San Juan Bautista (4)

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Dentro de pocas horas celebraremos el misterio de la Encarnación, el nacimiento del Hijo de María, Dios hecho hombre. Este año siento una especial emoción al prepararme para ello acompañado de san Juan Bautista que también reaparece en el evangelio de hoy. Comienza el evangelio de la Misa: “en aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, se llenó de Espíritu Santo y profetizó…”.

A continuación pronuncia ese himno, conocido como Benedictus, y que rezamos cada mañana en la oración de laudes. En él expresa la misericordia de Dios, que va a traer la salvación. Zacarías estalla en su alegría porque la salvación esta cerca. En ese mismo himno alude a su hijo, Juan, quien ha de ser el precursor del Mesías. Juan va a anunciar “la salvación por el perdón de sus pecados”.

Aquí se nos muestra el núcleo de la misión del bautismo. Cuando hablamos de salvación nos queda una sensación algo vaga. ¿Qué significa ser salvado? Sin duda un aspecto muy importante de la salvación es que nos sean perdonados los pecados. Juan Bautista exhortaba a ello. En otro momento del evangelio se nos dice que, quienes acudían a él, confesaban sus pecados y se hacían bautizar. Juan, amigo de Jesús, precursor suyo, aborrece lo que aborrece el corazón del amigo, que es el pecado. Pero fijémonos en que grande es Juan que, no le importa que los pecadores se acerquen a él, Vive en el desierto y, a su soledad, acude gente cargada de limitaciones pero también de esperanza. Su bautismo es de conversión, no de sanación. Hace todo lo que puede hacer el amigo, que es disponer para recibir la gracia de Cristo. Con insistencia habrá de decir que el no es el Mesías, que él solo es la voz. No se atribuye lo que no es suyo sino solo de Cristo. Pero que bien conoce a Cristo, que prepara a cuantos se le acercan para que vayan a él. Lo confundieron con el Mesías porque su corazón ardía de amor al Mesías, pero nunca se atribuyó lo que no era suyo. Su alegría, siempre, era el bien de Cristo.

A las puertas de la Navidad la contemplación de este evangelio me mueve a dos reflexiones. La primera es que Jesús viene para salvarme. Le pido a san Juan Bautista, que me ayude a comprender la profundidad de la salvación que Jesús me ofrece. No quiero minusvalorar su misericordia. La profundidad del amor de Dios le lleva a venir al mundo para sanar mi corazón, para perdonar mis pecados, para que, como canta Zacarías, “libres de temor, arrancados de las manos de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días”.

La segunda reflexión a que me mueve hoy este evangelio es a querer preparar con Juan la Navidad. Hay cosas que me surgen casi espontáneamente, como a muchos durante estos días: acordarme de personas con las que hace tiempo no contacto; dar alguna limosna para ayudar a los pobres,.. Todo ello está muy bien. La encarnación nos humaniza. Dios, haciéndose hombre nos hace mejores hombres. Pero, este año, con Juan Bautista, me mueve a querer desear para todos los hombres lo mismo que él, la salvación, el perdón de los pecados. Que el amor de Dios llegue hasta lo más profundo del corazón de mis seres queridos, de los que me rodean, de todos los hombres y mujeres del mundo. Que todos nosotros seamos liberados de la oscuridad de la muerte y alumbrados por la luz que nos viene de lo alto. Juan no era la luz, sino el que daba testimonio de la luz. ¡Ven Señor Jesús!

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