El Evangelio de hoy del joven rico es de los evangelios más conocidos. Me he encontrado gente no muy allegada a la iglesia que lo conocía sobre todo por esa frase tan tremenda del final: “se fue triste, porque era rico.” Este evangelio se suele asociar a aquella exclamación que lanza Jesús más adelante: “¡Qué difícil es que un rico entre en el Reino de los cielos! Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios.”

Estas expresiones causan en algunas personas cargo de conciencia y no se llega a profundizar ni en el mensaje y ni en quien es el que se lo propone a aquel joven.

Lo más importante queda en la sombra y es que Jesús le mira fijamente y le ama. A través de esa mirada  Jesús le quiere regalar un amor que le de la seguridad y la profunda felicidad que está buscando en el dinero. Pero, al parecer, ese joven no deja que esa mirada le penetre. Jesús, ni tampoco la iglesia, tienen interés en nuestro dinero, aunque a veces colecta tras colecta, campaña tras campaña, pueda parecerlo. Somos nosotros mismos los que necesitamos compartir lo que tenemos con los demás para llegar a ser verdaderamente felices. ¿De qué me sirve una vida cómoda y en sobreabundancia si veo tanta carencia a mi alrededor? Una señora me comentaba estos días, que desde la tumbona de la piscina del hotel en el que ella estaba pasando sus vacaciones en la playa, podía ver la costa africana de lejos. Ella está informada, como la mayoría de personas en España, de la situación de desertización de Africa con sus enormes campos de refugiados, con sus gobiernos dictatoriales y corruptos, etc. ¡Tan cerca y somos dos mundos! ¡Me voy a volver loca!

Cuando nos hacemos propietarios de lo que somos y tenemos perdemos la alegría de saber que, junto con nuestros esfuerzos, es Dios quien nos regala cada día la salud, las fuerzas, la inteligencia, etc. por puro amor. Sólo quien es consciente de lo muy querido que es, puede vivir sin agarrarse al dinero. Sabemos de sobra que el dinero es necesario para vivir, pero se nos invita a no vivir para el dinero sino para lo que de verdad importa: compartir con los pobres, dedicarle tiempo a nuestras familias y amigos y saborear el Amor de Dios que es el mayor seguro de vida.