El evangelio de hoy nos dispone en un momento de transición que encaja muy bien con el tiempo que vive la Iglesia tras la Epifanía. La Navidad va quedando atrás, pero no se apaga su luz; al contrario, empieza a expandirse. El Niño nacido en Belén comienza ahora a recorrer caminos concretos, pueblos reales, heridas visibles. El texto arranca con una noticia dura: Juan ha sido arrestado. El mal, la injusticia y la violencia siguen presentes. Y es precisamente ahí donde Jesús da un paso adelante. No huye por miedo, sino que se retira para comenzar algo nuevo. Deja Nazaret y se instala en Cafarnaún, una tierra de paso, mestiza, poco religiosa a los ojos de muchos. No elige el centro, sino la periferia. No busca lo seguro, sino el lugar donde más se necesita luz.

El evangelista lo interpreta con las palabras del profeta Isaías: el pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una luz grande. Esta es una de las claves del tiempo de Navidad que ahora se prolonga: Dios no elimina la oscuridad de golpe, pero enciende una luz dentro de ella. Jesús no espera a que el mundo esté ordenado para aparecer; entra en su confusión y la atraviesa. Desde ese momento, Jesús comienza a anunciar: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”. No es una amenaza ni una consigna moralista. Es una buena noticia. Convertirse significa girar la mirada, cambiar de dirección, atreverse a vivir desde otra lógica porque Dios ya está actuando. El Reino no es una idea lejana, es una presencia cercana que transforma la vida desde dentro.

Jesús recorre Galilea enseñando, proclamando y curando. Sus palabras y sus gestos van unidos. Donde llega, algo se recompone: cuerpos, relaciones, esperanzas. Los enfermos, los que sufren, los que cargan con dolores visibles e invisibles encuentran en Él descanso. La Navidad sigue manifestándose así: Dios no solo se hace carne, se hace cuidado. Las multitudes comienzan a seguirle desde todas partes. No porque lo entiendan todo, sino porque intuyen que en Él hay vida. En este tiempo final de Navidad, el evangelio nos recuerda que la fe no empieza con respuestas claras, sino con el deseo de acercarse a una luz que no deslumbra, pero orienta.

Porque la Navidad continúa cuando dejamos que Jesús entre en nuestras zonas de sombra, cuando permitimos que su palabra nos reoriente y su cercanía nos sane. La luz que brilló en Belén ahora camina por Galilea… y quiere seguir caminando por nuestra historia.