Hoy celebramos la fiesta de la Epifanía del Señor, la manifestación de Jesús a todos los pueblos. No es solo un recuerdo bonito de los Reyes Magos; es una fiesta que habla directamente de nuestra vida, de nuestro camino y de nuestras búsquedas.
Los magos representan a la humanidad inquieta, a quienes no se conforman con lo que ya saben y se ponen en camino cuando intuyen que Dios está haciendo algo nuevo. No pertenecen al pueblo elegido, no tienen la Ley ni los profetas, pero tienen algo decisivo: un corazón abierto y una pregunta sincera. Ven una estrella… y se atreven a seguirla.
En contraste aparece Herodes, que también oye hablar del nacimiento del Mesías, pero no se pone en camino. Se inquieta, se defiende, intenta controlar. La Epifanía nos confronta con esta elección: buscar o protegerse, adorar o tener miedo de perder el propio poder.
Cuando los magos llegan a Belén, no encuentran grandes signos: solo un niño, una madre y una casa sencilla. Y, sin embargo, ahí reconocen a Dios. Se arrodillan, ofrecen lo que son y lo que tienen. La Epifanía nos recuerda que Dios se deja encontrar en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que no brilla a primera vista.
Los regalos hablan también de nosotros: el oro, lo más valioso de nuestra vida; el incienso, nuestro tiempo, nuestra oración, nuestra confianza; la mirra, nuestras heridas, límites y fragilidades. Todo eso puede convertirse en ofrenda cuando lo ponemos a los pies de Jesús.
Y el evangelio termina con una frase clave: “regresaron a su tierra por otro camino”. Quien se encuentra de verdad con Cristo no vuelve igual. La Epifanía es que nuestra vida cambia de rumbo.
En este tiempo que aún huele a Navidad y comienza el año es una buena oportunidad para revisar por qué camino nuevo me invita hoy el Señor a regresar a mi vida, pues la Epifanía nos recuerda que Jesús es luz para todos… y que esa luz sigue brillando para quien se atreve a buscar, a adorar y a cambiar de camino.