María Magdalena Sofía Barat, fundadora (1799-1865)

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Nuestra Señora del Puy (Estella). Santos: Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia; Gregorio VII, Urbano, Bonifacio IV, papas; María Magdalena de Pazzi, virgen; Magdalena Sofía Barat, fundadora; Lesmes, Genadio, Zenobio, obispos; Valencio, Máximo, Valentín, Pasicrates, mártires; Cristóbal Magallanes Jara y Agustín Caloca Cortés, sacerdotes y mártires; Emma, Aldelmo, abades; Dionisio, confesor; Vicenta María Álvarez de Vicuña, fundadora de las Hijas de María Inmaculada.

Recoge la herencia acerca de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús (Juan Eudes, Margarita María de Alacoque, beato de la Colombière, Pompilio María Pirroti, etc.) y la hace clara en un momento clave del resurgir cristiano en Francia a raíz de la Revolución.

Al tonelero Jacobe Barat y a Madelaine, su mujer, les nació una hija el 12 de diciembre de 1799, cuando terminaba el siglo; la llamaron Magdalena Sofía.

El hermano mayor, Louis, es su padrino. Se tomó tan en serio su padrinazgo que decidió enseñar a su hermana todo lo que él sabía, convirtiéndose en su maestro mientras él se preparaba para el sacerdocio. Dispuesto a hacer de aquella niña endeble un sabio sesudo, a poco que la cabeza de Magdalena empieza a funcionar, se ocupa de meter ritmo en el aprendizaje; poco a poco, pero con un compás más rápido del habitual, la introduce en el intrincado mundo de la filosofía y de la literatura clásica y moderna, de las matemáticas ¡horror para una aldeana! y de otras ciencias exactas. Además, la impone en español e italiano. Aquella pobre jovencita llegará a decir cuando mayor que hubo un tiempo en que «era más virgiliana que cristiana». Luis no la dejaba tranquila; parecía que tenía el proyecto definido de hacerla aprovechar el tiempo y no permitirle la vagancia; le exigía orden, puntualidad para hacerla responsable; solo en las épocas de recolección le permitía un respiro, porque todos los brazos disponibles de la casa debían emplearse en las tareas agrícolas. Aquel esfuerzo prolongado y sin tregua le vino muy bien para hacerla fuerte, dándole el temple y fuste necesario para poder reaccionar después humana y sobrenaturalmente con una altura que no tenían los hombres.,

En 1789 llegó la Revolución con su vocerío sobre los derechos del hombre y con el caos que siguió. A Louis Barat lo metieron en la cárcel, pero lo soltaron pronto; lo ordenaron sacerdote, que era entonces como una predestinación al martirio, y se marchó a París a ejercer su ministerio en secreto, en casa de madame Duval.

Magdalena dejó el pequeño pueblo de Joigny y siguió a su hermano a París donde prosigue su preparación intelectual, participa en catequesis clandestinas, y siente con el mundo católico las atrocidades del momento: el papa en destierro, prisionero y muriéndose en Valence, los obispos expulsados, las iglesias profanadas, los conventos destruidos, la gente sin religión y los niños sin nadie que les enseñe. Todo al son de la guillotina y de las piras incendiarias.

El decreto de Libertad de cultos del 1797 fue la ocasión del despertar cristiano ante aquellos atropellos revolucionarios. Por todas partes hay un bullir de gente y espíritu ansioso de recuperar el tiempo. Luis se une a los del Sagrado Corazón fundados por Tournely. Magdalena está pensando en su futuro inmediato sin decidirse aún a optar por el carmelo; el padre Joseph Varin, futuro jesuita y con un carácter tan férreo como el de su hermano Louis, influyó en ese momento de indecisión a que se entregara a fundar una asociación religiosa contemplativa y activa en franca reacción jansenista. La finalidad sería la glorificación del Corazón de Cristo y el medio, la instrucción de la juventud.

Así quedó fundada, en 1801, la sociedad de las Damas del Sagrado Corazón. La cuna fue Amiens, y la expansión se hizo por Grenoble, Belley, Poitiers, Niort, París, Turín, Roma… 111 casas en vida de la fundadora desparramadas por Europa.

La rapidez de su difusión no quiere decir que todo fuera un camino de rosas. De Magdalena Sofía Barat se ha llegado e escribir que, durante los veintitrés años que fue superiora, «fue una de las santas más crucificadas de su siglo». Tuvo problemas graves nacidos del clericalismo francés en 1839; fueron expulsadas de Suiza y del Piamonte en 1848; pero su terrible corona de espinas salió desde sus mismas hijas soliviantadas por el capellán de la casa de Amiens, Saint-Estève, que pretendió cambiar el nombre, las constituciones y el régimen, empleando modos innobles e ilícitos como falsificar documentos y cartas, y llegando a provocar la escisión de una buena parte de las religiosas belgas vilmente engañadas.

Aquella preparación cultural y temple que parecía desproporcionado para la época de su niñez y juventud, la prepararon dándole la firmeza y el criterio necesario para sobrellevar los momentos de incomprensión, malentendidos, calumnias y persecución. La frase evangélica «Iesus autem tacebat» le sirvió como punto de referencia para no perder la paz ante los acontecimientos y desafiar las situaciones adversas con valentía.

«El jueves vamos al cielo», dijo un día. Así sucedió. El 25 de mayo de 1865 se marchó.

Bien dotada para la enseñanza, lo hizo de modo maravilloso con las muchachas que Dios le iba mandando y de donde salían las vocaciones para llenar las numerosas casas que se fundaron con una rapidez de vértigo. Claro que el sistema empleado –supo unir a la exigencia la bondad– tuvo poco que ver con el que usó su hermano con ella.