cada vez más comentada por las religiosas y por la gente– mostraba un cuadro infrecuente y extraño. Unos iban por cumplir un mandato de los superiores que querían saber; otros lo hacían por una disculpable curiosidad ante un caso tan raro. Pero María Magdalena aprovechaba aquellos momentos de visita no querida para inculcarles a todos recta conciencia.

Solía acercarse al sacramento de la Penitencia diariamente, no por escrúpulo, sino por la delicadeza de alma que le llevaba a odiar y temer la menor de las imperfecciones, dejándose llevar del deseo de alcanzar «aquella perfección que Él quiere que tenga». ¿Excesos de amor?

La enfermedad la llevó a la muerte en forma parecida a la de Cristo en la cruz: metida en toda clase de sufrimientos, con todos los dolores en el consumido cuerpo; sin consuelo, sin gusto, sin gozo. Aquello era el mimo de Dios.

Murió el 25 de mayo de 1607. Solo había vivido 41 años consagrados a pedir a Dios la Reforma de la Iglesia.

¿Qué habría dicho Freud ante el examen de tales situaciones tan contradictorias? Porque no siempre acierta el dictamen de los que entienden o se tienen a sí mismos por entendidos.