VIERNES 5 DE JULIO DE 2024 (XIII SEMANA TO CICLO B): LA SALVACIÓN

Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,9-13):

En aquel tiempo, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:
«Sígueme».
Él se levantó y lo siguió.
Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos.
Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos:
«¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?».
Jesús lo oyó y dijo:
«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores».

LA SALVACIÓN

Dios quiere que nos salvemos todos. Jesús nos lo dejo bien claro en muchas ocasiones, por ejemplo, cuando lo criticaban por haber llamado a quien entonces en Israel consideraban un gran pecador, por ser un traidor que les cobraba impuestos para los romanos.

No nos salvamos nosotros. Nos salva Dios y por pura gracia, es decir, más allá de nuestros merecimientos. Los cristianos queremos hacer la voluntad de Dios no para “ganarnos” el cielo, sino porque amamos a Dios, y sabemos que como él nos ama sin medida, hacer su voluntad es lo mejor para nosotros mismos, aquí en esta vida, y en la vida eterna. Si ya en la experiencia entre nosotros sabemos que quienes nos aman de verdad solo pueden querer nuestro bien, mucho más lo sabemos de quién nos ama infinitamente.

Entonces, los que creemos en él, además de querer hacer su voluntad, queremos vivir para siempre con Él, y por eso le pedimos la vida para siempre, como lo hizo Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn.6,68-69). Sin duda esta fe, como la confiesa Pedro, nos predispone a la salvación, a que Dios en Cristo Jesús nos regale la vida eterna, pero siempre por su misericordia, porque en la cruz hizo suyo todo lo que nos apartaba de él para que pudiéramos volver a él. En el Evangelio de Juan encontramos estas palabras suyas: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn.3,16-17).

Dios quiere que todo el mundo, y por tanto todos en el mundo, se salven por su Hijo, por Jesucristo. Los que creen en él con palabras y con obras, sin duda. Por eso dice “todo el que cree en él”. ¿Y los que no creen en él? ¿Y quiénes son los que no creen en Jesús?, ¿los que no le conocen porque nunca se les ha anunciado el evangelio?, ¿los que han recibido el anuncio del evangelio incompletamente, porque la palabra de este anuncio no va siempre unida al testimonio de quienes la pronuncian? Es muy difícil saber de alguien que no crea en Jesús cuando lo ha conocido de verdad, cuando de verdad ha podido descubrir que él es “el camino, la verdad y la vida” (Jn.14,) de todos los hombres y de cada hombre.

En la puerta del cielo, por tanto, no van a buscar en la película de nuestra vida cuantas veces, o si alguna vez, hemos confesado el credo. Esto va de otra cosa: va de seguir a Jesús si hemos conocido a Jesús, o de seguir la voluntad de Dios, aún sin saber que es la voluntad de Dios, si es que la hemos escuchado en nuestra conciencia. Y sobre todo va de que más allá de si en la vida hemos sido coherentes con nuestra conciencia, si no tuviéramos fe, o con nuestra fe, si la tenemos, al fina la salvación es un don gratuito de Dios, siempre inmerecido.