«En aquel tiempo, Jesús llega a casa con sus discípulos y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí».
Estar fuera de sí es lo mismo que vivir un éxtasis. La palabra éxtasis proviene del latín ecstasis, y este del griego ekstasis, que significa «alejamiento» o «desplazamiento», derivado de ek (fuera) y stasis (estar de pie, posición), refiriéndose a un estado de mente que se sale de sí misma, una desconexión de la realidad exterior para enfocarse internamente, como en una iluminación mística o una euforia intensa. Que dijeran de Jesús que estaba “fuera de sí”, podía ser un desprecio o un sinónimo de “estar loco”. Pero la locura de Jesús nace del entusiasmo y de la plenitud que le da a Jesús vivir la vida de Dios. El que mira la realidad con la mirada vitalista y alegre con la que Dios la mira, es imposible que viva atrapado en la tristeza y en la pequeñez. Ser discípulos de Jesús es querer a prender a vivir fuera de nosotros mimos.
Un discípulo significa literalmente «alguien que está aprendiendo. Conforme crecen los talentos de las personas y se ponen en práctica en la misión de vivir el Reino de Dios, su compromiso con lo que hacen evoluciona, así como su propio discipulado. La mediación de Jesús va a realizarse en forma de maestro y discípulo, su llamada al discipulado, aprendizaje permanente de su forma de vida. Una enseñanza que coincide con la transformación del ser en la relación con Jesús. En la Iglesia, usamos con frecuencia términos como «discípulo» o «apóstol» sin entender el significado profundo de estas palabras. La expresión «discípulo» es un concepto clave en el mandato recibido de Jesús.
La palabra griega para definir «discípulo» es mathetes, la cual a su vez proviene del verbo manthanein, que significa «aprender». Ser un discípulo es ser un alumno. Ser un discípulo de Jesús es estar embarcado en un proceso de aprendizaje de toda una vida, el cual tiene por objeto aprender del maestro. El término español «discípulo» viene del latín discipulus y tiene la connotación de que este proceso de aprendizaje no se improvisa, sino que es intencionado y disciplinado. Hacerse discípulo es comprometerse con este proceso de crecimiento y de identificación con Jesús. El Señor conoce lo más profundo que habita en cada uno de nuestros corazones y su principal objetivo es liberarnos y salvarnos de todo aquello que lo empequeñece, que lo esclaviza, que lo vuelve distante y lejanos respecto a Dios.