La primera lectura recuerda a esas historias de un genio que sale de una botella y concede tres deseos a su liberador o a esas supersticiones en que uno cierra los ojos y pide un deseo. ¿Quién no sueña con una oportunidad así? un golpe de suerte.

Pero aquí no se trata de suerte, aquí se trata de un Dios que no está encerrado en una botella ni necesita que yo sople para poder actuar. Es un Dios soberano, que puede crear el Universo de la nada con un chasquido de dedos y se conmueve viendo las necesidades de su pueblo.

Salomón tenía el corazón y la mente alineados con Dios, por eso su oración fue tan eficaz: no solo obtuvo lo que pidió, con creces, sino también lo que no pidió. Dice el apóstol Pablo que no obtenemos por que no pedimos bien. ¿Cómo se pide bien? Desde luego no considerando a Dios como el genio de la botella, no mirándose el ombligo.

Jesús estaría más cansado que ninguno pero se llevó a los discípulos a descansar, ellos, y mientras descansaban El no dejaba de buscar y mirar por la gente, que andaban como ovejas sin pastor.

No duerme el Guardián de Israel, no duerme ni reposa. Hay que mirar a Cristo, para saber cómo pedir bien. Mirando a Cristo descubrimos lo que Dios está deseando dar.