Domingo de la 34ª semana de Tiempo Ordinario. Jesucristo Rey del Universo – 20/11/2016

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Comentario Pastoral

EL REY DEL UNIVERSO

Con este domingo y la semana que de él depende se concluye el largo Tiempo Ordinario y se clausura el Año Litúrgico. Hoy se nos presenta la grandiosa visión de Jesucristo Rey del Universo; su triunfo es el triunfo final de la Creación. Cristo es a un mismo tiempo la clave de bóveda y la piedra angular del mundo creado.

La inscripción colocada sobre el madero de la Cruz decía: “Jesús de Nazaret es el Rey de los judíos”. Esta inscripción es completada por San Pablo cuando afirma que Jesús es “imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia, reconciliador de todos los seres”.

Parece paradógico que los cristianos nos gloriemos en proclamar Rey a quien muere en la debilidad aparente de la Cruz, que desde este momento se transforma en fuerza y poder salvador. Lo que era patíbulo e instrumento de muerte se convierte en triunfo y causa de vida.

No deja de ser sorprendente volver a leer en este domingo, para celebrar el reinado universal de Cristo, el diálogo entre Jesús y el malhechor que cumpliendo su condena estaba crucificado junto a él. Ante el Rey que agoniza entre la indiferencia de las autoridades y el desprecio del pueblo que asiste al espectáculo del Calvario, suena estremecida la súplica del “buen ladrón”, que confiesa su fe y pide: “acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.

En el trance definitivo y sin trampa de la muerte cobra relieve singular la sinceridad, que reconoce el fracaso y pecado de la vida propia. Antes de mirar al Crucificado, es oportuno volver los ojos a este hombre, dominado por el mal en su vida y modelo de conversión en el instante de su muerte, para aprender la lección necesaria de la conversión sincera y entender o que significa el Reino de Jesús. Y a la vez es oportuno tener presente que no hay que esperar al atardecer de la vida para cambiar.

El Reino nuevo de Cristo, que es necesario instaurar todos los días, revela la grandeza y el destino del hombre, que tiene final feliz en el paraíso. Es un Reino de misericordia para un mundo cada vez más inmisericorde, y de amor hacia todos los hombres por encima de ópticas particularistas. Es el Reino que merece la pena desear. Clavados en la cruz de la fidelidad al Evangelio se puede entender la libertad que brota del amor y se hace realidad “hoy mismo”.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Samuel 5, 1-3 Sal 121, 1-2. 4-5
san Pablo a los Colosenses 1, 12-20 san Lucas 23, 35-43

de la Palabra a la Vida

No da Jesucristo la imagen de rey a la que estamos acostumbrados. Si preguntáramos a un niño, no podría imaginar esa comparación con éxito: este tiene una corona de espinas, una cruz por trono, no viste de forma elegante, sino lleno de heridas, y no aparenta prosperidad y éxito sino sufrimiento y fracaso. Y sin embargo, la liturgia de este domingo, último del año, deja bien claro cómo es este rey nuestro. Hasta tal punto le reconoce como rey, que le escucha decir en una afirmación soberana: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Son innumerables las referencias en toda la Sagrada Escritura que hablan de un rey, desde el Antiguo Testamento, la historia de Israel, y hasta la primera lectura de hoy: El rey en Israel es un pastor elegido por Dios. Así, va a guiar al pueblo que le es confiado. Para poder realizar su función recibe la unción con óleo sagrado. Así, el ungido del Señor hace visible la soberanía de Dios en medio de su pueblo, su interés y preocupación por los suyos, capacitando a uno de su pueblo para que los guíe a todos hacia la verdad y la vida. Por tanto, la función real es una función sagrada, y por su relación peculiar con Dios, en ese rey está la esperanza de un pueblo, que sabe que por él es conducido a la felicidad. Sí, además de todo esto, el rey, tal y como lo presenta Isaías, está llamado a padecer la humillación para constituir definitivamente su reino.

