LUNES 27 DE ENERO DE 2020 / III SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

CONTRA EL ESPÍRITU SANTO (Marcos 3, 22-30)

Explica así San Juan Pablo II este “pecado imperdonable” del que habla Jesús: “Esta blasfemia no consiste en el hecho de ofender con palabras al Espíritu Santo; consiste, más bien, en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo (…) consiste en el rechazo radical de aceptar esa remisión, de la que el mismo Espíritu Santo es el íntimo dispensador, y que presupone la verdadera conversión obrada por El en la conciencia” Si Jesús declara imperdonable este pecado es “porque esta no-remisión está unida, como a su causa, a la no-penitencia, es decir, al rechazo radical a convertirse” (Dominum et vivificantem, 46-48).

Por tanto, el mensaje de Jesús no es el del temor por un pecado que es imperdonable, sino el del anuncio de que Dios Padre todo misericordioso esta dispuesto a perdonar todos los pecados, pero no a violentar la libertad del hombre, cuando este rechaza su perdón.

Sin llegar a este extremo, hemos de reconocer que todos estamos tentados a dudar de la promesa de perdón cuando nos arrepentimos de ofender a Dios. Por eso debemos siempre rezar, como reza San Claudio de Colombiere:

Señor y Dios mío, Estoy tan convencido de que velas sobre los que en Ti esperan y de que nada puede faltar a quienes todo lo esperan de ti, que he decidido vivir en adelante sin preocupación alguna y depositar en Ti todas mis inquietudes.

Pueden despojarme los hombres de todos mis bienes, pueden las enfermedades privarme de las fuerzas para servirte, por el pecado puedo perder incluso la gracia, pero no perderé jamás mi confianza en Ti. La mantendré hasta el último instante de mi vida y nada ni nadie lograrán arrancármela.

Esperen otros la felicidad de sus riquezas y de su ingenio, confíen en la inocencia de su vida, en el rigor de su penitencia, en sus muchas buenas obras o en el fervor de sus oraciones. Mi única fe es esta confianza en Ti que nunca ha defraudado a nadie. Por eso precisamente, estoy cierto de que seré eternamente  feliz, confío por completo en que lo seré, porque lo espero  únicamente de Ti.

Por triste experiencia reconozco que soy débil e inconstante, sé que las tentaciones han derribado torres bien altas, pero mientras conserve en mí esta firme confianza en Ti, nada temo, nada me asusta, estoy a salvo de toda desgracia.

Dios mío, estoy convencido de que jamás será demasiada la confianza que tenga en Ti y que cuanto alcance de Ti estará siempre por encima de lo que haya esperado (…).