En el encuentro del joven Samuel con el Señor, este le mostró una visión. En ella, le reveló que «el mal de la casa de Eli no será expiado por sacrificio ni ofrenda». Al principio, Samuel dudó en contarle al sacerdote Eli lo que el Señor le había dicho. Pero Eli insistió y Samuel se lo contó. Ahora, años después, todo esto sucede. El libro de Samuel nos cuenta que el sacerdote Elí tenía unos hijos malvados que profanaban los sacrificios en el templo. Un hecho que resulta especialmente inquietante para los padres de hijos varones. Israel sufrió una aplastante derrota a manos de los filisteos: el Arca de Dios fue capturada, miles de personas murieron y los hijos de Eli fueron asesinados. Una enseñanza que se puede extraer de este relato es que hay consecuencias para nuestras acciones y que los padres están llamados a transmitir a sus hijos la Ley de Dios.
El tema se mantiene en nuestro salmo responsorial, en el que David lamenta la derrota de la nación de Israel. Sin embargo, es curioso lo que hace. No culpa a Dios, sino que se dirige a él en forma de plegaria, solicitando su ayuda. ¿Cómo afrontamos nosotros el fracaso, la lucha y los problemas en nuestras propias vidas? ¿Cómo afrontamos nosotros el fracaso, la lucha y los problemas en nuestras propias vidas? ¿Lo culpamos a Él? ¿O nos culpamos a nosotros mismos, nos arrepentimos y le pedimos que nos libre? La elección es nuestra.
En el Evangelio de hoy, encontramos al leproso que se postra ante Jesús y le dice: «Si quieres, puedes sanarme». El relato continúa: «Movido por compasión, extendió la mano, lo tocó y le dijo: «Lo quiero, queda limpio». El leproso quedó limpio en ese momento». La lepra desapareció inmediatamente y quedó limpio». (Mc 1, 40-45). En estos relatos somos testigos del sufrimiento. Pero, sobre todo, vemos la respuesta de quienes saben cómo llevarla a Jesús. El autor de la carta a los hebreos nos recuerda: «No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo igual que nosotros, pero sin pecado» (Heb 4, 15).
El sufrimiento puede dar sus frutos en nosotros y a nuestro alrededor si se lo presentamos a Jesús. Esta es una parte de lo que se entiende por el misterio del sufrimiento en la enseñanza cristiana. Da igual cuál sea nuestra aflicción, el Señor sigue pronunciando las palabras que dirigió al leproso cuando nos postramos en humildad ante Él y le pedimos que nos cure. Si hacemos nuestras las palabras del leproso: «Si quieres, puedes limpiarme», escucharemos: «Yo quiero, queda limpio. Sé limpio.