Todo eso encuentra su cumplimiento en Jesucristo. Nuestra mirada, según buscamos en la Escritura y enumeramos características de este rey, se va volviendo irresistiblemente hacia el su camino, eleva su mirada hacia Jerusalén, así la Iglesia va volviendo su corazón hacia Cristo, rey verdadero que viene a hacer justicia a todos los hombres. San Pablo, en la segunda lectura, ya ha desvelado a ese personaje oculto durante siglos, aunque estaba desde el principio junto a Dios.

En el himno de la carta a los colosenses ya podemos ver que el Mesías esperado no era David, sino un descendiente suyo, que tras muerte en cruz conduce todo a la presencia del Padre, recapitula la existencia para que sea puesta ante Dios y le glorifique eternamente. Cristo ha instaurado definitivamente este reino suyo y ahora espera nuestra respuesta mientras guía los corazones de todos para que, misteriosamente, conozcan y alaben a Dios.

Se nos invita, pues, en este domingo, a hacer la experiencia de una vida vivida bajo un Rey, en un pueblo regio, pero bajo un Rey cuyo reino no es de este mundo. Sutilmente, igual que las lecturas nos presentan la preparación, acción y desarrollo de ese Rey y su reino, se va haciendo en la historia según la voluntad de Dios. Solamente los corazones que confían en ese Rey son capaces de ir descubriendo su misterioso movimiento.

Por eso, al acabar el año con esta fiesta, la Iglesia nos pregunta por medio de la Palabra de Dios: ¿Dónde ha asumido Cristo su reinado en mi vida? ¿Cuándo cargar con su cruz me ha hecho ver su poder real? ¿Quién amenaza, en mi existencia, el reinado que Cristo quiere sobre mí para llevarme al Padre? ¿Ejerzo mi participación en ese reinado como ha hecho Cristo, como un servicio al mundo? Al que le reconoce y le alaba, mediante las palabras y el servicio, le dice hoy: “Estarás conmigo en el Paraíso”

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la misa de Cristo Rey

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo
a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
ungiéndolo con óleo de alegría,
para que ofreciéndose a sí mismo
como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz,
consumara el misterio de la redención humana,
y, sometiendo a su poder la creación entera,
entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal:
el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia,
el reino de la justicia, el amor y la paz.
Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 21:

Apocalipsis 14,1-3.4b-5. Llevaban grabado en la frente el nombre de Cristo y el de su Padre.

Sal 23. Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Lucas 21,1-4. Vio una viuda pobre que echó dos reales.
Martes 22:

Apocalipsis 14,14-19. Ha llegado la hora de la siega, pues la mies de la tierra está más que madura.

Sal 95. El Señor llega a regir la tierra

Lucas 21,5-11. No quedará piedra sobre piedra
Miércoles 23:

Apocalipsis 15,1-4. Cantaba el cántico de Moisés y el cántico del Cordero.

Sal 97. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Lucas 21,12-19. Todos os odiarán por causa mía, pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá.

Jueves 24:
San Andrés Dung-Lac, presbítero, y compañeros, mártires. Memoria.

Apocalipsis 18,1-2.21-23; 19,1-3a. ¡Cayó la gran Babilonia!

Sal 99. Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.

Lucas 21,20-28. Jerusalén será pisoteada por los gentiles hasta que a los gentiles les llegue su hora.

Viernes 25:

Apocalipsis 20,1-4.11-21,2. Los muertos fueron juzgados según sus obras. Vi la nueva Jerusalén que descendía del cielo.

Sal 83. Esta es la morada de Dios con los hombres.

Lucas 21,29-33. Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.

Sábado 26:

Apocalipsis 22,1-7, Ya no habrá más noche, porque el Señor irradiará luz sobre ellos,

Sal 94. Marana tha. Ven, Señor Jesús.

Lucas 21,34-36. Estad siempre despiertos


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