Jesús dice: ‘El que no está conmigo, está contra mí’. Esta expresión de Jesús suena muy absoluta sobre todo cuando uno le observa en otros momentos, donde dice sobre uno que expulsaba demonios en su nombre, que no se lo prohíban, “porque nadie que haga un milagro en mi nombre podrá luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros, está a nuestro favor (Mc 9, 39).

En el Evangelio de hoy parece que no hay camino de compromiso, un poco aquí y un poco allá. Nuestro papa Francisco dijo ya en una homilía del 2015: “O estás en el camino del amor, o estás en el camino de la hipocresía. O te dejas amar por la misericordia de Dios, o haces lo que quieres, según tu corazón, que se va endureciendo, cada vez más, por ese camino. ‘El que no está conmigo, está contra mí’: no hay un tercer camino de compromiso. O eres santo, o te vas por el otro camino. ‘El que no recoge conmigo’, deja las cosas… No. Peor aún: desparrama, arruina. Es un corruptor. Es un corrupto, que corrompe”. Estas palabras son claras y proféticas. Por ello es necesario comprenderlas bien.

Francisco pone el énfasis en que un cristiano necesita dejarse tocar por la misericordia de Dios. ¿Por qué es esto tan importante? Porque la realidad de nuestra vida humana está llena de fallos, egoismos y debilidades. Ante esto puedo evadirme, levantarme por mis propias fuerzas haciéndome cada vez más duro, insatisfecho y amargo o dejarme tocar justamente ahí por el amor y el perdón de Dios. El caso es que justamente aquí se juega todo, ya que la misericordia es lo único que puede volver a unificar interiormente a una persona después de hacer la experiencia del egoísmo y de la ruptura interior, lo que la levanta de sus ruinas, lo que la vuelve a hacer persona íntegra. Sin ella nos vamos haciendo forzosamente cada vez más hipócritas, que arruinan y desparraman, porque internamente estamos “desparramados” y rotos.

También Francisco concreta cómo el episodio del Evangelio nos muestra un ejemplo de ‘corazón endurecido’, sordo a la voz de Dios. Jesús cura a un endemoniado y, en cambio, recibe una acusación: ‘Tú expulsas a los demonios con el poder del demonio. Eres un brujo demoniaco’. Es la acusación típica de los ‘legalistas’, destacando que ‘creen que la vida está regulada por las leyes que establecen ellos.

Que en éste día nos podamos dejar acariciar por la misericordia de Dios en todo aquello que en nuestra vida no sea amor y servicio a los demás, de forma que seamos hombres y mujeres que comprenden tantas miserias humanas y acompañan a la gente de cerca.