Con la fiesta del Bautismo del Señor llegamos al cierre del tiempo de Navidad. Todo lo que hemos contemplado en estas semanas —el nacimiento, la manifestación a los pueblos, los primeros signos— desemboca aquí. Jesús, ya adulto, da un paso decisivo: entra en el Jordán y comienza públicamente su misión. Con este domingo se cierra un tiempo de contemplación y se abre el Tiempo Ordinario, el tiempo del seguimiento, de lo cotidiano habitado por Dios.
Jesús no se sitúa por encima, sino que se mezcla con la gente. Baja al río como uno más, solidario con una humanidad que busca conversión y vida nueva. Juan se resiste, no entiende. Pero Jesús responde con una frase clave: “Conviene que así cumplamos toda justicia”. No se trata de un rito vacío, sino de una elección profunda: Jesús asume hasta el fondo la condición humana para salvarla desde dentro.
Al salir del agua ocurre la gran revelación. Se abren los cielos, el Espíritu desciende sobre Él y la voz del Padre lo nombra: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Es una escena de Epifanía total. El Padre, el Hijo y el Espíritu se manifiestan, y queda claro quién es Jesús y desde dónde va a vivir su misión: desde la filiación, desde la confianza, desde el amor recibido.
La primera lectura de Isaías ilumina profundamente este momento. El Siervo elegido, sostenido por Dios, aquel en quien el Señor se complace, es descrito con rasgos que encajan plenamente con Jesús: no grita, no impone, no rompe lo frágil, no apaga lo que apenas arde. Su fuerza no es la violencia, sino la fidelidad; su misión no es dominar, sino restaurar, sanar, liberar y abrir caminos de luz. Ese Siervo es el que hoy vemos entrar en el Jordán.
El salmo pone palabras al misterio: la voz del Señor resuena sobre las aguas. Es una voz poderosa, que no asusta, que bendice y trae paz. Las aguas del Jordán, como las del diluvio o las del comienzo del mundo, se convierten en lugar de creación nueva. Allí Dios vuelve a decir una palabra que da vida. Y la segunda lectura, del libro de los Hechos, nos muestra cómo la Iglesia primitiva entendió este momento. Pedro resume la vida de Jesús a partir de su bautismo: ungido por el Espíritu, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos, porque Dios estaba con Él. El bautismo no es un punto aislado, es el inicio de un estilo de vida entregado por completo.
Con esta fiesta se cierra la Navidad de forma muy significativa. El Niño que adoramos en Belén es el Hijo amado que el Padre envía al mundo. A partir de ahora, el evangelio nos lo mostrará caminando, anunciando, sanando, confrontando, entregándose. Comienza el Tiempo Ordinario, pero no comienza algo menos importante. Comienza el tiempo donde la fe se vive en lo diario, donde la luz recibida en Navidad se traduce en pasos concretos.
El Bautismo del Señor nos recuerda que Dios no se queda en lo extraordinario, sino que entra en el cauce normal de la historia. Y nos invita a entrar también nosotros en ese mismo movimiento: vivir como hijos amados, dejarnos conducir por el Espíritu y hacer de lo ordinario un lugar donde Dios sigue actuando.