Amar a los amigos y amar a los enemigos

Escrito por Comentarista 4 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

img_2613Amar a los amigos suena bien, amar a los enemigos suena disparatado. Solemos considerar el amor un ejercicio de correspondencia, nos queremos y vamos como los caballos, juntos, al paso, en el recorrido lento de la vida que es amarnos. Pero al enemigo le quiero fuera de mi vista. El enemigo lleva un letrero en la frente de persona despiadada que me vilipendió en el pasado y, cuando menos lo espere, es capaz de volver a la afrenta. Y a mí, que no soy masoquista, no me gustaría cogerle interés al hecho de tratarnos. El mero recuerdo de quien me dejó dolor en el pecho, es motivo de situarlo en la otra esquina de mi existencia. Pero el Señor insiste en el amor a los enemigos. El amor es un verbo que parece exigir destinatarios precisos, exclusivos, no todos forman parte de esa comunidad de afortunados. Pero es que Nuestro Señor dice “tú ama, tu posición es la de andar en salida en toda circunstancia, no dejes nada en el interior de tu ser que pueda ensuciarse, yo estoy siempre dentro de ti. Que nada ni nadie me arroje del hogar que hemos formado“. Por tanto, el amor a los enemigos es la acción de Dios dentro de un corazón confiado, al que no le duelen prendas de dónde poner su atención.

El otro día celebré un funeral por un hombre de 56 años con síndrome de Down, cuyos últimos años los había pasado con Alzheimer. Sus familiares, desconsolados, me hablaban de él como de alguien extraordinario que se pasó la vida amando sin medida. Los primos y amigos le llamaban “ángel”, porque así fue su vida. Hasta la personas que se encargaron de cuidarle en sus últimos momentos en la residencia, disputaban sus turnos para estar cerca de él. “Nadie -me decía la hermana- ha dado los abrazos de mi hermano”. Con esa edad mental de diez años mantenidos en el tiempo, que dicen los médicos que conlleva la citada trsiomía, este ángel enseñó que toda circunstancia es ocasión de amar, lo demás son dudas del corazón, separación de amigos y enemigos. Sólo la gracia de Dios es capaz de poner perpetua inocencia en el corazón del hombre, para que nada ni nadie le haga dejar de amar.

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