MARTES 12 DE NOVIEMBRE DE 2019

SIERVOS INÚTILES (Lucas 17, 7-10)

Tras contarnos la parábola del criado obediente, Jesús nos propone un estilo de vida nueva, basado en la fe: la de quienes buscando sólo en la vida hacer la voluntad de Dios, descubren el secreto de la verdadera felicidad, en el camino de la humildad y la sencillez: “Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer“.

Estando en el seminario, un grupo de seminaristas fuimos a Granada, en las Fiestas de la Cruces de mayo, unos días invitados por los seminaristas de Almería. Por la noche fuimos al Albaicín, donde descubrimos la cara dramática del alcoholismo juvenil: Recogimos a más de treinta jóvenes tirados en el suelo para llevarlos al hospital, algunos con cuadros médicos muy graves. ¿Éramos los únicos que los veíamos? ¿qué obligación teníamos? ¿Acaso pasar de largo antes los que yacen, por lo que sea, en la cuneta de la vida?

Nadie nos lo pidió. Pero tuvimos claro (también por estar juntos y poder discernir en común) que eso era lo que Dios nos pedía. Y a altas horas de la madrugada, ya casi antes del amanecer nos acostamos rendidos, alguien dijo: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

Pero para ser así siempre, y no sólo en un momento especial y evidente, hace falta una conversión. Y como dice el cardenal Carlos Osoro que la conversión del cristiano es como una operación quirúrgica múltiple: trasplante de ojos, buscando ver con la mirada de Cristo, trasplante de mente, para llegar a tener la mente de Cristo; trasplante de corazón, para mendigar el corazón de Cristo. No hace falta ningún bisturí. Si vale la oración: “Señor, que vea lo que tú ves, que piense como tú piensas, que ame como tú amas”. Sólo mendigando este don podremos ser “siervos inútiles” para nuestra conciencia de creaturas, pero utilísimos a la postre para el Reino de Dios.