María Goretti, virgen y mártir (1890-1902)

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Nuestra Señora de Sonsoles. Santos: María Goretti, virgen y mártir; Dominica, Mectilde o Matilde, vírgenes; Agilulfo, Rómulo, Benedicta, Bertario, Tranquilino, Lucía, Antonino, Severino, Diodoro, Dión y compañeros, mártires; Amando, obispo; Isaías, profeta; Gervasio, confesor; Justo, monje; Hugo, eremita; Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús March Mesa, fundadora de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia, beata.

Un lugar de Italia, una joven bien desarrollada de doce años, la brutalidad de un joven vecino convertido por la pasión en un monstruo de la naturaleza animal, mucha sangre, catorce puñaladas y una muerte. Son los ingredientes que harían las delicias de un empedernido guionista de culebrón interminable televisivo, prorrogable hasta el hastío; la trama que pondría a funcionar a pleno rendimiento las neuronas del columnista hambriento de sensacionalismos, seguro de que sus lectores agotarían la tirada ese día. En un santoral, esos elementos juntos suenan a tiempos remotos y expresados en la leyenda dorada o en la fábula. Pero todo ello ha sido en plena edad contemporánea.

Y conviene decir desde el principio que hay cosas que solo pueden darse entre los cristianos. Me refiero al perdón que se da por Dios; porque Él perdonó antes y enseñó a hacerlo. En la historia que refleja la hagiografía presente perdonaron la víctima y –lo que es más difícil– perdonó también la madre de la víctima.

En Corinaldi (Ancona, Italia) viven Luis Goretti y Assunta Carlini; forman una familia pobre con sus hijos. Por dificultades económicas –no había para comer–, tienen que emigrar a Colle Gianturco y de allí a Ferriere di Conca donde se asientan como colonos en las malas tierras pantanosas del conde Mazzoleni. Murió pronto el padre y dejó a su viuda con cinco hijos que alimentar y cuidar; el mayor tenía trece años.

Mamá Assunta –que murió, viejecita de ochenta y ocho años, el 9 de octubre de 1954, pasada la mitad del siglo xx, en Corinaldi (Ancona, Italia), después de pasar años sentada en una silla de ruedas en donde la puso la rotura de su pierna cuando buscaba el refugio para huir de las bombas en 1943– no sabía leer ni escribir, pero poseía esa sabiduría superior de los que conocen y viven el Evangelio. Enseñó la señal de la cruz a sus hijos, las primeras oraciones y lo que ella misma aprendió; tenía el don de la honradez, disfrutaba del amor y temor de Dios que la lleva a transmitir a los suyos horror al pecado. Trabajadora de siempre en la pobreza. Sus enraizados principios cristianos la movían a reunir a la familia al fin de día para rezar el rosario por el alma de su difunto esposo y padre.

Vivían en el caserío de la finca compartido con los Serenelli, padre e hijo; habían adquirido el compromiso de atenderlos. La casa tenía dos habitaciones separadas, con escalera y cocina común.

María es la mayor de las niñas; nació en Corinaldi el 16 de octubre de 1890; ahora cuida de la casa mientras la madre trabaja en el campo como si fuera un hombre en las faenas duras para ganar el pan; Marietta va a por agua, limpia a los hermanos pequeños, hace la comida, cose y remienda, pocos juegos y ninguna amiga porque el día no da para más; quizá las circunstancias le forjaron antes de tiempo un carácter maduro y alegre. Meses atrás animaba a la madre con la advertencia de que ya se van haciendo grandes y que tienen salud. Saldrán adelante.

Aquel día 5 de julio de 1902, estaba sola en la casa, precisamente cosiendo una camisa de Alejandro, hijo del viudo Juan, mocetón de veinte años, que había comenzado a fijarse demasiado en la chiquilla. Entiende que algo va mal al notar que Alejandro ha entrado en la casa durante el tiempo de labor y al oír el patadón en su puerta. Intentó violarla. Se resistió María con todas las fuerzas que pudo, con protesta y repetida negación: «No, no, no… es pecado… ¡Es pecado!… ¿Qué haces, Alejandro?… ¡Vas a ir al infierno!».

Viendo el sofocado Alejandro que nada consigue, toma el hierro afilado preparado para intimidarla, y 14 puñaladas en el vientre y en el pecho contaron los médicos al operarla en el hospital de los Hermanos de San Juan de Dios de Nettuno, a las cinco horas de los hechos, con el vientre de Marieta abierto para conseguir lo imposible en aquellas eternas dos horas de operación sin anestesia que fue un calvario.

Muriéndose la niña con la medalla de la Milagrosa que siempre llevaba al cuello entre las manos, recibió el Viático y no solo perdonó a Alejandro, sino que expresó el deseo de que fuera al cielo con ella, después de haber contestado que todo sucedió porque «Alejandro me quiso hacer cosas malas y yo no quería».

Hubo estupor e indignación en todo el contorno que se hizo presente en el entierro. Aquello coronaba la vida de virtudes cristianas, practicadas en un entorno muy pobre pero lleno de fe, de austeridad y de trabajo, aderezado con la oración, donde había crecido hasta los doce años una muchacha sana de cuerpo y de alma, con horror al pecado, y que prefirió morir antes que ofender a Dios.

Treinta años después de la muerte de María Goretti se trasladaron sus restos a la basílica de Nuestra Señora de las Gracias de Nettuno.

La madre estuvo presente en la ceremonia de la canonización de su hija; un hecho insólito en la historia conocida. Y también desconocida por los anales romanos la masiva afluencia de fieles en la Plaza de San Pedro –medio millón calculado–, delantera de la basílica corazón de la Cristiandad gobernada en ese momento por Engenio Pacelli. El día 24 de junio de 1950, el papa Pío XII canonizó a María Goretti.

¿Alejandro? ¿El hijo de viudo que se dejó cegar por una brutal pasión? Pues lo detuvieron, confesó el homicidio, y lo condenaron a treinta años de cárcel de los que redimió tres por buen comportamiento.

Pero quiso y supo pedir perdón. La noche de la Navidad del 1938, ya indultado y libre, fue a preguntar a mamá Assunta por su disposición al perdón; juntos comulgaron en aquella misa del gallo. Luego fue criado y hortelano en los capuchinos de Ascoli.

A algunos puede sonar ridículo la canonización de una muchacha que se deja matar por guardar la pureza del cuerpo en el siglo de la exaltación del sexo como consecuencia de una visión zoológica potenciada desde la ciencia deudora de Freud; en cambio hay otros que tienen un sentido del cuerpo y de la vida humana que se expresa en términos de sagrado y esta visión es irrenunciable.

A los primeros no les importa en absoluto un comportamiento a lo animal, como los burros o los perros. Los segundos, no; como Marieta, arrostran el peligro en su cuidado y defensa. Ah, eso sí, no es solo cuestión de opiniones, la verdad tiene sus derechos.