En este evangelio, que escuchamos en los días posteriores a la Epifanía, la Navidad empieza a desplegar todas sus consecuencias. El Niño adorado por los magos se muestra ahora como el Pastor que cuida, el Dios que no solo se deja encontrar, sino que se queda y se implica con la vida concreta de la gente. Jesús ve a la multitud y se compadece. No le molesta el cansancio de la gente ni la hora tardía; no los despacha. La Navidad continúa aquí: Dios no mira desde lejos, se acerca a una humanidad desorientada, “como ovejas sin pastor”, y comienza enseñando, acompañando, dando sentido.
Cuando llega el problema práctico —el hambre— los discípulos proponen una solución razonable: que cada uno se busque la vida. Jesús, en cambio, da un paso más y los implica: “Dadles vosotros de comer”. En este tiempo de Navidad que se va cerrando, el evangelio nos recuerda que acoger a Dios no es solo contemplar, sino dejarnos comprometer por Él. Lo que tienen es poco: cinco panes y dos peces. Pero en manos de Jesús, lo pequeño se vuelve suficiente. No hace falta acumular ni controlar; basta confiar y compartir. La hierba verde, la gente sentada en grupos, la bendición y el pan partido evocan un mundo nuevo, ordenado desde la gratuidad y no desde la escasez.
El gesto final es revelador: todos comen, todos se sacian y sobra. Así actúa Dios desde Navidad: no da lo justo, da con abundancia. Donde parecía no haber salida, Él abre un espacio de vida plena. En este tiempo post-epifanía, el evangelio nos sitúa ante una verdad sencilla y exigente: el Dios que se ha manifestado al mundo quiere seguir alimentándolo a través de manos humanas. La Navidad no termina cuando se guarda el belén; continúa cuando dejamos que Jesús tome lo que somos y lo multiplique para otros.