«Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo».
Los cristianos estamos llamados a prolongar y a expresar la manifestación del amor de Dios, y a visibilizar este amor de Dios en medio de las tinieblas y tristezas propias de la existencia humana.: «A los que escogió de antemano los destinó a reproducir la imagen de su Hijo, de modo que fuera él el primogénito de muchos hermanos» (Rom 8,29). Creados a imagen y semejanza de Dios, somos llamados a convertirnos en imágenes de su Hijo encarnado. Nuestra vocación es la de ser imágenes, iconos de este Cristo para que él sea el mayor de una multitud de hermanos. Para esto hemos sido llamados, para esto es la vocación y misión que Dios nos reitera todos los días. Jesús se pone todos los días en nuestras manos para que todos los hombres tengan acceso al Reino, vuestra Vida, vuestro Amor.
Los primeros discípulos tomaron como norma de vida y actividad principal en sus vidas el Evangelio de Jesús principio de toda vida. Anunciaban lo que Jesús hacía y enseñaba, único “Camino, Verdad y Vida”. Los primeros discípulos fueron llamados a vivir el Evangelio y convivirlo en comunidad, participar de él y compartirlo y llegar a la más íntima unión con Jesús y comunión con todos los hermanos. Esta misión que contiene tres elementos esenciales: el contacto directo con el Señor, que revela su misterio, su Palabra salvadora, al que se le añade la certeza del llamamiento y del envío a los que ignoran el Evangelio. Estos tres elementos son una constante de la vocación apostólica; los encontramos reunidos desde la primera llamada a los doce por el mismo Jesús. La elección es un regalo. Dios, libremente, con una libertad amorosa, puro don, tuvo que decidir hacerse uno con nosotros en Jesús, y fue un acto de libertad redentora. En Él, en ese acto de libertad y gracia de Dios, en Él, nos ha elegido a todos y nos recupera a todos.
El elegido acabó siendo el rechazado para que nosotros, los rechazados, los que nos creíamos rechazados por Dios, nos sepamos elegidos, y creamos que somos elegidos y amados por Dios. La misión, tiene su origen en la misión interior de la Trinidad. En el Padre que es el «amor fontal», que llama a todas sus criaturas a compartir su vida y su amor, no individualmente, sino como pueblo, unido en la unidad. Este plan de Dios se realiza por la entrada de Dios en la historia humana. Porque Dios envió a su propio Hijo en nuestra carne de hombres. Lo que Jesús dijo y lo que Jesús hizo debe ser proclamado y difundido hasta los últimos confines de la tierra. Para realizar esta misión, el Hijo asocia su Espíritu a su propia tarea: Cristo envió de parte del Padre al Espíritu Santo, para que llevara a cabo interiormente su obra salvífica e impulsara a la Iglesia a extenderse. Finalmente, Cristo quiso asociarse con los hombres para continuar su obra. Y eligió a doce para estar siempre con Él y para ir a predicar la Buena Noticia.