Benito de Nursia, abad (c. a. 480-547)

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Santos: Benito, abad, Patrono de Europa; Quetilo, Cindeo, Drostán, Jenaro, Pelagia, Marciano, Sabino, Cipriano, Sidronio, Plácido, mártires; Alberto, Aleto, Amable, Berrano, confesores; Juan, Dictino, Leoncio, obispos; Idulfo abad; Pío I, papa; Sigisberto, eremita; Olga, santa.

Es el hombre que formó una verdadera revolución en la puesta en marcha en Occidente de un estilo de vida cristiano que perdura en nuestros días y que ha dado a la Iglesia cantidad de hombres influyentes tanto en el gobierno, como pioneros fueron en las artes; de él salió una impresionante estela de monjes que terminaron por influir en el mundo científico y en el saber teológico; fueron guías de pueblos y otras muchas cosas más.

Aunque no es demostrable, se dice que sus padres se llamaron Eutropio y Abundancia. Hermano gemelo de la santa Escolástica, que se venera a su sombra. Se le presenta como proveniente de una familia ilustre, aunque de costumbres austeras, como era propio de la montaraz Umbría italiana. El nombre de Benedictus lo empleó su biógrafo san Gregorio para jugar con los conceptos expresados en la palabra y afirmar que «fue bendito, además de por el nombre, por la gracia».

En su niñez estuvo bajo los cuidados de su nodriza, llamada Cirila, que era griega de nacimiento. Estudió en Roma en los difíciles tiempos de la invasión y saqueo de Teodorico, en el 493; allí se llenó de romanidad, se hizo experto en artes liberales y perito en derecho. Pero al final de su preparación, en vez de dedicarse al ejercicio de la jurisprudencia, sintió deseos de imitar a los eremitas del desierto dados a conocer en Roma por Atanasio y Jerónimo. Abandona todo, su status, su familia, los libros, y las promesas humanas de futuro; considera que la más alta ciencia es la contemplación. Solo la chacha griega le ata al mundo y vida anterior; ella le acompañará a la aldea de Eufide, en la montaña, junto a la iglesia; allí comenzará los balbuceos que terminarán en la pujanza de los monasterios aún por inventar. Vida de intensísima oración y penitencia con alguna plática espiritual al viajero que pasa o con el paisano que cuida ganado o cultiva la tierra. Todo marchó bien hasta que un día se le ocurrió a Benito hacer un milagro para quitar las lágrimas del rostro de su aya Cirila porque el cedazo se le había roto y con la sola oración unió los pedazos de barro; ella lo comentó con alguien y así fue como se rompieron las ataduras humanas. Al día siguiente desapareció Benito sin despedirse siquiera.

El monje Román le impone la túnica como hábito. Vive en la gruta de Subiaco donde mantiene luchas casi desesperadas contra la carne, el hambre, la sed, la soledad, los reclamos de la vida mundana y las terribles tentaciones diabólicas. Los aprendices de monje en Vicovaro, conociendo su santidad, le piden que ponga orden en su indisciplinada vida donde las pasiones habían hecho presa; hizo levantar doce pequeños monasterios en las orillas del lago que formaba el río Anio. Los nobles comenzaron a encomendarle la educación de sus hijos y se llegaron a mezclar entre ellos los godos con los romanos. La fama de santidad pasó a las tierras y llegó a Roma ¡y a Nursia! Pero su buena voluntad no fue suficiente porque aquellos monjes no aceptaban su disciplina; aquel envidioso clérigo, Florencio, llegó hasta la calumnia y el intento de envenenarlo. Pudo, pero no quiso usar su autoridad; empleó la mansedumbre, dejó su amada gruta y a los monjes en buenas manos, marchó con poca compañía por los Abruzos hasta encontrar el lugar adecuado en Monte Casino, entre Roma y Nápoles, y sobre las ruinas de un templo pagano levanta el gran monasterio cuna de la orden benedictina. Allí, poco a poco, va surgiendo un cada vez más grande cenobio amurallado, donde escribió la Regla para conducirse en la vida monástica.

Cada año recibía una vez, en dependencia próxima al monasterio, a su hermana Escolástica que regía monasterio y vivía contemplando según el espíritu que enseñaba su hermano. La última vez pidió la hermana alargar durante la noche la conversación sobre cosas del Paraíso; la firme negativa del hermano provocó la oración de Escolástica ¡y el milagro! Se levantó un huracán, llovió como nunca, sonaron los truenos y relámpagos impidiendo la separación y llevando hasta el nuevo día con el alba la charla sobre asuntos celestiales. A los tres días murió Escolástica, viendo su hermano en oración salir su alma en forma de paloma; mandó subir su cuerpo a Montecasino para ponerlo en sepulcro que había preparado para sí mismo.

El posterior eco de su estilo, su Regla –modelo de espiritualidad y discreción–, la fidelidad de los monjes de hábito negro, hizo que por todo Occidente fueran surgiendo monasterios para la oración continua, la contemplación intensa, la penitencia, el espíritu de pobreza, el trabajo manual de la tierra para mantenerse, el estudio y el escritorio, la alabanza a Dios y la parquedad en la conversación –reducida a la necesaria– dieran tono espiritual, irradiándolo en su entorno. Tanto que su Regla por la que se rigen hoy varias decenas de miles de monjes en todo el mundo ha hecho que el patriarca del monacato occidental sea como la carta fundacional de Europa. Comparte este patronazgo con los santos Cirilo y Metodio. En la inauguración de las sesiones del Sínodo de obispos del 1999, cuando se prepara la Iglesia para el comienzo del tercer milenio, el Sumo Pontífice Juan Pablo II declaró a Edith Stein, Patrona de Europa, junto a Catalina de Siena y Brígida de Suecia, queriendo colocar tres figuras femeninas junto a los Patronos, para subrayar el papel que las mujeres han tenido y tienen en la historia eclesial y civil del Continente.

El mismo Montecasino puede interpretarse como un símbolo de nuestra cultura cristiana. Construido sobre el paganismo, arrasado por los bárbaros, machacado en la segunda guerra mundial… y ahí está, sobreviviendo a las culturas como ciudad construida en lo elevado para que se vea, y como luz que se coloca en lugar alto para iluminar.

Es la persona que marca un estilo y lo hace vida, abriendo surco de santidad para los llamados.