“Todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos”. Es el criterio que nos propone el Señor para la relación con los demás, pero antes nos recuerda que Dios, como un Padre, escucha siempre a su hijo para darle cuanto le pida y necesite. Como nos recuerda el Papa en el Mensaje para la Cuaresma de este año, “la escucha es un rasgo distintivo de su ser” (del ser de Dios), por ello “dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él”. Y el primer paso para hacerlo será pedirle con el salmo: “Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor.” Pedirle como la reina Ester: “Dios mío, ayúdame, que estoy sola y no tengo a nadie fuera de ti”, como nos invita el Señor: “pedid y se os dará …porque todo el que pide recibe”.
Sabernos escuchados siempre por Dios, abrirá los oídos de nuestro corazón a las necesidades de los demás. Iniciando así un camino de conversión. La escucha de las necesidades de nuestros hermanos, de aquellos con los que convivimos, particularmente con quienes están angustiados por la soledad, la enfermedad, la pobreza… Es una parte de la conversión que espera Dios de sus hijos. Para poder amar de verdad es preciso desprenderse de todas las cosas, sobre todo de uno mismo, dar gratuitamente. Esta desposesión de uno mismo es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad. “Entre vosotros – nos recordaba Juan Pablo II, en el Mensaje a los jóvenes con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud de 1997- estáis llamados a vivir la fraternidad no como utopía, sino como posibilidad real”.
Comportarnos con los demás como querríamos que lo hicieran con nosotros es camino de esa relación que Dios quiere para sus hijos: una relación de fraternidad. Los hermanos de la parábola del “hijo pródigo” no se miraban como hermanos. “Al menor le costaría comprender el valor de la perseverancia de su hermano: años y años cumpliendo con su obligación. Al mayor se le hacía incomprensible la insensatez del pequeño. Les pasaba exactamente lo contrario que a su padre, que no entendía la vida sin sus hijos. Le hacían falta ambos, cada uno con su forma de ser y de querer. Si hubieran alcanzado a mirarse entre ellos con los ojos paternos, se habrían sentido contemplados de otra forma, porque en esa mirada no caben los juicios ni los reproches” (Diego Zalbidea “Agradar a Dios”).
Del mismo modo que nos gusta que se adelanten a nuestras necesidades y que se interesen por cómo estamos, el Señor espera que lo hagamos con nuestros hermanos. Y así podremos vivir junto momentos de “amistad y alegría que permite resistir a los gérmenes de división, que constantemente se han de combatir. La fraternidad es una anticipación del cielo” (Benedicto XVI, Viaje al Líbano, 15-IX-2013).
María, Madre de todos los hombres nos haga crecer en esa caridad y fraternidad con la que sueña Dios Padre para nosotros.