Hay que confesar a Jesucristo, dar testimonio de Él. Juan Bautista lo hace reconociéndose precursor, pero no Mesías. Sorprende la humildad del profeta del desierto que atraía a multitudes que iban a él para ser instruidas y bautizadas. Juan Bautista dice de sí mismo que no es digno ni de desatar la correa de la sandalia de Jesús. 

Jesús corresponderá a ese abajamiento de Juan pidiéndole que lo bautice. Dios enaltece a los humildes. Sorprende también el impacto que causaba una personalidad como la del Bautista. Era tal el estupor que producían sus palabras y su modo de vida que llegan a preguntarle si él es el Mesías o algún profeta. Lo mismo sigue sucediendo hoy donde hay un auténtico discípulo de Cristo. Lo sabemos: si somos fieles a la gracia nuestro testimonio, aunque sólo sea la vida, remite a otro.

Quien niega a Cristo niega también al Padre. Nosotros estamos en relación con Dios Padre por mediación del Hijo. Es Él quien nos lo ha dado a conocer y quien nos pone en comunicación con el Padre. Por la gracia somos hijos de Dios en el Hijo, en Jesús. No hay fe cristiana sin Jesús … “Y ahora, hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida”.

El Verbo encarnado es la morada del hombre. Hay que unirse íntimamente a Él y quedarse con Él. Lo hacemos en la oración, en la adoración eucarística, manteniendo la presencia de Dios a lo largo del día… 

San Pablo dice: “¿quién nos separará del amor de Cristo?”. Y el apóstol suelta una retahíla de situaciones dificilísimas: persecución, hambre, espada, los poderes del infierno… Y dice que nada puede separarnos. Son palabras que hacen temblar porque nosotros conocemos la debilidad y sabemos de flaquezas. Pero también conocemos que Dios no deja a los que le aman. Por eso hay que confesar sin miedo su nombre. No somos cristianos anónimos, sino personas redimidas, a las que Dios ha llamado por su nombre. Por lo mismo Dios no ha entrado en la historia para pasar desapercibido sino para darse a conocer. 

Con María hemos sido hechos amigos de Dios, y nos corresponde dar a conocer a Cristo.